Colapsos ambientales y genocidios: la misma mano, el mismo sistema, cinco siglos después
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No es una coincidencia que mientras el planeta arde, los discursos de odio se incendian también. No es casualidad que Donald Trump agite el racismo contra migrantes mientras Estados Unidos bombardea Irán y disputa Groenlandia. No es un error de guion que la Unión Europea fortalezca sus fronteras justo cuando la demanda de minerales para la “transición verde” explota en el sur global. Es el mismo patrón. El mismo que en el siglo XVI justificó el exterminio del 90% de la población nativa de América Latina con la excusa de la “civilización”. La investigadora zoque Josefa Sánchez Contreras lo formula sin rodeos: los colapsos ambientales han estado acompañados de genocidios. Y no es pasado. Es presente.
Sánchez Contreras, doctora en Sociología por la Universidad de Granada e investigadora del pueblo angpøn de Chimalapas, Oaxaca, lleva años desmontando la narrativa que separa la crisis climática del racismo estructural. En sus libros Despojos racistas y Colonialismo energético, traza una línea que la historia oficial prefiere mantener borrosa: la misma lógica que permitió el despojo de tierras indígenas en el siglo XVI es la que hoy legitima la instalación de parques eólicos en el Istmo de Tehuantepec sin consultar a los pueblos zapotecas e ikoots. La misma que convierte los cuerpos racializados en “desechables” para que puedan ser explotados, contaminados o asesinados sin que la justicia intervenga.
El argumento es incómodo porque no admite medias tintas. No se trata de que el racismo sea un “prejuicio” que acompaña a la crisis ambiental. Se trata de que la crisis ambiental es, en sí misma, un fenómeno racializado. Quienes extraen los minerales no son quienes sufren la contaminación. Quienes consumen la energía no son quienes ven sus territorios devastados. Y cuando los defensores ambientales —en su mayoría indígenas, afrodescendientes, campesinos— son asesinados, la impunidad no es un fallo del sistema. Es su característica.
La economía política del desecho humano
En 1978, un informe titulado Toxic Wastes and Race demostró en Estados Unidos lo que en América Latina se sabía sin necesidad de estudio: las zonas que reciben la mayor carga de contaminación son aquellas donde viven poblaciones negras, latinas e indígenas. No es geografía. Es política. Los basureros no terminan en los barrios ricos. Las refinerías no se instalan cerca de las universidades privadas. Las concesiones mineras no se otorgan en territorios donde los votantes tienen poder de veto. Se otorgan donde los cuerpos han sido históricamente tipificados como “menos humanos”.
Sánchez Contreras lo explica con precisión quirúrgica:
“El racismo estructural sirve para catalogar estos territorios como tierras baldías, susceptibles de ser ocupadas, de ser despojadas, de ser utilizadas para lo que el capital quiera”.
La categoría “baldío” no es neutral. Es una construcción legal que ignora siglos de ocupación indígena. Es la misma que usó la Corona española para repartir tierras que no eran suyas. Es la misma que hoy permite que en México se entreguen concesiones mineras sin consulta previa. Es la misma que en Argentina habilita el fracking en territorios mapuche. Es la misma que en Brasil legitima la minería en tierras yanomami.
Y cuando los pueblos se organizan para defender lo que es suyo, el sistema responde con violencia. En Chimalapas, territorio angpøn de Sánchez Contreras, las amenazas contra defensores ambientales son constantes. En Colombia, los asesinatos de líderes sociales alcanzan cifras que ningún gobierno logra revertir. En Honduras, Berta Cáceres pagó con su vida por oponerse a una represa. La lista es larga. Y la impunidad, casi total. Porque, como señala la investigadora, “históricamente hay una naturalización de la violencia ejercida sobre estos cuerpos racializados”.
El engaño de la transición verde
Uno de los aportes más punzantes del trabajo de Sánchez Contreras es su crítica a la llamada “transición energética”. Las políticas verdes, dice, reconocen la emergencia climática pero no abandonan el extractivismo. Prometen un futuro sin combustibles fósiles mientras multiplican las concesiones para extraer litio, cobre, oro y tierras raras en territorios indígenas. El modelo desarrollista no se cuestiona. Solo cambia de combustible.
