Nodos Libres: El Milagro Mexicano y la derrota del dogma neoliberal (TEMPORADA 1)

El Milagro Mexicano: cuando los datos incomodan a los guardianes del dogma

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En Cultura y Política de Plétora, no se endulzan los datos para que encajen en la narrativa cómoda de los guardianes del poder económico. El llamado «Milagro Mexicano» de la Cuarta Transformación, lejos de ser una anécdota pasajera, representa la fractura más profunda al dogma neoliberal en décadas. 13.4 millones de mexicanos salieron de la pobreza durante la administración de Andrés Manuel López Obrador. No por milagro celestial ni por derrames ficticios desde las élites, sino por una política concreta: aumentar el salario mínimo hasta duplicarlo en términos reales.

El dato es contundente. La pobreza multidimensional pasó de 41.9% de la población en 2018 (51.9 millones de personas) a 29.6% en 2024 (38.5 millones). La pobreza extrema se redujo de 8.7 millones a 7 millones en el mismo periodo. La población identificada como «no pobre y no vulnerable» pasó de 29.3 millones en 2018 a 42.3 millones en 2024, un aumento de 23.7% a 32.5% de la población total.

La resistencia a reconocer este logro no es técnica: es ideológica. Quienes defendieron sueldos de hambre como «política responsable» se enfrentan ahora a la evidencia de su fracaso. El silencio mediático que rodeó esta hazaña no es casual; es una omisión por vergüenza.


El mecanismo: salarios, no caridad

El salario mínimo se elevó de 88.36 pesos diarios en 2018 a 248.93 pesos en 2024, un aumento nominal de 180% y real de 110%. En la frontera norte llegó a 374.89 pesos diarios. Los incrementos se mantuvieron entre 15 y 20%, muy por encima de la inflación.

La politóloga y economista Viri Ríos lo expone sin anestesia: el 78% de quienes dejaron la pobreza lo hicieron por incrementos salariales, no por la beneficencia corporativa ni por programas asistencialistas desmedidos. El salario mínimo y los salarios medios crecieron cerca del 30% entre 2018 y 2024.

Pero hay que decirlo con claridad: el aumento salarial no fue un experimento ideológico. Fue una corrección. Durante tres décadas y media del llamado neoliberalismo, el salario mínimo no creció. La política salarial se mantuvo con un enorme castigo, especialmente para los trabajadores de menores ingresos. Lo que hizo la Cuarta Transformación no fue magia: fue tocar lo que antes era intocable.

La narrativa de que subir salarios destruye empleo o dispara la inflación quedó demolida. La realidad mostró que se puede inyectar recursos en la base de la pirámide y dinamizar el resto de la economía. Hubo, en cambio, una redistribución real de ingresos y un golpe directo al mito del «goteo» económico.


Las contradicciones del milagro: lo que no se dice

Pero el análisis no puede ser una celebración acrítica. Hay costos, hay contradicciones, hay datos incómodos que la narrativa oficial prefiere omitir.

El aumento del salario mínimo, que benefició a millones, también tuvo consecuencias macroeconómicas. Entre 2018 y 2024, los costos laborales aumentaron alrededor del 60%, mientras la inflación alcanzó 36.4%, la más alta para un sexenio desde 2006. No se puede afirmar que no hay relación entre esas cifras sin caer en la negación.

Más preocupante: la productividad laboral cayó más del 5% entre 2018 y 2024. El incremento de salarios y costos laborales con menor productividad eleva el costo de la formalidad y nutre la informalidad, que ya afecta a más de la mitad de la población trabajadora. El milagro tiene una base frágil: depende de decisiones político-administrativas, no de la salud estructural de la economía.

Y hay un dato que la narrativa oficial no puede ocultar: la pobreza laboral aumentó. Según el Centro de Análisis Multidisciplinario de la UNAM, la población ocupada en pobreza extrema creció de 39.5 millones en 2018 a 43.5 millones en 2024. Con el salario mínimo general sólo es posible comprar 51.2% de una canasta básica. «La pobreza es indiferente a los incrementos de papel salario mínimo», advierten los investigadores.

