Santino Beltramino y el arte de construir identidad sin pedirle permiso al algoritmo
¿Qué significa hacer rock en 2026? ¿Qué significa grabar un disco de ocho canciones densas, psicodélicas y terrenales cuando el mundo entero está bailando en TikTok al ritmo de samples robados y estribillos diseñados por comités de marketing? Santino Beltramino lo tiene claro: significa no pedir permiso. Significa asumir que tu público no va a llegar por una playlist curada ni por un patrocinio de cerveza. Significa, en pocas palabras, construir tu propio océano en medio del mar rojo de la industria musical.
Porque hagamos el ejercicio. Si Los Alternantes hubiera pasado por el filtro de una disquera tradicional, ¿qué habría sobrevivido? Quizá una canción, tal vez dos. Las guitarras que «no están para acariciar» habrían sido ecualizadas hasta sonar como cualquier otro disco de rock alternativo latinoamericano. La voz de Beltramino, esa que «parece haber caminado varios kilómetros de terracería», habría sido comprimida hasta perder su aspereza. El resultado sería un producto más para el anaquel, compitiendo con otros mil productos idénticos por la atención de un oyente que no sabe distinguir entre una guitarra con alma y un plug-in de última generación.
Pero Beltramino no pasó por ese filtro. Y eso no es un accidente. Es una decisión. Una decisión que, en el capitalismo tardío de la música, tiene consecuencias económicas directas. Sin padrinos, sin playlists curadas, sin el respaldo de una máquina promocional. ¿Cómo se sostiene alguien así? La respuesta es incómoda: con trabajo real. Con giras que no son vacaciones, con presentaciones en escenarios que no son estadios, con la certeza de que el respeto de un puñado de oyentes atentos vale más que la ovación de un estadio que no te escucha.
Y aquí llegamos al punto clave: Beltramino no es un ingenuo. No cree que el mercado va a recompensar su autenticidad con un premio Grammy. Sabe que «la sombra de Spinetta es inevitable», pero también sabe que construir «su propio dialecto, más terrenal, más callejero» es la única forma de no terminar siendo una copia barata. La pregunta incómoda es: ¿cuántos artistas están dispuestos a hacer ese trabajo sin la promesa de una recompensa inmediata? ¿Cuántos pueden permitirse el lujo de grabar un disco como Los Alternantes en un país donde «la crisis es el único horizonte estable»?
Porque el rock independiente en América Latina nunca ha sido un refugio para los que huyen del mercado. Es un territorio de combate. Una trinchera donde se decide si la cultura va a ser producida por algoritmos o por personas. Los Alternantes no es solo un disco. Es una declaración de principios: la música no es un fondo para otras actividades. No es el sonido de fondo de tu café matutino ni la banda sonora de tu video de viajes. Es un territorio que exige atención. Y en la economía de la atención, lo que exige silencio y concentración es visto como una amenaza. Por eso el disco no va a sonar en comerciales de autos. Porque no fue diseñado para vender autos. Fue diseñado para interrumpir el flujo, para detener el scroll, para recordarte que hay formas de hacer música que no se miden en streams.
Y aquí está la ironía: mientras las grandes plataformas celebran su «diversidad» con playlists de «rock latino alternativo» donde todos suenan igual, Beltramino está construyendo algo que no encaja. Porque el post-punk que bebe de Don Cornelio y La Zona no es un revival, es una lectura desde el presente. Porque los ritmos rioplatenses no son folclor decorativo, son el suelo sobre el que se para este músico. Porque la world music no es un aditivo exótico para hacer sonar más «interesante» el producto, es la geografía sonora de alguien que ha caminado kilómetros de terracería por Argentina, Uruguay, España, Francia e Islandia.




¿Qué significa haber tocado en Islandia y en Buenos Aires con la misma guitarra? Significa entender que el público no es un mercado, es un encuentro. Significa que cada presentación es un acto de soberanía cultural, no una transacción comercial. Y en el contexto latinoamericano, donde la industria musical ha sido históricamente un espejo de las relaciones de dependencia económica, esa soberanía es un lujo que pocos pueden pagar. Pero Beltramino lo paga. No con dinero, sino con trabajo, con constancia, con la decisión de no doblarse.
Los títulos del disco ya son un mapa de esa decisión. «Adiós Lamadrid» no suena a hit radial. «La Canción de la Tormenta» no es un estribillo para corear en festivales. «Alivio, Tierra, Manta» es casi un manifiesto: la música como refugio, como descanso, como memoria. En un mundo que exige velocidad, estas canciones piden pausa. En un mundo que exige respuestas, ofrecen preguntas. Y en un mundo que exige consumo, ofrecen experiencia.
Pero no nos engañemos. Este no es un disco para todos. Es para quienes todavía creen que el rock puede ser un territorio de exploración, no un género de museo. Es para quienes entienden que la autenticidad no es un adjetivo de marketing, sino una decisión de producción. Es para quienes pueden escuchar «Los Alternantes» y reconocer que hay algo en esa marcha pesada y decidida contra el viento que no se encuentra en ninguna playlist de Spotify.
Y aquí viene lo más incómodo de todo: ¿cuánto tiempo puede sostenerse esto? ¿Cuántos discos como Los Alternantes puede grabar un artista antes de que el mercado lo obligue a claudicar o la precariedad lo obligue a buscar otro oficio? La respuesta no está en el disco, está en nosotros. En los oyentes. En los que decidimos que la música no es un producto desechable. En los que entendemos que el «viaje de fuerza entre la tierra y los recuerdos» que propone Beltramino no es una metáfora poética, es una descripción literal de lo que significa hacer arte sin red de seguridad.
Los Alternantes es el tercer disco de Santino Beltramino. Pero podría ser el último. Porque el sistema no está diseñado para que artistas así sobrevivan. Está diseñado para que se conviertan en funcionales al mercado, para que acepten hacer el «tema pegajoso», para que se integren al ecosistema de productos musicales. Y si no lo hacen, el mercado los olvida.
Pero también podría ser el primero. El primero de una nueva forma de entender la música, una que no pasa por los grandes sellos ni por las plataformas de streaming. Una que se sostiene en la relación directa con un público que valora el trabajo. Una que encuentra su lugar en proyectos como Plétora, donde la música no es ruido de fondo sino obra de autor. Una que demuestra que en la era del algoritmo, la resistencia no es un acto heroico, es simplemente hacer tu trabajo sin pedir permiso.
Y esa, quizá, es la lección más importante de Los Alternantes. No hay que esperar a que el mercado valide lo que haces. No hay que pedir permiso. No hay que ajustarse a los formatos que otros diseñaron para ti. Santino Beltramino no lo hizo. Y el resultado está ahí, en esas ocho canciones que no suenan a nada más que a sí mismas. Escúchenlo con atención. O no lo escuchen. Pero no digan que no les avisaron.
- 01.Intro (Pesares)⏵
- 02.Adiós Lamadrid⏵
- 03.La Canción de la Tormenta⏵
- 04.Los Alternantes⏵
- 05.Natalia⏵
- 06.Lejana⏵
- 07.Vi⏵
- 08.Alivio, Tierra, Manta⏵
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