El caso es paradigmático: los paneles solares y las baterías de autos eléctricos requieren minerales que en su mayoría se extraen en el sur global. Las comunidades que los sufren no son las que se benefician de la movilidad eléctrica. Los pozos de lixiviación en el desierto de Atacama no son visitados por los ejecutivos de Tesla. Los ríos contaminados por la minería en Oaxaca no son noticia en los periódicos que celebran la transición verde. Es el mismo mecanismo colonial: extraer, procesar en el norte, vender al norte, y dejar en el sur los escombros y los cuerpos.
Sánchez Contreras lo llama “colonialismo energético”. Y advierte: no habrá solución a la crisis climática mientras no se entienda que la emergencia ambiental tiene un origen histórico en el colonialismo y una expresión actual en el racismo estructural. Las energías renovables no son limpias si para producirlas hay que violar derechos humanos. La sostenibilidad no es tal si se sostiene sobre territorios despojados y pueblos exterminados.
Palestina, Groenlandia y la lógica del saqueo
La mirada de la investigadora angpøn no se detiene en América Latina. Porque la lógica que describe es global. Cuando menciona Palestina, no es una analogía. Es la misma estructura. La corporación Mekorot, compañía nacional de agua de Israel, no solo participa en el robo de agua a los palestinos. También opera en territorio mapuche, en la zona donde se pretende extraer minerales a gran escala. El agua es el nuevo botín. Y quien la controla, controla la vida.
La guerra en Ucrania, los bombardeos de Estados Unidos en Irán, la disputa por Groenlandia, el exterminio kurdo en Siria: todos estos conflictos, leídos desde la clave que propone Sánchez Contreras, revelan su trasfondo común. No son guerras étnicas. Son guerras por recursos en un contexto de crisis ambiental agudizada. Y en todas ellas, el racismo opera como la herramienta que deshumaniza a las víctimas y legitima la violencia.
“Después de Palestina todo es posible”, dice. Porque el genocidio televisado demostró que los grandes poderes están dispuestos a todo. Y que el racismo —ese pilar histórico del sistema— sigue funcionando como el mecanismo que convierte a poblaciones enteras en desechables.
Lo que los pueblos indígenas ya sabían
Frente a este panorama, Sánchez Contreras no se limita al diagnóstico. También señala hacia dónde mirar para encontrar alternativas. Los pueblos indígenas, dice, han asistido históricamente a los fines de sus mundos y los han reconstruido una y otra vez. No porque tengan una relación “esencial” con la tierra —eso también es una forma de racismo romántico— sino porque han desarrollado a lo largo de siglos estrategias de resistencia, adaptación y renovación.
La defensa del territorio en Chimalapas no es nostalgia. Es una propuesta política concreta. La oposición de los ikoots y zapotecas a los parques eólicos en el Istmo no es obstruccionismo. Es una forma de decir “no” a un modelo que extrae energía sin consultar a quienes viven en el territorio. La lucha mapuche contra el fracking no es una cuestión local. Es una advertencia global.
Sánchez Contreras propone aprender de esas resistencias sin romantizarlas. Entender que los pueblos indígenas no son “los buenos salvajes” que van a salvar al mundo con su sabiduría ancestral. Son actores políticos que, en contextos de asimetría brutal, han logrado sostener formas de vida que el capitalismo extractivista no ha podido destruir del todo. Y de eso hay mucho que aprender.
La alianza antirracista como condición de posibilidad
El momento político actual, dice la investigadora, exige una crítica antifascista, antiimperialista y anticolonialista. Pero también exige una alianza antirracista que vaya al corazón del sistema. Porque el racismo no es un epifenómeno. Es la estructura que permite que unos cuerpos valgan menos que otros. Es la lógica que legitima que los territorios indígenas sean tratados como “baldíos”. Es el mecanismo que hace posible que un defensor ambiental sea asesinado sin que nadie sea condenado.
La crisis climática no se resolverá con más tecnología verde si la tecnología verde sigue reproduciendo las mismas relaciones de extracción y desecho. No se resolverá con más mercados de carbono si el carbono sigue siendo emitido por los mismos que contaminan y los mismos que sufren la contaminación son los que siempre sufrieron. No se resolverá mientras el racismo siga siendo, como dice Sánchez Contreras, “un pilar histórico del sistema”.
En Plétora Network, donde confluyen miradas críticas sobre el poder, el territorio y la tecnología, esta conversación resuena con una urgencia que no admite demoras. Porque los colapsos ambientales no son un futuro distópico. Son un presente que ya está matando. Y la historia muestra que cuando el planeta colapsa, los primeros en caer no son los responsables.
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