¿Y qué tal si los espacios que nos faltan también dicen quiénes somos?

Espacios públicos: cuando el progreso se mide en asfalto y no en memoria

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Esto es solo una muestra


Nuevo León presume velocidad y acero. Presume industrias, corporativos, skylines que se levantan como trofeos de una modernidad que nadie cuestiona. Pero una ciudad no se mide solo en kilómetros de concreto. Se mide en bancas donde alguien se sentó a llorar, en plazas donde los niños aprendieron a andar en bici, en árboles que daban sombra a conversaciones que nunca se grabaron. Y eso, en Monterrey y su zona metropolitana, se está borrando.

Lo que desaparece cuando avanza el pavimento no son solo árboles o ladrillos viejos. Son rituales. Refugios. Memoria colectiva. La urbanización sin alma ha convertido calles en corredores de tránsito, no en lugares para quedarse. En lugar de plazas, hay estacionamientos. En lugar de sombra, hay calor. Y la modernidad —tan codiciada, tan vendida en renders— se traduce en un progreso sin bancas ni estrellas. Sin silencios compartidos. Sin rincones para mirar hacia adentro.

El caso del Planetario Alfa es el ejemplo que más duele. Clausurado tras décadas de ser un faro educativo y emocional, el Alfa no era solo un edificio. Era un portal a otros mundos. Desde su inauguración en 1978, fue vanguardia en divulgación científica, un domo donde niños, adolescentes y adultos podían levantar la vista y aprender que el universo también nos pertenecía. ¿Qué significa cerrar un espacio así? No solo se apagan luces. Se interrumpe un relato. Se rompe un vínculo con el asombro. El abandono del Alfa no fue solo estructural, fue simbólico: un recordatorio de que el conocimiento y la contemplación ya no tienen lugar en el modelo de ciudad que se impone.

Y detrás de cada espacio que desaparece, hay una comunidad que pierde algo más que territorio. Se desvanece el hábito de reunirse. El impulso de crear identidad en lo compartido. En ciudades como Monterrey, donde la planificación obedece al capital más que a la vida, los lugares que antes daban sentido son reemplazados por superficies neutras, diseñadas para pasar, no para quedarse. Las estrellas dejan de verse no solo por contaminación lumínica, sino porque ya nadie tiene dónde sentarse a mirarlas.

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En Plétora Radio, dentro del espacio de Y qué tal si…, hemos hablado de esto desde otro ángulo: la estética también es resistencia. Los espacios públicos no son decorado. Son escenarios de la vida colectiva. Recuperarlos —o crear nuevos desde la imaginación— es cuestionar los modelos que nos silencian, que nos aíslan, que nos borran. No basta con conservar fachadas o simular parques donde antes hubo árboles. Se trata de rescatar el uso simbólico y afectivo de los espacios. La ciudad debe volver a hablar con sus habitantes. Y eso no se logra con renders o campañas institucionales, sino permitiendo que la gente diga: «Este rincón es mío, aquí soñé, aquí lloré, aquí fui».

Reapropiarse de estos espacios —o imaginar otros nuevos— se vuelve un acto profundamente político. Porque cuando el progreso se mide solo en metros de asfalto, lo que se pierde no es solo territorio. Es la posibilidad de encontrarnos. De reconocernos. De saber que hay algo más que producir y consumir. La verdadera modernidad no es la que se construye con acero, sino la que se construye con raíces. Y las raíces, ya lo sabemos, no crecen en estacionamientos.

Entonces, ¿y qué tal si el verdadero progreso no se mide en metros de asfalto? ¿Y si una ciudad que cuida sus árboles, sus bancas y sus cielos estrellados es más moderna que cualquier skyline? El futuro de Nuevo León no está solo en sus industrias. Está en recuperar los espacios que aún pueden dar sentido. En nombrar el vacío y llenarlo con comunidad, con memoria, con humanidad. Porque una ciudad sin espacios para quedarse es una ciudad que nos está diciendo, sin decirlo, que no valemos la pena. Y eso, francamente, ya me hartó.


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