Cómo se explota la pobreza para ganar vistas (y por qué lo normalizamos)
Hay algo que tengo que decir claro. En la región donde vivo existe una práctica que antes me daba risa y ahora me cae como un golpe: alguien llega a pueblos vulnerables, graba, ridiculiza y se larga con dinero y fama. No está «haciendo contenido». Está explotando a comunidades que no tienen cómo defenderse, ni legal ni mediáticamente. Va a los lugares más pobres, los expone, los convierte en espectáculo. Eso no es entretenimiento: es violencia simbólica.
Y lo peor no es el creador. Lo peor es la estructura que lo permite. Esas personas no tienen abogados, no tienen cámara, no tienen voz. Son víctimas, así de simple. Duele ver cómo la desigualdad es tan profunda que alguien puede llegar, humillar y largarse, mientras ellos quedan marcados.
¿Y por qué lo normalizamos? Porque la risa es fácil. Porque mientras nos reímos, no pensamos en el daño. Porque el algoritmo premia lo que más clic genera, sin preguntar a quién lastima. Porque nos acostumbramos a ver la pobreza como escenario y no como vida. Y así, sin darnos cuenta, nos volvemos parte del público que aplaude mientras alguien más es humillado por unos pesos.
Pero aquí no nos quedamos en la denuncia. Señalar al que hace la broma es la orilla; el mar está en otro lado. La pregunta real es: ¿cómo hacemos para que la próxima vez no puedan llegar? ¿Cómo construimos una comunidad que no sea espectáculo, sino sujeto? Eso no se resuelve con un video viral. Se resuelve enseñando, compartiendo herramientas, dando voz a quien no la tiene. La dignidad no se compra ni se graba. Se construye. Paso a paso, entre todas.

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