Independencia: Cómo una Revolución Popular se Convirtió en un Pacto de Élites y Nos Dejó con una Histeria Mesiánica que No Termina
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Hay un ciclo que se repite en México cada seis años. Un candidato aparece prometiendo romper con el pasado, hacer justicia social, ser la voz de los oprimidos. Millones de personas depositan en él una esperanza casi religiosa. Luego, cuando las cosas no cambian, el enojo es proporcional a la adoración previa. Janus se asoma a esa grieta para preguntar: ¿por qué seguimos buscando al héroe que nos libre de todos los males?
La respuesta no está en el presente. Está en 1810. Hidalgo y Morelos no querían solo independencia política; querían una transformación social profunda. Morelos, en los Sentimientos de la Nación, propuso que las leyes moderaran la opulencia y la indigencia, que la tierra se repartiera, que la esclavitud se aboliera. Pero ambos fueron ejecutados y su proyecto fue traicionado.
En 1821, Iturbide selló la independencia pactando con la élite española y con la Iglesia. El Plan de Iguala garantizó el altar, el trono y las haciendas intactas. Los indígenas y los mestizos pobres que pelearon y murieron no recibieron tierra, ni igualdad, ni justicia. Cambió la bandera, no la vida.
Esa traición fundacional creó un arquetipo que se repite: el mesías político que promete retomar la «verdadera» revolución. Pero el resultado suele ser el mismo: concentración de poder, caudillismo, decepción. Porque las estructuras económicas no se transforman con un solo hombre en el poder. Se necesita organización popular, no solo fe en el líder.
La Independencia nos enseñó a esperar al héroe, pero no nos enseñó a construir ciudadanía. Y esa carencia es la que nos hace oscilar entre la adoración y la histeria.
La hispanidad nos enseñó que no éramos capaces de gobernarnos, que necesitábamos un rey o un virrey. La Independencia demostró que sí podíamos, pero los que tomaron el poder repitieron la misma lógica: un caudillo que concentra la esperanza y la traiciona. Amar la Independencia es entender que fue un paso necesario, pero no suficiente. Que la verdadera libertad no se decreta desde arriba; se construye desde abajo.
Historiadores como Lorenzo de Zavala, desde una perspectiva liberal, y Lucas Alamán, desde una conservadora, ofrecieron lecturas opuestas de la Independencia. Adolfo Gilly, en cambio, insistió en leer la historia mexicana desde las rebeliones populares y las disputas por la tierra, mientras que Roger Bartra exploró los imaginarios culturales que han dado forma a la identidad nacional. Estos autores no son neutrales: sus interpretaciones reflejan posiciones intelectuales y políticas distintas que siguen alimentando los debates sobre el sentido de la nación mexicana.
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