¿Por qué seguir?

No sé cuánto dure esto. Pero mientras existamos, será en nuestros términos.

Tres años. Tres años sosteniendo esto sin ingresos estables, con deudas, sin apoyo institucional. Sin un solo peso que no haya salido de nuestros bolsillos o de la confianza de quienes creen en lo que hacemos.

¿El costo de la soberanía? No es bonito. Es desgastante. Es noches sin dormir, servidores que mantener, proyectos que esperan, gente que pregunta «¿y esto de qué vive?».

Nunca hemos pedido permiso, pero eso tiene un precio oculto.

No voy a decir que es fácil. No lo es. Hay días donde la pregunta es inevitable: ¿por qué seguir? ¿Por qué no cerrar y ya? Con deudas, ataques, silencios, incomprensión. A veces ni siquiera de los cercanos.

Y sin embargo, seguimos.

¿Por qué? Porque construir sin pedir permiso no es un eslogan. Es una decisión que se toma todos los días. Y mientras existamos, será en nuestros términos.

No sé cuánto dure esto. No tengo una bola de cristal ni un plan perfecto. Pero sé que lo que estamos haciendo vale la pena. No porque sea fácil, sino porque es necesario.

La soberanía no es un discurso bonito; es una práctica incómoda, costosa y que a veces duele.

Pero siempre duele más depender.

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