Del 68 al #YoSoy132, de García Luna al presente: Televisa siempre ha decidido qué ver y qué ocultar. Y los gobiernos siguen pagando. #Televisa #PoderFáctico #PlétoraMag

Televisa: el ojo que todo lo ve

Televisa y cómo un puñado de empresarios decidió qué pensarías durante 70 años

Hay países que tienen constituciones. México tiene a Televisa. Y no es una metáfora. Durante más de siete décadas, lo que el gigante de la televisión mostraba en sus pantallas no era un reflejo de la realidad, sino la realidad. La que convenía. La que vendía. La que mantenía el negocio del poder en las mismas manos de siempre.

El origen del imperio es conocido: Emilio Azcárraga Vidaurreta entendió que en un país con altos índices de analfabetismo y una clase media en construcción, la televisión no era entretenimiento: era la máquina de hacer creencias más poderosa jamás concebida. Las concesiones no fueron un acto de buena fe estatal; fueron la entrega de las llaves del imaginario colectivo a una familia que supo jugar todas sus fichas.

El 68: el día que la televisión dijo que llovía

El 2 de octubre de 1968, mientras el Ejército Mexicano masacraba a estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, el noticiario 24 Horas de Jacobo Zabludovsky abrió su emisión con una frase que se convertiría en la más infame de la historia del periodismo mexicano: «Esta noche llovió en la Ciudad de México», como si fuera una noticia local. No hubo mención de la matanza, ni de los cientos de muertos, ni de los desaparecidos. Televisa no informó: ocultó. La televisión privada se negó a difundir las posiciones del movimiento estudiantil. La palabra Tlatelolco estuvo prohibida durante al menos diez años. Ese no fue un error de cobertura; fue una decisión editorial alineada con el poder. Y esa decisión sentó el precedente de lo que vendría: la televisión como brazo informativo del Estado, no como contrapeso.

La fábrica de presidentes

El caso de Enrique Peña Nieto en 2012 es el más documentado, pero no el único. Durante la campaña presidencial, #YoSoy132, un movimiento estudiantil apartidista, denunció la manipulación mediática de Televisa en favor del candidato priista. El 27 de julio de 2012, coincidiendo con la inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres, miles de jóvenes realizaron un bloqueo pacífico y simbólico de 24 horas en las instalaciones de Televisa Chapultepec. No estaban protestando contra las Olimpiadas; estaban usando el escaparate global de los Juegos para denunciar lo que llamaban la imposición de Peña Nieto. Sus consignas fueron claras: «Peña no ganó, Televisa lo ayudó. Fraude, fraude»«No a la manipulación de los medios, sí al voto libre e informado» y «Aquí se ve, aquí se ve, Peña Nieto presidente no va a ser».

Y tenían razón. Documentos filtrados a The Guardian revelaron que una unidad secreta de Televisa había financiado y operado una campaña para impulsar al candidato del PRI desde 2009. El resultado: un candidato construido en laboratorio mediático llegó a la Presidencia. La televisora no fue un contrapeso; fue su principal activo.

La «Ley Televisa»: cuando el Congreso se arrodilla

En 2005 y 2006, Televisa y TV Azteca redactaron el articulado de una ley de telecomunicaciones que el Congreso aprobó sin modificaciones sustanciales. La ley les concedió el uso gratuito del espectro digital de frecuencias, un bien público valuado en miles de millones de pesos. Académicos calificaron el episodio como «la culminación de un poder fáctico». El Congreso no legisló; Televisa dictó.

