Percepción de inseguridad rompe récords mientras los delitos bajan, y nadie sabe bien por qué.
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Te juro que hay días en los que ver las encuestas da más miedo que caminar de noche por la Guerrero. Y no lo digo por mamador. Resulta que por primera vez en la historia reciente de México, los números y la calle dejaron de hablarse. Durante el sexenio de AMLO, tanto los homicidios como la percepción de inseguridad iban para abajo. Era como si el país hubiera encontrado un ritmo: menos violencia, menos susto. Pero desde que Claudia Sheinbaum llegó a Palacio Nacional, algo se rompió. Las cifras de homicidios siguen cayendo, pero la percepción de inseguridad se disparó. Y si tú también has sentido ese nudo en el estómago al salir de noche aunque las noticias digan que «todo va bien», este análisis te va a interesar.
Lo primero que hay que decir, y con honestidad, es que la presidenta y su equipo sí están logrando cosas concretas en materia de seguridad. No es propaganda, son datos. Tomemos el robo de vehículo, que es de los delitos más difíciles de esconder porque la gente lo reporta para el seguro. Pues bien, en el 98% de las zonas urbanas analizadas, el robo de auto bajó. O sea, casi en todo el país te roban menos el coche. Pero aquí viene lo curioso: en el 65% de esas mismas zonas, la gente se siente más insegura. Es como si el cuerpo y la cabeza hubieran decidido vivir realidades paralelas.
Y ojo, porque si creías que la culpa era de la extorsión o de que el narco ahora extorsiona más, los datos te tumban la teoría. En lugares como Guanajuato o Guadalajara, donde la extorsión bajó, la percepción de inseguridad subió. En la Cuauhtémoc y Miguel Hidalgo, donde subió, pues también subió la percepción. O sea, no importa qué pase con los delitos reales: el miedo va por su propio carril. Lo mismo pasa con la idea de que el gobierno está «maquillando» homicidios como muertes accidentales. Si así fuera, la gente lo percibiría, pero los números no muestran correlación entre esos registros y el miedo ciudadano.
¿Entonces qué está pasando? Tal vez la respuesta está en nosotros.
Y aquí va la parte incómoda, la que como sociedad nos cuesta aceptar. Resulta que la percepción de inseguridad ha aumentado incluso en ciudades donde todo indica que debería estar bajando. Y una hipótesis que duele, pero que cada vez pesa más, es que hemos decidido colectivamente creerle más al rumor que a los datos. Pasó con todo el circo mediático alrededor del «Memcho» y los millones de versiones que circularon en WhatsApp y TikTok. La gente prefirió creer la versión más apocalíptica, aunque luego los reportes oficiales mostraran otra cosa.
No es culpa de Sheinbaum que hayamos desarrollado este escepticismo crónico. Es el resultado de años de gaslighting institucional, de promesas incumplidas y de una cobertura mediática que siempre encuentra más rating en el caos que en la calma. Pero también es cierto que, como sociedad, hemos aprendido a desconfiar de todo lo que suene a «oficial», aunque venga respaldado por números. Y ese es un problema más profundo que cualquier estrategia de comunicación.
Claro que hay focos rojos reales. Culiacán y Tepic están ardiendo, y eso jala las medias nacionales. Pero aunque saques a esas ciudades del mapa, el resto del país también reporta un aumento en la percepción de inseguridad. No es un fenómeno focalizado, es una sensación que se extiende como pólvora, alimentada por grupos de vecinos, por cadenas de WhatsApp y por esa desconfianza que ya llevamos tatuada en la piel.

La trampa de la percepción
Aquí es donde la cosa se pone interesante para quienes seguimos la política desde Plétora Network. Porque si los datos no explican el miedo, entonces la explicación está en otro lado. Tal vez en esa saturación de información violenta que consumimos a diario. Tal vez en la forma en que ciertos discursos de mano dura, aunque bien intencionados, terminan generando más ansiedad que tranquilidad. O tal vez, y esto es lo más incómodo, en que como sociedad hemos decidido que es más seguro vivir con miedo que arriesgarnos a confiar.
Para Claudia Sheinbaum y su equipo, esto debería ser un foco rojo, pero no necesariamente por lo que están haciendo mal, sino por lo difícil que es gobernar cuando la gente ya no cree en los datos. Puedes ganar la batalla de los homicidios, pero si pierdes la guerra de la credibilidad, la siguiente elección se juega en terreno pantanoso. La presidenta merece que analicemos sus resultados con seriedad, no con la lógica del «me late que esto está peor». Y nosotros, como ciudadanos, merecemos preguntarnos por qué preferimos el rumor a la estadística. Porque al final, el miedo también se elige.

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