La Marea abandona YouTube y demuestra que la responsabilidad no se negocia con el algoritmo
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Un medio cooperativo, sin ánimo de lucro, que lleva desde 2012 haciendo periodismo de investigación en abierto, acaba de tomar una decisión que en el mundo de los medios suena a herejía: abandonar YouTube. La Marea y Climática, ambos editados por la cooperativa MásPúblico, dijeron basta. La gota que derramó el vaso fue el fallo judicial que declaró a Meta y YouTube responsables por diseñar plataformas que generan adicción en menores. Pero la decisión no fue un arrebato. Fue la última pieza de un proceso que empezó en 2024 con la salida de X (Twitter), siguió en 2025 con el abandono de Meta (Facebook e Instagram) y se completó en febrero de 2026 con el fin de la difusión en Telegram.
Mientras la mayoría de los medios siguen atrapados en la lógica de “presencia en todas las plataformas”, La Marea eligió la incomodidad de la coherencia. Y lo hizo con una declaración que debería hacer reflexionar a cualquiera que aún crea que distribuir contenido en los feudos de Silicon Valley es un acto neutral: “No queremos fomentar el uso de esa plataforma después de esta noticia”. Traducción: no podemos denunciar los daños de las redes sociales mientras seguimos alimentando su maquinaria con nuestro trabajo.
La decisión no es menor. YouTube es, para muchos medios, el segundo buscador más importante del mundo. Es donde reposa el contenido audiovisual, donde se genera audiencia, donde el algoritmo todavía premia (con cuentagotas) el trabajo bien hecho. Salir de ahí es renunciar a una vitrina que ningún medio independiente puede permitirse perder sin un costo real. La Marea lo sabe. Y aún así lo hizo. Porque, como explican, “es nuestra responsabilidad con las lectoras y lectores”.

La ilusión de la presencia
Hay una trampa en la que caen casi todos los medios independientes: creen que estar en todas las plataformas es una forma de llegar a más gente. Y es cierto, hasta cierto punto. Lo que no suelen calcular es el precio de esa presencia. Porque cuando publicás en YouTube, no eres el dueño de tu audiencia. Eres un inquilino que paga con datos, con tiempo, con dependencia algorítmica. Y cuando la plataforma decide que tu contenido ya no le genera suficiente publicidad, desapareces sin previo aviso.
El camino que eligió La Marea es el inverso. En lugar de dispersarse en los feudos de otros, decidió concentrarse en lo que realmente controla: su página web, sus boletines, su comunidad de suscriptores. Es una apuesta por la densidad contra la dispersión. Por la relación directa contra la intermediación algorítmica. Por la sostenibilidad basada en suscriptores contra la volatilidad de la pauta publicitaria que las plataformas deciden cuándo y cómo entregar.
No es una decisión romántica. Es una decisión estratégica. Y duele. Porque implica renunciar a métricas fáciles —los “me gusta”, los comentarios, los números que suben y bajan— para apostar por algo mucho más difícil de construir: una comunidad que te siga adonde vayas, no adonde el algoritmo te lleve.
Cuando la coherencia te deja solo
El problema es que La Marea va a quedar sola en esta apuesta. La mayoría de los medios —incluso los que se autodenominan independientes— seguirán mendigando migajas en los feudos de Meta, Google y X. Seguirán publicando sus mejores investigaciones en plataformas que los desmonetizan cuando el tema es incómodo. Seguirán llenando sus perfiles de contenido mientras el algoritmo decide quién lo ve y quién no.
Y cuando algún gobierno decida cerrarles el grifo de la pauta oficial, cuando Meta decida que ya no les da alcance orgánico, cuando YouTube les baje un video por “violación de normas comunitarias” que nadie termina de entender, recién ahí empezarán a preguntarse por qué no construyeron antes su propia infraestructura de distribución. La Marea ya empezó a hacerse esa pregunta hace dos años. Y está actuando en consecuencia.
Lo que eligió este medio cooperativo no es el camino fácil. Es el camino incómodo, el que implica explicarle a la audiencia por qué ya no van a encontrarte en YouTube, por qué tienes que suscribirte al boletín si quieres seguir leyéndolos, por qué la relación directa es más valiosa que el alcance efímero de un algoritmo que mañana puede cambiar. Es un trabajo de hormiga. Y en un ecosistema que premia la inmediatez y castiga la paciencia, es una apuesta contracultural.
