The Mountain y la transformación de la pérdida en un viaje sonoro compartido
Hay discos que se escuchan. Hay discos que se bailan. Y hay discos que se sienten en el pecho, como si alguien hubiera decidido abrirte el pecho y ponerle música a lo que hay adentro. The Mountain, el nuevo álbum de Gorillaz, es de esos. Y no lo digo porque sea el disco más ambicioso de la banda —aunque lo es— ni porque tenga la lista de invitados más ecléctica del año —que también. Lo digo porque, por primera vez en mucho tiempo, Damon Albarn decidió bajar las defensas y dejar que el dolor hablara sin tantos disfraces.
Porque Gorillaz siempre ha sido un proyecto brillante, pero a veces uno se perdía entre tantas capas de significado. Entre el lore de 2D, Murdoc, Noodle y Russel. Entre los videos psicodélicos y las colaboraciones que parecían sacadas de un sueño febril. Entre la sátira y el homenaje, la crítica y el juego. Pero The Mountain es diferente. Inspirado en los viajes de Albarn y Jamie Hewlett a la India, el disco tomó un giro inesperado cuando la vida interrumpió los planes con lo único que realmente nos detiene a todos: la muerte de los padres. Y en ese giro, Gorillaz encontró algo que no había explorado con tanta honestidad: la vulnerabilidad.
Y qué vulnerabilidad. Porque The Mountain no es un disco sobre la muerte. Es un disco sobre cómo seguir viviendo después de ella. Sobre cómo el dolor no es un estado permanente, sino una estación de paso. Sobre cómo la música puede ser un vehículo para procesar lo que las palabras no alcanzan a decir. Y sobre cómo, incluso en medio del duelo, hay espacio para el ritmo, para la colaboración, para la celebración de lo que aún está vivo.
El disco arranca con Dennis Hopper, fallecido en 2010, abriendo el álbum como un narrador espectral. Una decisión arriesgada, porque podría haber sonido a truco, a explotación. Pero no. Suena a homenaje. Suena a reconocimiento de que las voces que se fueron aún tienen algo que decir. Y esa lógica atraviesa todo el álbum: la inclusión de Proof en «The Manifesto», de Mark E. Smith en «Delirium», de Tony Allen en «The Hardest Thing». No es inteligencia artificial reviviendo muertos. Es Albarn diciéndonos que la música también sirve para eso: para que los que se fueron sigan aquí de alguna manera. Para que el archivo sea vivo. Para que la memoria no sea nostalgia, sino presencia.
Porque hay algo profundamente honesto en ese gesto. En un mundo donde la industria musical tiende a borrar el pasado para vender el presente, Gorillaz hace lo contrario: integra a los que ya no están como parte activa del proceso creativo. Y eso no es solo un acto de amor. Es una declaración de principios sobre lo que significa hacer arte en comunidad, sobre cómo las influencias no son unidireccionales, sobre cómo la creación es siempre un diálogo con lo que vino antes.




Y luego está «The Sweet Prince», el tema que cierra el viaje como un puñetazo en el estómago. Albarn describiéndose junto a la cama de hospital de su padre, queriendo decir «te quiero» pero encontrando solo la mirada perdida de alguien que ya no está del todo aquí. Es de esas canciones que duelen escuchar, pero duelen bien, como las heridas que necesitan sanar. No hay artificio en esa canción. No hay capas de significado. Solo una verdad desnuda, casi incómoda, que te recuerda por qué Albarn es uno de los compositores más importantes de su generación.
Pero The Mountain no es solo lágrimas. Porque si hay algo que Gorillaz nunca ha perdido es el sentido del juego. «Damascus» junta a Yasiin Bey con Omar Souleyman, y el resultado es pura energía, puro desparpajo. ¿Que la letra dice «¿café turco, Starbucks, eres patético»? Pues sí, y funciona porque a veces no todo tiene que tener sentido profundo. A veces la música también es eso: pasarla bien con buena compañía mientras surfeas en la oscuridad sin dirección fija. La colaboración con Sparks en «The Happy Dictator» es otro momento lúdico que recuerda que Albarn también sabe reírse, incluso cuando el panorama general es gris.
Y luego está la diversidad cultural, que no es un adorno sino una decisión estructural. La presencia de Bizarrap y Trueno no es un guiño a la escena urbana latinoamericana; es la validación de un espíritu colaborativo que desafía la hegemonía del pop internacional. La inclusión de idiomas como árabe, español, hindi y yoruba nos recuerda que el arte no debería estar confinado a la lógica del consumo masivo, sino servir como plataforma de diálogo y resistencia cultural. Gorillaz no solo produce música, sino que articula un espacio donde la diversidad lingüística y musical convive con naturalidad, sin concesiones a la homogenización global. Esa es, quizá, la lección política más importante del disco: que la colaboración no es un gesto simbólico, sino un acto de construcción de comunidad.
Plétora ha seguido de cerca este lanzamiento porque representa todo lo que valoramos en la música contemporánea: soberanía creativa, diversidad cultural, y un compromiso con la obra que va más allá de los números. Gorillaz no es una banda que busca hits. Es un proyecto que busca sentido. Y The Mountain es, quizá, su intento más logrado de encontrar ese sentido en medio del caos, de la pérdida, de la vida que sigue.
Porque de eso se trata el disco: de entender sin explicaciones. De sentir sin manual de instrucciones. De darnos cuenta de que, como ha demostrado Plétora Network a lo largo de los años, la música sigue siendo el lenguaje universal que nos conecta con lo que fuimos, con lo que somos y con lo que queremos recordar. No es casualidad que el disco cierre con un suspiro largo, con los instrumentos de Prasanna y Anoushka Shankar llevándonos suavemente hacia el silencio. No es un final. Es una pausa. Un recordatorio de que, incluso en la cima de la montaña, el viaje continúa.
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