Falta de condiciones: cuando la precariedad se defiende como “autenticidad” y el maltrato se vuelve costumbre
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Hace unos días nos invitaron a una proyección. No como organizadores, sino como Puro Pueblo: para acompañar, para estar, para registrar si se podía, para tender una carpa más en el territorio. La película era nuestra, pero la convocatoria era de otras personas. Fuimos porque creemos en el encuentro y porque dijimos que sí. Llegamos y nada estaba listo. No había luz. No había condiciones básicas. Tuvimos que conectar un regulador que, en medio de la instalación, simplemente se quemó. No fue un sabotaje. Fue negligencia. O peor: fue normalización de lo precario disfrazada de “chamba independiente”.
Alguien nos salió al paso con altanería: “¿Ustedes quiénes son?”, “¿qué hacen?”, “no pueden grabar”. La misma persona que nos había invitado, ahora nos miraba con distancia. Como si fuéramos un estorbo. Como si nuestra presencia – que es gente ayudando gente – fuera una amenaza para su control del evento. No proyectamos. Decidimos irnos. Y entonces ocurrió lo más revelador: cuando nos retiramos, nos dijeron que primero teníamos que “hablar con la delegada”. No con quien nos invitó. No con la organización real. Con una figura de autoridad improvisada. Nos quisieron detener con mentiras, con amedrentamiento. Ya saben: el clásico “aquí nadie se va hasta que yo lo decida”.

Y al final, el remate: “son poco profesionales”. Nos quemaron un regulador por las malas condiciones. Nos trataron como intrusos en un lugar al que nos invitaron. Y lo poco profesional, al parecer, fue negarnos a seguir en un espacio donde no había ni respeto básico. Esa frase es la joya de la corona del sistema: cuando te exigen profesionalismo pero te dan condiciones de cómo sea, el problema no eres tú. El problema es que ellos ya normalizaron que las cosas puedan funcionar mal y que la gente se aguante. Peor aún: lo defienden como si fuera una virtud.
Salimos de ahí con una reflexión que escuece más que el regulador quemado: hay personas y espacios tan acostumbrados a ser tratados como menos, que cuando alguien aparece con una expectativa mínima de dignidad –luz, trato cordial, claridad en los roles– esa persona se convierte en el problema. La cultura de la precariedad no es solo falta de recursos. Es también una forma de relacionarse donde el maltrato es moneda corriente, donde la improvisación se vende como “autenticidad”, donde cualquier exigencia de condiciones básicas es vista como un capricho de gente “difícil”.
Y en ese terreno, Puro Pueblo es incómodo. Porque nosotros no normalizamos. No decimos “ya ni modo”. Si no hay luz, no podemos grabar. Si nos hostigan, nos vamos. Si nos quieren retener con artimañas, decimos no. No por soberbia. Por coherencia. Porque hemos visto cómo esa lógica de “aguantar para quedar bien” es la que perpetúa que los espacios independientes sigan siendo infiernos de falta de planeación, de explotación disfrazada de mística, de relaciones de poder donde el invitado termina siendo el culpable. Es el cuento eterno: “te invitamos, pero te tratamos como si te hicieramos un favor”.

No pudimos proyectar. Pero aprendimos algo valioso: hay lugares a los que no debemos volver, no por su origen o su contexto, sino porque en ellos la falta de condiciones no es un accidente: es un sistema. Un sistema donde las personas que invitan también maltratan, donde la delegada de última hora tiene más poder que la palabra empeñada, donde lo mínimo se defiende como si fuera un lujo. Y ese sistema no es casual: es el reflejo de una cultura que confunde la escasez con “honestidad” y el desorden con “libertad creativa”. Spoiler: no lo es. Es soberbia disfrazada de humildad.
Plétora no va a competir en esa cancha. No vamos a “aguantar” para caer bien. No vamos a sacrificar a nuestro equipo, ni a nuestro material, ni a nuestra gente, por el privilegio de estar en un lugar que nos trata como molestia. Puro Pueblo significa también saber cuándo retirarse. Con dignidad. Con la herramienta quemada y la lección aprendida. El regulador murió. La proyección no ocurrió. Pero la casa sigue en pie. Y ahora sabe una cosa más: a qué lugares no volver, y a quiénes no hay que invitar. No por desprecio, sino por estadística.

En Plétora Live, dentro de La Joya de la Corona, abrimos esta crónica no para llorar sobre la leche derramada, sino para preguntar: ¿por qué hay personas que defienden tan ferozmente tener tan poco? ¿Por qué el maltrato se vuelve costumbre y la exigencia de condiciones se castiga como falta de profesionalismo? ¿Por qué el que pone el cuerpo y el equipo es siempre el que termina pidiendo perdón? No tenemos todas las respuestas. Pero esta Joya la abrimos para conversar sobre eso. Porque mientras haya espacios que funcionan así, habrá personas que seguirán pensando que la cultura independiente tiene que doler. Y nosotros creemos que doler no es parte del pliego petitorio. Es una estupidez que nos vendieron como sacrificio.