NODOS LIBRES: Gentrificación en México (TEMPORADA 1)

Gentrificación en México: cuando el capital llega, la memoria se va

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El término «gentrificación» suena técnico, aséptico, casi neutral. Pero en México es un proceso brutal: cuando el capital llega a un barrio popular, lo renueva, lo encarece y expulsa a quienes lo habitaron durante décadas. No es casualidad, es un mecanismo. Y el Estado, lejos de regularlo, lo facilita.

Oaxaca es el caso más visible, pero no es el único. Entre 2010 y 2020, el 13 por ciento de los residentes del centro histórico de la capital oaxaqueña fueron desplazados. Mientras tanto, comprar una casa en esa zona cuesta hoy siete millones de pesos: más de 83 años del salario promedio en el estado. La cuenta es sencilla: quien puede pagar eso no vive de Oaxaca, vive de rentarla. Y quienes la rentan no tienen memoria del barrio, solo del rendimiento.

La gentrificación no es un fenómeno nuevo. En México, se arrastra desde la conquista, con una ciudad pensada para las élites y expandida a costa de los cuerpos que sobraban. En el siglo XXI, esa lógica continúa, ahora con actores como las mafias inmobiliarias, el abandono estatal y plataformas como Airbnb que convierten barrios vivos en hoteles sin alma.


El modelo de ciudad que el Estado se niega a regular

En Oaxaca, la gentrificación se ha acelerado por tres factores: la promoción turística desmedida, la falta de regulación a plataformas como Airbnb, y la complicidad de un gobierno que ve en la «ciudad cultural» un negocio, no un derecho.

La crisis hídrica es un ejemplo perfecto de esta lógica. En varias zonas de la capital, el suministro de agua tarda hasta 90 días en llegar. Las familias pagan pipas de más de mil pesos mientras los turistas consumen cuatro veces más que un local. No es escasez natural, es decisión política. Como dijo Jorge A. Pérez Alfonso: «La crisis hídrica no es un fenómeno natural: es una decisión política de a quién se raciona y a quién se garantiza el abasto». No falta agua. Se ha decidido quién la merece.

El gobierno, en lugar de regular, acusa de xenofobia a quienes protestan. Es la táctica más vieja: deslegitimar la protesta para no enfrentar el problema. Las demandas son concretas: regulación estricta de plataformas como Airbnb, expropiación de viviendas acaparadas y reconocimiento de los derechos territoriales de comunidades indígenas y populares. Pero el Estado prefiere el conflicto discursivo antes que la solución estructural.


La narrativa inmobiliaria: autenticidad como mercancía

La narrativa inmobiliaria es impecable. Venden «autenticidad» y «conexión con la tierra» mientras convierten el adobe y el barro negro en decorado para departamentos de lujo. La Guelaguetza, el maíz, el arte callejero y la gráfica política son absorbidos, resignificados y devueltos como producto turístico.

Es una colonización blanda, pero no menos efectiva que la de los siglos pasados. La paradoja es perfecta: Oaxaca es valiosa porque es auténtica, y esa autenticidad la está destruyendo. Lo cotidiano se vuelve experiencia, lo comunitario se vuelve viral, lo identitario se vuelve marca. La ciudad se ha convertido en un escenario donde los habitantes originarios son cada vez más un decorado.

El problema no es el turismo, sino un modelo de ciudad que el Estado se niega a regular. Cuando el gobierno no pone reglas, el mercado las pone por él. Y el mercado no tiene memoria ni lealtad, solo rentabilidad. La ciudad se vende por piezas, y quienes la habitaron durante generaciones quedan fuera del negocio.


La violencia que no es simbólica: es física y legalizada

La gentrificación no es solo un fenómeno económico. Es violencia estructural con respaldo institucional. Los desalojos no son abstractos. Son cuerpos que se mueven, familias que se rompen, memorias que se borran.

El caso de las comunidades otomí y mazahua desalojadas en la colonia Juárez, o el uso de parapolicías en desalojos nocturnos, revela que esta violencia no es simbólica: es literal, física y legalizada. En abril, durante el Segundo Encuentro Nacional contra la Gentrificación, se denunció una estrategia sistemática de despojo que vincula a funcionarios públicos, empresas mineras y el crimen organizado. No son teorías; describen prácticas históricas que ahora usan la folklorización cultural como coartada.