El caso García Luna: el silencio que incomoda

Y aquí llegamos a un punto que ningún medio de izquierda, ni siquiera los que hoy están en el gobierno, ha querido examinar con honestidad. En enero y febrero de 2023, el presidente López Obrador acusó a Televisa de dar poca cobertura al juicio de Genaro García Luna en Nueva York. Según datos presentados en la mañanera, el programa estelar de Enrique Acevedo dedicó casi 5 minutos al caso de Layda Sansores (la gobernadora de Campeche) y solo 11 minutos al juicio del exsecretario de Seguridad Pública acusado de narcotráfico. AMLO fue contundente: «Los grandes medios de comunicación convencionales no le han dado la suficiente cobertura al juicio», y añadió: «La llamada gran prensa, los medios más famosos, callan porque estuvieron involucrados [con García Luna]».

Pero aquí está la contradicción que nadie quiere nombrar: el mismo gobierno que señalaba a Televisa por ocultar el caso García Luna le seguía entregando dinero público. En 2024, Televisa recibió 356 millones 860 mil pesos en publicidad oficial, su cifra más alta desde 2019. Durante todo el sexenio de López Obrador, la empresa recibió al menos mil 877 millones de pesos del erario. No hubo ningún decreto que detuviera el flujo de dinero hacia el mismo monopolio que el gobierno señalaba como cómplice de la corrupción. La crítica fue discurso; el dinero fue negocio.

Las narrativas vigentes: el PRI se fue, el modelo quedó

Y aquí está el punto más incómodo, el que la izquierda en el poder no quiere tocar: las narrativas que Televisa construyó durante décadas no murieron con el PRI. Se adaptaron. El modelo de concentración de poder, de control del imaginario, de selección de qué historias contar y cuáles enterrar, sigue intacto. Lo que cambió fue el color del gobierno que se beneficia de él.

Televisa ya no es priista como lo fue en el siglo XX; ahora recibe dinero de cualquier gobierno, sea del color que sea. Y los gobiernos, sean de izquierda o de derecha, siguen comprando espacio en sus pantallas, siguen legitimando su monopolio, siguen alimentando al mismo monstruo que dicen combatir. La crítica a Televisa se convierte en un ritual retórico, pero el presupuesto sigue fluyendo. Eso no es coherencia; es cinismo.

Y mientras tanto, la máquina sigue girando. TelevisaUnivision, el gigante mediático en español más grande del mundo, controla más del 60% de las audiencias televisivas en México y Estados Unidos. Sus accionistas incluyen a Google y Softbank. No hay competencia real; hay un monopolio con patente de corso.

El daño cultural: la identidad como mercancía

Pero el daño más profundo no es político ni económico. Es cultural. Televisa no solo construyó presidentes; construyó mexicanos. Una versión de México donde los pobres son felices, los ricos son bondadosos, las mujeres son objetos o madres abnegadas, y los indígenas son folclor pintoresco. Un país donde los problemas sociales se resuelven en veinte minutos de telenovela y la corrupción es un chiste de doble sentido.

Esa identidad no se construyó con mala intención. Se construyó con negocio. Porque un país crítico es un mal mercado. Un pueblo que se pregunta por qué tiene hambre no compra jabón. Una audiencia que exige explicaciones no ve telenovelas. Y el negocio de Televisa siempre ha sido mantener los ojos pegados a la pantalla, no abiertos a la realidad.

El desafío de mirar hacia otro lado

Hoy, el ecosistema digital ha fragmentado el monopolio. Ya no todos ven lo mismo. Pero Televisa sigue ahí, ahora con streaming, con redes, con el mismo ADN en un empaque nuevo. Su apuesta por formatos como el K-drama mexicano no es una renovación; es una expansión. El objetivo no es cambiar el contenido, es ampliar el mercado.

En Plétora Network no tenemos un altar que derribar ni una cruzada que predicar. Solo mostramos lo que pasa cuando el poder se concentra en unas cuantas manos y la información se convierte en mercancía. Porque cuando una sola empresa decide qué ves, qué piensas y qué votas, no tienes una televisora. Tienes un gobierno con comerciales.

Y cuando el gobierno que critica a esa empresa le sigue pagando, lo que tienes es una comedia de enredos donde todos pierden, excepto el que siempre gana: el monopolio.

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