El milagro es real, pero es parcial. 13.4 millones salieron de la pobreza. 43.5 millones que trabajan no pueden comprar la canasta básica. Ambas cifras son ciertas. Ambas deben ser dichas.

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El otro milagro: el que la historia oficial prefiere olvidar

La Cuarta Transformación no inventó el término «Milagro Mexicano». Lo tomó prestado de un periodo anterior: el desarrollo estabilizador de 1940 a 1970, cuando la economía crecía al 6% anual en promedio. Pero aquel milagro tenía un costo que la narrativa oficial omite.

Durante esos años, cuando México crecía como nunca, la distribución del ingreso era profundamente desigual. El «milagro» benefició a una élite industrial y urbana mientras millones permanecían en la pobreza rural. Fue un crecimiento sin equidad, un desarrollo que excluyó a la mayoría.

La diferencia con el «milagro» actual es que este sí redistribuyó. La pobreza bajó, no solo el PIB creció. Pero ambos comparten una característica: la fragilidad. El milagro de los años 40 terminó con la crisis de la deuda en 1982. El milagro actual enfrenta sus propios límites: dependencia de programas sociales, presión sobre las finanzas públicas y una productividad que no acompaña.

La lección no es que el milagro sea falso. Es que ningún milagro es sostenible sin cambios estructurales. Subir salarios sin cambiar el modelo productivo es una curita que funciona hasta que deja de funcionar.


La batalla cultural: los titulares que no se escribieron

La reducción de la pobreza no fue amplificada por todos los medios. Y ahí radica otra lección: la batalla cultural no se libra solo en las calles o en el Congreso, sino también en los titulares y en las ocho columnas que algunos prefirieron vaciar.

Durante seis años, los medios de mayor alcance en México —Televisa, TV Azteca, los grandes diarios nacionales— dedicaron más espacio a los escándalos, las polémicas y las declaraciones incendiarias que a los datos de reducción de pobreza. El «milagro» se enterró en las páginas interiores, cuando no se ignoró por completo.

La presidenta Claudia Sheinbaum lo dijo sin rodeos: a algunos medios «les duele» que 13.4 millones de personas hayan salido de la pobreza. No es una exageración. Es una constatación de cómo funciona la maquinaria narrativa del poder económico.

La cobertura selectiva no es un accidente. Es una estrategia. Si los datos de reducción de pobreza se difundieran masivamente, la narrativa neoliberal quedaría desnuda. No hubo inflación descontrolada, no hubo destrucción masiva de empleos, no hubo colapso macroeconómico. Hubo, en cambio, una redistribución real de ingresos. Eso es lo que incomoda.

La batalla por la narrativa es tan importante como la batalla por la política. Y en esa batalla, los datos no se defienden solos.


El dogma derrotado, la pregunta pendiente

Reconocer este «milagro» no es rendir culto a una figura política. Es admitir que las políticas económicas pueden y deben romper con la resignación estructural. Si 13.4 millones salieron de la pobreza, es porque la política pública se atrevió a tocar lo que antes era intocable: los salarios.

Pero el dogma neoliberal no fue derrotado por completo. Sigue vivo en los editoriales, en los think tanks, en las universidades, en los organismos internacionales que predicen catástrofes cada vez que un gobierno intenta redistribuir. Sigue vivo en la mentalidad de quienes prefieren la estabilidad macroeconómica a la dignidad de los trabajadores.

El reto ahora es que esa conquista no sea revertida. Y que los 38.5 millones que aún viven en pobreza —y los 43.5 millones que trabajan sin poder comprar la canasta básica— no se queden esperando otro sexenio para respirar dignidad.

El milagro no es un final. Es un punto de partida. La pregunta no es si el modelo funcionó. La pregunta es si puede sostenerse sin cambiar lo que todavía no se ha tocado: la estructura productiva, la informalidad, la dependencia de programas sociales, la ausencia de política industrial.

La derrota del dogma neoliberal es real. Pero no es definitiva. Los dogmas no mueren: se adaptan. Y el próximo puede estar ya escribiéndose.


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