MUBI construyó su marca sobre la idea de que el cine de autor es ético por definición. Pero el capital que la financia cuenta otra historia. Y esa historia no está en su catálogo.
Esto es solo una muestra
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Me encanta el cine de autor. Crecí viendo películas que no llegaban a cartelera, que solo existían en circuitos de festivales o en conversaciones de café entre cinéfilos. MUBI llegó como una promesa: un espacio donde el cine era tratado como arte, no como producto. Donde la selección era cuidadosa, casi ritual. Y durante años, funcionó. Era fácil sentirse parte de algo distinto, más limpio, más consciente.
Pero el dinero no tiene olor, dicen. Y tienen razón: el dinero no huele, pero deja huella. La inversión de Sequoia Capital en MUBI no es un detalle menor. No es una cifra en un balance que solo importa a los accionistas. Es el origen de un relato que empieza a descoserse por todos lados. Porque Sequoia no es solo una firma de capital de riesgo. Es una firma que, desde octubre de 2023, ha sido señalada por invertir en más de una decena de startups israelíes vinculadas directamente al sector militar. Mientras Gaza era arrasada, mientras se documentaban fosas comunes y ataques a hospitales, el dinero de Sequoia seguía fluyendo hacia empresas que desarrollan tecnología para la guerra. Y MUBI, la plataforma que nos vendió la idea de un cine más humano, aceptó ese dinero.
¿Y qué hace MUBI con esa contradicción? Nada. Silencio. No hay un comunicado, no hay una nota, no hay una reflexión pública sobre el origen de ese capital. La estética sigue intacta, los planos fijos siguen siendo hermosos, las recomendaciones curatoriales siguen llegando a tu correo como si nada hubiera pasado. Pero el silencio es político. Y en este caso, es una complicidad tácita con la lógica de acumulación que sostiene el genocidio. No porque MUBI quiera ser cómplice, sino porque la estructura del capital no pregunta, no negocia, no pide permiso. Simplemente exige que sigas adelante como si nada.
Y es ahí donde el discurso indie se rompe. Porque lo indie no es una categoría estética. No es un catálogo bonito ni una interfaz minimalista. Lo indie, si significa algo, debería ser una postura frente al poder. Una decisión consciente de no alinearse con las mismas fuerzas que concentran riqueza, territorio y sangre. Pero cuando tu crecimiento depende de ese capital, cuando tu expansión se financia con ese dinero, el gesto indie se convierte en performance. Es como declararse anticapitalista y tener las cuentas en un banco que financia guerras. No es que seas hipócrita. Es que el sistema está diseñado para que la coherencia sea un lujo que pocos pueden pagar.
En Plétora Studio, dentro de Y qué tal si…, hemos hablado de esto hasta el hartazgo: la estética sin ética es solo decoración. Y la decoración, por más hermosa que sea, no transforma nada. MUBI sigue proyectando cine de resistencia mientras su resistencia se diluye en la misma lógica que dice combatir. No estoy diciendo que haya que cancelar la suscripción —cada quien decide dónde pone su dinero y su atención—, pero sí creo que hay que dejar de idealizar. Porque cuando idealizas una plataforma, dejas de preguntar. Y cuando dejas de preguntar, el poder sigue operando sin que tú te des cuenta.
El caso de MUBI es ejemplar porque muestra cómo el discurso progresista puede ser cooptado con elegancia. No con eslóganes burdos, sino con silencios bien colocados, con marketing refinado, con la complicidad de quienes prefieren no mirar el origen del dinero que ilumina la pantalla. Y mientras tanto, el cine de autor sigue siendo hermoso, y la guerra sigue siendo rentable, y nosotros seguimos viendo películas como si el mundo no estuviera ardiendo.
No se trata de pureza, porque la pureza no existe. Se trata de transparencia. De saber qué estás sosteniendo cuando le das clic a «reproducir». De entender que el arte también es parte del entramado económico que sostiene el mundo, para bien o para mal. Y que, a veces, lo que parece más independiente es solo el rostro más cuidado del mismo sistema.
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