Cuando la CIA financió una guerra con cocaína y la prensa enterró al testigo
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Contras – El dinero sucio que la Casa Blanca nunca quiso ver
El segundo expediente de La Cripta del Toño conecta los puntos que la prensa corporativa ha intentado desconectar durante décadas: el financiamiento de la contrarevolución nicaragüense (los Contras) y la epidemia de cocaína que arrasó las calles de Los Ángeles en los 80. El programa recupera el trabajo del periodista Gary Webb, quien en 1996 publicó Dark Alliance y demostró que la CIA no solo permitió, sino que facilitó el tráfico de drogas hacia Estados Unidos para obtener fondos encubiertos para los Contras. La respuesta de los grandes medios fue destruir a Webb, desacreditar su investigación y, cuando los hechos resultaron incontrovertibles, enterrar el tema en el olvido.
El expediente expone una contradicción central del discurso estadounidense: la «guerra contra las drogas» se lanzó con estrépito mientras la misma administración Reagan financiaba operaciones que introducían drogas en su propio territorio. No fue un efecto colateral; fue un mecanismo de financiamiento doble. Las armas capturadas a los sandinistas se revendían a grupos vinculados al narcotráfico; la cocaína que entraba a EE. UU. generaba divisas que alimentaban a los Contras; y el consumo masivo en comunidades marginadas justificaba después un aparato represivo que llenaba las cárceles de negros y latinos. Un circuito perfecto donde el enemigo externo, el enemigo interno y el negocio carcelario se retroalimentaban.
Lo que el programa no dice explícitamente, pero que este expediente subraya, es el rol de la prensa como filtro de la verdad aceptable. El Washington Post y el New York Times no solo atacaron a Webb; también se negaron a seguir las pistas que él había dejado, a pesar de que el «Informe Kerry» de 1989 ya había corroborado los vínculos entre la CIA y el narcotráfico. La narrativa impuesta fue que Webb era un «periodista sensacionalista» y que sus fuentes eran poco confiables. Años después, incluso la CIA admitió parte de los hechos, pero el daño a la credibilidad de Webb ya estaba hecho. Su suicidio en 2004 no fue un final trágico aislado; fue el mensaje que el poder envía a quienes osan tocar sus cables podridos.
Las consecuencias de esta operación son medibles en vidas y en políticas. El crack devastó barrios enteros, desarticuló familias y creó una generación de huérfanos y presos. Las leyes de penas mínimas obligatorias, diseñadas para castigar el crack con mucho más rigor que la cocaína en polvo, no fueron un error legislativo; fueron una herramienta de control racial que encarceló a afroamericanos y latinos en proporciones descomunales mientras los consumidores blancos de clase alta evadían la justicia. La guerra contra las drogas fue, en los hechos, una guerra contra los pobres y contra las minorías, financiada en parte con el dinero de la misma droga que el gobierno había ayudado a introducir.
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Desde Studio, este expediente no busca generar indignación pasajera, sino dejar claro que el Estado no es un ente monolítico, sino un conjunto de facciones que a menudo operan en contradicción con su discurso público. La CIA no es una agencia de inteligencia «desviada»; es una herramienta del poder ejecutivo que, cuando el Congreso le pone límites, busca vías alternas, legales o no, para cumplir sus objetivos. El caso de los Contras es el ejemplo más crudo de que la soberanía nacional y el bienestar de los ciudadanos son intercambiables cuando están en juego los intereses geopolíticos.
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