Julieta Venegas, una canción sobre una niña futbolista y la tormenta de quienes ya no escuchan arte, solo etiquetas. La polémica no es la música, somos nosotros. #LaNiñaFutbolista #JulietaVenegas #PletoraMusic

La niña futbolista: el arte ya no se escucha, ahora se juzga por ideología

La niña futbolista: Julieta Venegas y la tormenta digital que dice más de nosotros que de su canción

Resulta que ahora para cantarle al fútbol hay que pasar primero un examen ideológico. Así de ridículo es el mundo en que vivimos. Julieta Venegas, una de las artistas mexicanas con más trayectoria, premios y dignidad, fue invitada por el gobierno de la CDMX a reinterpretar La niña futbolista, un tema de Ignacio Silva que lleva casi 30 años rodando. Grabó una versión hermosa en los Estudios Churubusco, con arreglos de Yamil Rezc y el coro del Conservatorio Nacional. Pero la música pasó a segundo plano. Lo que importaba era ver si la canción confirmaba las ideas del público. Y como no lo hizo, la lincharon en redes. El argumento: «no tiene que ver con el Mundial varonil», «es muy infantil», «feminista de más». O sea, el pecado no era la canción. Era quién la cantaba y lo que representaba.

La letra es simple: una niña quiere jugar fútbol, le dicen que mejor pasee a sus muñecas, sueña con entrar a la selección, sus compañeros le repiten que ese deporte no es para ella. Hasta que entra a la cancha y anota un gol. ¿Alguien puede explicar qué hay de ofensivo ahí? Solo una mente retorcida por la necesidad de etiquetarlo todo como «agenda» podría ver algo malo. Pero los guardianes de la pureza ideológica no escuchan, verifican. Y si el arte no coincide con su dogma, lo destruyen. La música, la letra, la interpretación, todo se vuelve secundario. Lo único que importa es si el artista milita en el bando correcto.

Venegas respondió con una calma que muchos no merecen. Dijo que su intención era inspirar a niñas, abrir espacios, desafiar estereotipos. Nada nuevo bajo el sol: eso mismo han hecho decenas de artistas durante décadas. Pero hoy, el artista ya no es un creador, es un espejo donde cada quien busca su propia postura política. Si coincides, aplaudes. Si no, atacas. Y la música deja de ser música para convertirse en un campo de batalla donde lo único que importa es tener la razón. ¿El resultado? Nos quedamos sin arte, sin belleza, sin esa cosa incómoda que nos saca de nuestra zona de confort.

Lo más hipócrita del asunto es que muchos de los que atacan a Venegas lo hacen desde un discurso «apolítico». «El arte no debe ser político», dicen. Pero esa neutralidad nunca ha existido. Los muralistas, el rock latino, el corrido, la poesía indígena, todo el arte mexicano ha sido posicionamiento, contexto, resistencia. Lo que molesta no es que el arte sea político. Lo que molesta es que sea político de una forma distinta a la que ellos quieren. Si la canción hubiera sido un himno machista al «fútbol de verdaderos hombres», seguro que no habría ni una sola crítica. Pero como es una niña la que sueña con jugar, entonces es «ideología».

Venegas es una artista de frontera. Ha vivido entre dos mundos, dos culturas, dos formas de sentir. Su música nunca ha sido complaciente; ha sido íntima, honesta, incómoda cuando debe serlo. Pero en esta época de linchamientos digitales, la complejidad se pierde. El público exige definiciones rápidas, posturas absolutas, discursos que no desafíen nada. Y la canción de una niña futbolista se vuelve más peligrosa que cualquier declaración de odio. Qué tiempos.

En Plétora Radio, nos negamos a participar en este juego. La canción de Julieta Venegas no es perfecta, pero tampoco pretendía serlo. Es un gesto simbólico, una invitación, un recordatorio de que la cancha también es de ellas. Si eso incomoda, el problema no está en la canción. Está en los oídos que escuchan sin querer oír. El arte no está para confirmarnos. Está para descolocarnos, abrirnos, incomodarnos, movernos. Y si dejamos de permitirle eso, lo que perderemos no será una canción, sino la posibilidad misma de imaginar un mundo donde las niñas puedan patear un balón sin pedir permiso.

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