Generaciones Jóvenes, consumo y deudas: la trampa que nos vendieron como libertad.
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Hay algo que casi nadie dice en voz alta cuando hablamos de consumismo juvenil: no es solo una decisión personal. Es un diseño. Un sistema. Una trampa que se activa mucho antes de que tengas tu primera tarjeta de crédito.
Yo lo viví. Cuando me senté a organizar mis finanzas, descubrí que en mis veinte había gastado cantidades absurdas en cosas que hoy me dan vergüenza: antros, restaurantes, gimnasios, nutriólogos, tratamientos para la piel, maquillaje, ropa, lujos, viajes. Todo eso que en su momento parecía urgente, indispensable, vital. El resultado fue una sensación de vacío y arrepentimiento que todavía me acompaña. Porque «lo bailado nadie te lo quita» suena bonito hasta que revisas tu estado de cuenta y te das cuenta de que lo bailado también te quitó la posibilidad de tener un fondo de emergencia, una casa, o simplemente dormir tranquila sin deberle a nadie.
Pero no estoy aquí para flagelarme ni para flagelarte. Estoy aquí porque creo que hay algo más profundo que el clásico «gastamos porque somos jóvenes e irresponsables». Esa narrativa nos deja solos con la culpa, como si el problema fuera exclusivamente nuestra falta de disciplina. Y no. El consumismo juvenil no es un defecto de carácter. Es un modelo económico que necesita que gastemos, que nos endeudemos, que vivamos al día, porque de eso depende su supervivencia.
Piénsalo. Nacimos entre 1980 y 2005. Nos tocó crecer con el neoliberalismo ya instalado como sentido común, con la promesa de que el esfuerzo individual bastaba, con la idea de que el éxito se mide en experiencias compartidas y objetos exhibidos. Nos tocó la generación Instagram, esa que vive mostrando lo que tiene —o lo que finge tener— y haciendo sentir mal a quienes no pueden seguir el ritmo. Nos tocó un mercado laboral precario, sin prestaciones, con salarios que no alcanzan, con la gig economy como única opción para muchos. Nos tocó la inteligencia artificial amenazando con reemplazarnos antes de que terminemos de pagar la carrera. Y en medio de todo eso, las redes sociales nos bombardearon con la idea de que la felicidad se compra, se viaja, se publica. Que si no tienes el último iPhone, si no has ido a ese destino exótico, si no tienes el cuerpo perfecto o la piel perfecta o la vida perfecta, entonces no eres suficiente.
El 70% de los jóvenes mexicanos tiene algún tipo de deuda, según datos de la UNAM. El 60% de los centennials compra en línea, siendo el e-commerce su modo favorito. El 75% de los millennials siente la necesidad de estar al día con las últimas tendencias. Y la OMS reporta que los trastornos de ansiedad y depresión han aumentado un 25% entre los jóvenes desde 2019. Esos números no describen a una generación perdida. Describen a una generación capturada. Capturada por un sistema que nos vende la libertad de consumir como si fuera la libertad de vivir. Que nos hace creer que gastar es elegir, cuando en realidad la mayoría de las veces solo estamos reaccionando a un algoritmo que sabe exactamente qué botón apretar para que sintamos que nos falta algo.
En Plétora Studio, dentro del espacio de Y qué tal si… en Plétora Radio, hemos hablado de esto desde otro ángulo: el consumismo no es un problema individual, es una economía política del deseo. Y como toda economía política, tiene ganadores y perdedores. Los ganadores son las plataformas, las marcas, los bancos que viven de tus intereses, los influencers que monetizan tu aspiración. Los perdedores somos nosotros, los que pagamos con años de trabajo y ansiedad la ilusión de una vida que nunca termina de llegar.
Y aquí viene la parte incómoda: la salida no es simplemente «consumir menos». Porque el sistema se adapta. Ahora te vende sostenibilidad, te vende minimalismo, te vende experiencias en lugar de cosas, te vende bienestar. Todo sigue siendo consumo. Todo sigue siendo una transacción. La diferencia es el empaque. El verdadero cambio no es dejar de comprar. Es empezar a preguntarnos quién se beneficia de que compremos, quién diseñó esta trampa, y por qué nos resulta tan difícil imaginar una vida que no se mida en transacciones. Porque la pregunta no es si estamos perdidos. La pregunta es si estamos dispuestos a dejar de buscar la salida en el mismo lugar donde nos metieron.
No estoy diciendo que no disfrutes. Claro que disfruta. Pero después del disfrute, viene la pregunta: ¿a qué costo? Porque el placer instantáneo es real, pero también lo es el vacío que deja. Y en algún momento, entre el like y la deuda, entre la fiesta y la ansiedad, entre «lo bailado nadie te lo quita» y «no sé cómo voy a pagar esto», hay una decisión que sí es nuestra: la de dejar de creer que el sistema que nos endeudó tiene la respuesta para salir de la deuda. Porque no la tiene. Nunca la tuvo.
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