¿Y qué tal si Elon y Trump son solo dos lados del mismo meme? (Temporada 1)

Elon y Trump no son políticos. Son algoritmos con rostro, y su pelea pública fue el mejor episodio de una serie que ya no sabemos si es realidad o entretenimiento.

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Hay algo que me inquieta más que la pelea entre Elon Musk y Donald Trump, y no es la pelea en sí. Es cómo la vimos. Porque en 2025, cuando Musk insinuó lo de Epstein y Trump respondió desde su trinchera digital, lo que presenciamos no fue un escándalo político. Fue un estreno. Y nosotros, como audiencia, no pedimos pruebas, no exigimos transparencia, no hicimos preguntas incómodas. Compartimos memes. Le dimos like al chiste. Y seguimos scrolleando.

Eso no es casualidad. Es el resultado de un diseño. Ambos construyeron imperios mediáticos personales —X de un lado, Truth Social del otro— que operan exactamente igual: sin filtros editoriales, sin verificadores, sin contrapeso. Son plataformas que no informan, sino que representan. Y lo que representan no es una propuesta de gobierno, sino una estética de poder. Musk promete Marte. Trump promete redención. Ambos prometen algo que no tienen que cumplir, porque su moneda de cambio no es la gestión, sino la atención.

Y la atención, como bien saben, se gana con conflicto. Por eso el quiebre entre ellos fue tan perfecto. No fue una ruptura real, fue un beat narrativo. Musk abandona DOGE, Trump revoca contratos de Tesla, Kanye saca un tema dedicado al «robot», y Reddit celebra con memes de Mean Girls. Todo coreografiado para mantener el ciclo de atención vivo. No hay ideología ahí. Hay algoritmo. No hay programa. Hay formato.

Lo que me preocupa, y esto va para quienes todavía creen que «solo es política», es que el meme ya no es el comentario del poder. El meme es el poder. Cuando el lenguaje político se reduce a imágenes virales y frases de tres segundos, la discusión pública deja de ser un espacio de deliberación y se convierte en un ring de entretenimiento. Y en ese ring, el que grita más fuerte o el que hace el gesto más absurdo, gana. No importa si lo que dice es verdad. Importa si se vuelve tendencia.

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En Plétora Studio, dentro del espacio sonoro de Y qué tal si…, hemos estado hilando esta reflexión desde hace rato. No porque nos encante hablar de Trump o de Elon —francamente, ya me hartó su cara en todos lados—, sino porque son el síntoma más evidente de algo más grande: el colapso de la distinción entre realidad y representación. Cuando el político se convierte en meme, la política se convierte en chiste. Y cuando la política es un chiste, el poder se ejerce sin rendir cuentas.

No estoy diciendo que no te rías. Yo también me reí con el #EpsteinFace. Pero después de la risa, viene la pregunta: ¿qué estamos celebrando realmente? Porque el meme no te pide que profundices, te pide que reacciones. Y mientras reaccionas, alguien más está decidiendo qué sigue en el feed, qué narrativa se impone, qué historia se vuelve dominante. Eso no es libertad de expresión. Es distracción administrada.

Y ojo: esto no es un llamado a «tomar conciencia» con un cursito de medios. Es un recordatorio de que el lenguaje que consumes también te consume. Si todo lo que ves es conflicto estetizado, tu capacidad de distinguir entre lo importante y lo ruidoso se atrofia. Y en ese estado, cualquier abuso puede venderse como espectáculo, cualquier guerra como justicia, cualquier saqueo como rescate.

Así que sí, Elon y Trump son dos caras del mismo meme. Pero la pregunta incómoda es: si el meme es el nuevo gobierno, ¿qué parte de ese gobierno estás tú replicando cuando le das like?


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