El palerismo es el cemento podrido de la mediocridad. Aquí no premiamos aplausos, premiamos paredes firmes. Que caiga quien tenga que caer. #Palerismo #PlétoraLive #BitácoraDeLaCasa

El Sistema que Premia Aplaudir en Lugar de Hacer

Palerismo: Por qué en México Premiamos al que Sigue la Corriente, No al que Hace

La conclusión es incómoda, pero alguien tiene que decirla: en México no basta con hacer bien el trabajo. Necesitas caer bien. Necesitas asentir. Necesitas no generar fricción. Porque nuestro sistema —laboral, comunitario, incluso familiar— desarrolló un mecanismo perverso donde la adhesión vale más que la competencia. Llamémosle palerismo. O quedar-bien-ismo. Esa habilidad milenaria de moverse entre las grietas del poder sin rozar, sin cuestionar, sin incomodar. El que dice «sí, jefe» mientras todo se derrumba. En Bitácora de la casa, vamos a nombrarlo porque el primer paso para salir de una enfermedad es reconocer que existe.

El mecanismo es simple y devastador: el sistema recompensa la adhesión, no la competencia. No importa si sabes hacer el trabajo. Importa si le caes bien a quien manda. Importa si no generas conflicto. Importa si te «alineas». El que cuestiona se vuelve incómodo. Y el incómodo, por definición, no asciende, no recibe el proyecto, no obtiene el apoyo. Porque el poder, en su versión más mediocre, prefiere la tranquilidad de la sumisión a la tensión de la verdad. El esfuerzo real, sin palanca social, se vuelve invisible. Puedes matarte trabajando, producir resultados concretos, construir cosas que duran. Pero si no tienes a alguien que «te ponga» o si no sabes «moverte en la mafia», tu esfuerzo vale menos que una sonrisa cómplice. Esto no es teoría conspirativa. Es lo que pasa cada mañana en oficinas, escuelas, proyectos culturales, asociaciones civiles y gobiernos. Todos lo hemos visto. Casi nadie lo nombra.

Precisión importante: no todos los que caen bien son paleros inútiles. Habría que ser burro para afirmar eso. Hay personas carismáticas, empáticas, que construyen puentes y además son competentes. Eso no es el problema. El problema es cuando el ser palero se convierte en el requisito principal, y la competencia pasa a ser secundaria o irrelevante. Cuando la organización entera funciona como una corte de aduladores, donde el que se atreve a decir «esto está mal» es castigado, y el que aplaude sin mirar es premiado. Ahí es cuando la mediocridad se sistematiza. Ahí es cuando los resultados dejan de importar. Ahí es cuando la gente talentosa empieza a buscar la salida, y se quedan los que saben quedar bien. El palerismo no es un problema de individuos, es un problema estructural.

Office team gathered around a speaker applauding in a modern workspace

La Consecuencia: Una Sociedad que No Avanza porqué no le Duele

¿Por qué México tiene tantos problemas estructurales que parecen no avanzar nunca? ¿Por qué hay obras inconclusas, escuelas sin maestros, hospitales sin medicinas, proyectos que nacen con bombo y mueren en silencio? No es solo corrupción, aunque también. Es palerismo. Porque si la métrica principal es caer bien, entonces nadie está midiendo lo que realmente funciona. Nadie está exigiendo resultados. Nadie está dispuesto a decir «esto no sirve, hay que cambiarlo», porque decirlo te convierte en el malo del baile, en el conflictivo, en el que no es «de equipo». Y entonces el sistema se reproduce solo: los paleros ascienden, nombran a otros paleros, y la capacidad real se va a otro lado. A proyectos independientes que no piden permiso. A gente que trabaja desde el territorio sin esperar un aplauso. A lugares donde el resultado —la casa en pie, la carpa en el mercado, el regulador quemado— es lo único que vale. El palerismo no es inofensivo. Es un lujo que este país no puede seguir pagando.

Alguien podría argumentar: «Es que en México hay que saber relacionarse. El mundo no funciona solo con mérito, también con confianza. El palerismo es una exageración de algo necesario: la inteligencia social.» Y hay verdad en eso. La confianza, las alianzas, la capacidad de trabajar con otros son habilidades reales. Nadie las desprecia. Pero una cosa es construir confianza horizontal, basada en hechos y resultados compartidos, y otra muy distinta es someterse a una jerarquía que solo premia la adulación. La confianza real se construye con hechos, no con asentimientos vacíos. Un colega en quien confías es alguien que puede decirte «esto que hiciste está mal» sin miedo a que lo castigues. Un palero nunca dice eso. Por eso la confianza real es rara. Y el palerismo es abundante. No confundamos supervivencia con sumisión.

No vamos a premiar al que solo sigue la corriente. En esta casa, el que cuestiona con respeto, el que señala un problema, el que propone algo incómodo… ese es valioso. El palerismo no tiene cabida aquí. Vamos a medir por resultados, no por simpatías. ¿La carpa llegó? ¿El contenido se produjo? ¿La comunidad participó? Eso importa. No si alguien nos dijo «qué bien te ves» o si asistió a todas las reuniones asintiendo como monje de monasterio. Vamos a nombrar el problema, aunque duela. Porque el primer paso para salir del palerismo es reconocer que existe. Y que duele. Y que todos hemos sido paleros alguna vez por miedo, por necesidad, por no saber cómo hacerle diferente. Y que podemos desaprenderlo. No confundir confrontación con grosería. Cuestionar no es faltar al respeto. Decir «esto no funciona» no es un ataque personal. La cultura del palerismo nos ha enseñado lo contrario: que toda crítica es una traición. Y eso hay que romperlo con hechos, no con discursos.

En Plétora no queremos gente que diga «sí» a todo. Queremos gente que pregunte «¿por qué?» y «¿cómo podemos hacerlo mejor?». Queremos resultados, no poses. Queremos paredes firmes, no aplausos huecos. Por eso el palerismo no entra aquí. No porque seamos mejores que nadie. Porque la casa se cae si solo la sostenemos con sonrisas cómplices. La casa se sostiene con manos que trabajan, con cabezas que piensan, con bocas que hablan cuando algo no anda. El palerismo es el cemento podrido de las mediocridades. Y aquí, por si no quedó claro, venimos a construir de verdad.

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