Las redadas de ICE, los drones sobre la ciudad y los discursos de «amenaza interna» no fueron un accidente. Fueron una coreografía. Y nosotros, sin darnos cuenta, pagamos boleto para verla.
Esto es solo una muestra
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Crecí viendo películas de catástrofes. Esas donde la ciudad arde, los militares salen a la calle y el protagonista corre entre explosiones mientras el gobierno dice que todo está bajo control. Nunca pensé que esa estética se volvería el lenguaje normal de la política migratoria en Estados Unidos. Pero ahí están los drones sobre Los Ángeles, las redadas simultáneas en Home Depot y el Distrito de la Moda, y los discursos federales hablando de «amenazas internas» como si estuvieran promocionando la nueva temporada de Homeland.
El 6 de junio de 2025 no fue una fecha cualquiera. Fue el día en que la represión dejó de disimularse y se volvió espectáculo. Las redadas de ICE no fueron operativos de control. Fueron provocaciones calculadas. Porque cuando empujas a una comunidad hasta el límite —detenciones masivas, humillación pública, miedo como política de Estado—, la reacción no es un misterio. Es una consecuencia lógica. Y quien diseña la provocación también diseña la respuesta. El guion ya estaba escrito. Solo faltaba que nosotros lo viéramos en vivo.
Y lo vimos. Vimos los militares desplegados con esa estética de videojuego distópico, los drones transmitiendo desde el aire, los medios alineados repitiendo la palabra «caos» como si fuera un mantra. Todo perfectamente encuadrado. Todo listo para que la audiencia —tú, yo, el que está en su casa viendo el noticiero— oscile entre la indignación y el morbo. Porque eso es lo que hace el poder contemporáneo: no te pide que estés de acuerdo, te pide que mires. Que reacciones. Que compartas. La violencia no se censura, se estetiza. Y mientras más hermosa sea la imagen del conflicto, más fácil es olvidar que hay cuerpos reales siendo detenidos, comunidades reales siendo desplazadas, vidas reales siendo tratadas como piezas de un tablero.
En el centro del relato, la figura de siempre: el inmigrante como amenaza. Como sospechoso habitual del caos. No necesita pruebas, solo repetición. Y la repetición funciona porque es simple: si hay disturbios, es porque «ellos» los causaron. Si hay represión, es porque «nosotros» necesitamos orden. La falsa dicotomía entre seguridad y derechos se instala sin que nadie pregunte quién define qué es seguridad y para quién. Y así, lo que se juega en las calles de Los Ángeles no es solo política migratoria. Es la manipulación del miedo como herramienta de control. Una herramienta vieja, pero sofisticada como nunca gracias a las redes, los medios y las fake news.
En Plétora Radio dentro del espacio de Y qué tal si…, hemos hablado de esto desde otro ángulo: la estética también es resistencia. Frente a este guion repetido —donde las élites escriben los roles y las comunidades solo pueden reaccionar—, reivindicar otras narrativas no es un lujo intelectual. Es una forma de defensa. Porque cuando todo parece una puesta en escena, pensar diferente se convierte en el acto más auténtico de rebeldía. No se trata de negar la realidad de los disturbios. Se trata de mirar con más profundidad: ¿quién se beneficia del caos? ¿Qué agendas se legitiman en medio del humo? ¿A quién le conviene que veamos la protesta como entretenimiento y no como síntoma?
No estoy diciendo que no te indignes. Claro que indignate. Pero después de la indignación, viene la pregunta: ¿qué haces con eso? Porque el poder no teme a la indignación momentánea. Teme a la conciencia sostenida. Teme a la gente que deja de reaccionar y empieza a preguntar. Teme a quienes entienden que el show no es la realidad, sino la forma en que la realidad nos es presentada para que dejemos de mirar lo que importa. Y en ese sentido, el verdadero acto de resistencia no es salir a la calle a gritar —aunque también—, sino negarse a ser público de un guion que nunca eligió.
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