Texcoco como resistencia ecológica y comunitaria
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En 2025, el Parque Ecológico del Lago de Texcoco se ha consolidado como uno de los proyectos más radicales de restauración ecológica en América Latina. No por su escala, sino por su significado. Lo que alguna vez fue el epicentro de una disputa por el megaproyecto aeroportuario, hoy se ha convertido en un manifiesto territorial que interpela el modelo de desarrollo dominante. Texcoco no es solo un parque: es una ruptura. Una grieta en el relato del progreso entendido como cemento, velocidad y despojo.
La sustentabilidad territorial que propone Texcoco no se basa en discursos empresariales ni en certificaciones verdes. Se basa en la regeneración de un ecosistema devastado, en la reintroducción de especies nativas, en la recuperación de la vocación hídrica del Valle de México. Bajo la dirección del arquitecto Iñaki Echeverría, el parque ha dejado de ser promesa y se ha convertido en cuerpo vivo. Más de 14,000 hectáreas restauradas, más de 1.2 millones de plantas cultivadas, más de 11,000 personas involucradas en su construcción. Pero más allá de los números, lo que importa es el gesto: devolverle a la tierra lo que le fue arrebatado.
Texcoco no embellece: sana. No decora: transforma. En un país donde los megaproyectos suelen significar desplazamiento, privatización y extractivismo, este parque propone otra forma de habitar. Una forma que no separa lo urbano de lo natural, lo político de lo ecológico, lo técnico de lo comunitario. En Plétora, entendemos que la sustentabilidad no puede ser neutra: debe ser resistencia.
Texcoco como símbolo político y cultural
El Parque Ecológico del Lago de Texcoco es también una disputa simbólica. En 2025, con el cambio de administración federal en curso, el futuro del parque está en juego. Activistas, académicos y comunidades han exigido que se declare Área Natural Protegida de carácter federal. No como estrategia de conservación, sino como blindaje político frente a posibles intentos de fragmentación, privatización o reconversión comercial. Porque lo que está en juego no es solo un terreno: es una forma de imaginar el país.
Texcoco nos recuerda que la sustentabilidad no puede depender de la voluntad política de turno. Debe ser política de Estado, pero también política de comunidad. En los últimos meses, el parque ha comenzado a recibir escuelas rurales, colectivos ambientales, pueblos originarios y redes de investigación que lo habitan como espacio de encuentro, de memoria y de aprendizaje. Las instalaciones deportivas flotantes, los senderos interpretativos, los pabellones escultóricos no son adornos: son dispositivos pedagógicos que resignifican el territorio.
La reutilización de la infraestructura del aeropuerto cancelado es otro gesto político. Puentes, cimentaciones y estructuras metálicas fueron adaptadas para convertirse en accesos, miradores y espacios públicos. Esta estrategia de “ingeniería suave” demuestra que la sustentabilidad no es solo ecológica: es también simbólica. Es la capacidad de transformar el despojo en dignidad, el fracaso en posibilidad, el cemento en raíz.
Texcoco es una pregunta abierta: ¿cómo queremos vivir? ¿Qué modelo de país queremos construir? ¿Qué relación queremos tener con la tierra, el agua, el aire? Este parque no ofrece respuestas fáciles. Pero sí ofrece un espacio para pensarlas colectivamente. Y en Plétora, celebramos los territorios que se atreven a imaginar.
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