La memoria corta y la narrativa larga: la izquierda no necesita solo proyecto político, necesita pedagogía (y urgencia)
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El discurso que sí, pero la sociedad que no
La Presidenta Claudia Sheinbaum ofreció hace unos días un discurso sólido, articulado y profundamente político en el Monumento a la Revolución. Un mensaje que buscó continuidad, soberanía y proyecto de nación. Pero el problema –y aquí está la herida abierta, la que duele de verdad– no es el discurso. El problema es la sociedad que lo escucha. Una sociedad que quiere ser guiada, pero no quiere aprender. Una sociedad que exige resultados, pero no exige información. Una sociedad que se emociona con el Mundial, pero ignora Gaza, Irán, la violencia en Ecuador, el ICE en E.U.A. Una sociedad que cree que «ya sabe» porque le alcanza con el trending topic, pero no recuerda ni lo que pasó la semana pasada. No es que la gente sea tonta: es que el sistema ha diseñado la desmemoria como un servicio público.

La derecha miente; la izquierda asume (y ahí está el error)
En las últimas semanas circuló en redes una reflexión que resume el momento político de América Latina con una precisión quirúrgica: la derecha miente y crea pánico social, amplificada por grandes medios y por una legión de bots que parecen ciudadanos reales. La izquierda, en cambio, asume que la gente tiene memoria, que la gente va a recordar lo bueno, que los datos hablarán solos. Pero no es así. La izquierda necesita un proyecto pedagógico, no solo un proyecto político. La gente sí tiene memoria, pero se cansa. Se cansa de la inacción frente a los medios hegemónicos. Se cansa de ver errores internos sin explicaciones claras. Se cansa de sentir que la narrativa pública siempre la gana el adversario. Y cuando la gente se siente desprotegida, busca refugio. La ultraderecha ofrece refugios simples para problemas complejos: un muro, una expulsión, una purga, un enemigo al que culpar. Es mentira, pero es fácil. Y lo fácil, en política, vence a lo cierto cuando lo cierto no se explica bien.
La 4T ha ganado elecciones, pero no ha ganado la conversación pública. Y en política, quien pierde la conversación, pierde el futuro. No es un slogan: es una ley de hierro. La derecha entendió algo que la izquierda sigue subestimando como si fuera un detalle menor: la narrativa no describe la realidad, la crea. Por eso la ultraderecha avanza en toda Latinoamérica. No porque tenga mejores propuestas, sino porque ofrece explicaciones fáciles, emociones fuertes y enemigos claros. No necesita ser coherente, solo necesita ser viral. Mientras tanto, la izquierda sigue creyendo que los datos hablan solos. Pero los datos no hablan: hay que narrarlos. Hay que bajarlos a la calle, a la conversación de la cocina, al grupo de la escuela, al chat de la familia. Y si no se hace, el terreno lo ocupa el otro.

El Mundial importa más que Gaza (y eso también es político, aunque duela)
No es que la gente sea “mala” o “frívola”. Es que la maquinaria cultural está diseñada para que el Mundial sea trending, Gaza sea ruido de fondo, la desigualdad sea paisaje, la violencia sea estadística inútil, y la soberanía sea un concepto abstracto que nadie puede explicar en dos frases. La atención pública es un recurso político. Y hoy está secuestrada por el entretenimiento, la inmediatez y el algoritmo. La izquierda, en lugar de disputar ese territorio, a menudo lo desprecia. “Es cultura light”, dice. “Eso no es política”. Pues sí, es política, y de la más efectiva. Porque quien controla lo que la gente mira, controla también lo que la gente ignora. Y si la izquierda no aprende a estar en el meme, en el tiktok, en la canción, en la serie, en la conversación del día a día, entonces la derecha seguirá ganando el terreno del sentido común sin necesidad de gobernar.
La 4T ha construido infraestructura, programas sociales, reformas históricas. Pero no ha construido –al menos no a escala suficiente– pedagogía política. La gente no defiende lo que no entiende. No valora lo que no reconoce. No recuerda lo que no se le explica con paciencia, con claridad, con repetición, con ejemplos de la vida real. La derecha no necesita educar: solo necesita asustar. La izquierda sí necesita educar, porque su proyecto es más complejo, porque no cabe en un eslogan de tres palabras, porque exige pensar en lugar de solo reaccionar. Y la complejidad, sin pedagogía, se vuelve invisible. Y lo invisible, en política, no existe.
Si queremos un país soberano, necesitamos una narrativa soberana. Una narrativa que explique, que acompañe, que forme, que dispute sentido todos los días, no solo en campaña. Una narrativa que no dé por hecho que “la gente ya sabe”. Una narrativa que no se rinda ante el algoritmo ni ante la cultura del meme facilista. Una narrativa que no abandone el terreno cultural porque le parezca “menor”. Porque sin narrativa, no hay memoria. Sin memoria, no hay proyecto. Y sin proyecto, no hay soberanía. La soberanía no es un papel que firma un presidente: es la capacidad de un pueblo de decidir su destino sin que se lo dicten desde fuera. Y para decidir, hay que entender. Y para entender, hay que haber aprendido.
La batalla que viene (y que ya empezó sin nosotros)
El discurso de Sheinbaum fue importante. Pero no basta. El gobierno puede gobernar, pero la sociedad debe comprender. Y comprender no es automático: es un proceso político, cultural y pedagógico. La ultraderecha avanza porque entendió que la batalla no es por el poder, sino por el sentido común. Y el sentido común no se decreta: se construye, gota a gota, meme a meme, conversación a conversación. Si la izquierda no disputa ese sentido común, lo perderá. Y con él, perderá la posibilidad de construir un país verdaderamente soberano. No por malos, sino por distraídos.
En Plétora no gobernamos. Pero habitamos. Y habitar es también narrar. Por eso hacemos radio, cine, textos como este, carpas en el barrio, comunidad. Porque la soberanía no empieza en el Palacio Nacional. Empieza en la conversación que nadie quiere tener. Y nosotros la tenemos. Sin algoritmo. Sin lástima. Con los pies en el barrio y el barrio en los pies. Puro Pueblo. Puro futuro. En la Bitácora de la casa, este texto es una Joya de la Corona: no para que estés de acuerdo, sino para que te rasques la cabeza y te preguntes si no has sido parte del problema. Porque sin pedagogía política, la soberanía es solo una palabra bonita en un discurso del 15 de septiembre.

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