Como dijo un participante, y esa frase duele porque es cierta: «Les gusta nuestra cultura, pero no nosotros». La gentrificación no es un fenómeno neutral. Es un proceso de selección: quienes pueden quedarse son los que tienen capital. Los demás son empujados a la periferia, a ciudades dormitorio como Nezahualcóyotl o Tecámac, o incluso a asentamientos no planificados. Se diluyen las redes comunitarias, se rompen las memorias barriales y se entierra la historia debajo del concreto y los cafés de especialidad.


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La lucha que no es xenofobia

Los colectivos han sido claros: no es contra las personas extranjeras, es contra un modelo que convierte el suelo, la vivienda y la cultura en mercancía. La distinción es crucial. El enemigo no es el nómada digital que llega a trabajar remotamente. El enemigo es la desregulación que permite que el capital inmobiliario opere sin restricciones.

Colectivos como NODO Oaxaca y la Miscelánea Oaxaqueña de Acción Común lanzaron Oaxaca Ocupada, una revista que documenta la resistencia. No es un producto editorial, es un archivo de lo que el sistema prefiere ignorar. Como dijo Hannia Fuentevilla, editora de Oaxaca Ocupada:

«Hablar de gentrificación no es solamente hablar del aumento de rentas o del turismo; también implica hablar de desplazamiento y de la pérdida de espacios cotidianos que se vuelven inaccesibles para quienes siempre han habitado estos lugares».

La resistencia no es nostalgia, es acción. Es la negativa a aceptar que la ciudad se venda por piezas. La organización social es la única defensa frente a un Estado que se ha convertido en cómplice silencioso de una lógica colonial burguesa.


El sonido del despojo: cuando la ciudad deja de pertenecer

En el paisaje sonoro de la gentrificación, también hay disonancias que resisten. Voces como las de Guadalupe Maldonado o Natividad Hernández, expulsadas de la Roma Norte tras los sismos de 2017, son testimonio de que no todo está perdido. Son ellas, y no los desarrolladores, quienes han sostenido el pulso comunitario. Pero sus historias, como muchas otras, quedan fuera del algoritmo urbano que solo premia lo rentable, lo limpio, lo blanco.

¿Cómo suena una ciudad cuando deja de pertenecer a quienes la habitan? El sonido de la gentrificación no es el martillo de la construcción. Es el silencio de quienes ya no están. Es el eco de una conversación que se interrumpe porque el vecino se tuvo que ir. Es el ruido de las maletas de quienes llegan a ocupar un espacio que no les pertenece, pero que pueden pagar.

La gentrificación es una forma de violencia urbana que se ejerce sobre los cuerpos y las memorias de quienes han construido la ciudad con su trabajo y su vida. No es un fenómeno natural. Es una decisión política. Y como toda decisión política, puede ser revertida.


El océano propio y la ciudad ajena

Plétora no es ajena a esta dinámica. Como estudio de medios independiente, opera en un ecosistema donde el acceso a la cultura también está mediado por el capital. Pero Plétora ha optado por un modelo diferente: soberanía sobre el trabajo propio, precio claro, acceso restringido y producción sin concesiones.

No busca ser «todo para todos». Busca ser un espacio donde el trabajo de autor sea viable sin recurrir a la publicidad, a la venta de datos o a la búsqueda de atención masiva. Esa decisión no es un acto de elitismo. Es un acto de coherencia en un mundo donde la cultura se ha convertido en mercancía y el acceso a ella depende de la capacidad de pago.

La gentrificación cultural también existe. Los espacios independientes son desplazados por cadenas comerciales. Las voces críticas son silenciadas por el ruido del mercado. Plétora elige construir un océano propio, donde las reglas las ponen quienes producen, no quienes distribuyen. No es una solución para el sistema, pero es una alternativa concreta para quienes entienden que la cultura no es un producto más.


La ciudad no se vende: se defiende

Oaxaca no es un caso aislado. Es un síntoma de lo que ocurre en ciudades con identidad fuerte en todo el mundo: el capital financiero busca territorios con alma para comprarlos, vaciarlos y revenderlos como experiencia. Pero la identidad no se compra, se construye colectivamente. Y cuando esa identidad se mercantiliza, lo que se pierde no es solo el patrimonio material, sino la posibilidad de decidir sobre el futuro.

La respuesta no está en los folletos ni en los discursos oficiales. Está en las calles, en las asambleas y en la organización de quienes se niegan a ser desplazados. La gentrificación no es inevitable. Es una decisión política que puede ser combatida con regulación, organización y memoria.

El derecho a la ciudad no es un eslogan. Es la capacidad de decidir colectivamente sobre el territorio que se habita. Y esa capacidad solo se recupera cuando quienes han sido desplazados recuperan su voz y su poder de decisión.


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