La pregunta que nadie quiere responder
En Plétora Network, donde llevamos años discutiendo la necesidad de construir infraestructura propia para el periodismo independiente, la decisión de La Marea resuena como un eco de lo que venimos diciendo: la soberanía no es un lujo, es una condición de supervivencia. Porque si dependes de las plataformas para distribuir tu contenido, estás a merced de sus reglas. Y sus reglas no están hechas para que el periodismo crítico prospere.
La pregunta que La Marea responde con hechos es la que muchos medios independientes todavía esquivan: ¿estás dispuesto a perder alcance para ganar autonomía? ¿Estás dispuesto a renunciar a las métricas fáciles de YouTube para construir una relación directa con tus lectores? ¿Estás dispuesto a hacer el trabajo aburrido de convencer a tu audiencia de que se suscriba a un boletín en lugar de darle un like?
La mayoría no lo está. Porque el alcance fácil genera dopamina inmediata. Porque ver los números subir en YouTube te hace sentir que estás llegando. Porque salir de ahí implica un trabajo de pedagogía que los medios independientes, ya sobrecargados, no siempre pueden asumir. Pero La Marea lo está haciendo. Y lo hace con una claridad que merece ser subrayada: “Si lo que ofrecemos, como cooperativa, es información, es vital repensar los canales en que la distribuimos porque nuestra elección no solo nos afecta a nosotras como equipo sino a las lectoras y lectores”.
El precedente que nadie quiere ver
Lo que La Marea está construyendo no es solo un modelo de distribución alternativo. Es un precedente. Es la demostración de que otro tipo de relación con la audiencia es posible. Una relación que no pasa por los intermediarios algorítmicos de Silicon Valley, que no depende de que Mark Zuckerberg decida si tu contenido merece ser visto, que no te obliga a competir con videos de gatitos para que tu investigación sobre corrupción llegue a quien le interesa.
Su apuesta por Mastodon, por los boletines, por la suscripción directa, es una apuesta por desintermediar la comunicación. Es entender que la relación entre un medio y sus lectores no debería estar mediada por un algoritmo que prioriza el engagement sobre la relevancia. Es construir comunidad, no audiencia. Y la diferencia entre una cosa y la otra es abismal: la audiencia se compra con clics y se pierde con un cambio de algoritmo; la comunidad se construye con confianza y se mantiene con coherencia.
El fallo judicial que condenó a Meta y YouTube por generar adicción no fue el detonante de esta decisión, pero sí su confirmación. Porque cuando un juez dice que las plataformas diseñaron sus productos para enganchar menores, la pregunta para un medio que las usa para distribuir información ya no es técnica, es ética. Y La Marea respondió con una decisión que muchos considerarán ingenua, pero que en realidad es la única consecuente: no podemos denunciar los daños de un sistema mientras le entregamos nuestro trabajo para que lo procese.
La lección que duele
La decisión de La Marea debería incomodar a cualquiera que trabaje en comunicación independiente. No porque sea la única respuesta posible, sino porque expone una verdad que preferimos ignorar: estamos atrapados en una relación de dependencia con las plataformas que nos contradice. Denunciamos la censura algorítmica pero seguimos publicando en las plataformas que la aplican. Criticamos la extracción de datos pero usamos sus herramientas de analítica. Hablamos de soberanía digital pero nuestro contenido reposa en servidores de Amazon y Google.
Salir de esa contradicción no es fácil. Implica pérdidas inmediatas. Implica renunciar a audiencia. Implica explicar una y otra vez por qué ya no estás donde antes estabas. Pero también implica dejar de ser cómplice de un sistema que te usa tanto como vos lo usás a él. Y en un ecosistema mediático cada vez más concentrado, cada vez más hostil al periodismo crítico, cada vez más dominado por intereses que no son los del derecho a la información, esa coherencia empieza a ser no solo un acto de principios, sino una estrategia de supervivencia.
La Marea eligió la incomodidad. Eligió explicar, comunicar, construir comunidad desde otro lugar. Eligió apostar por la densidad contra la dispersión, por la relación directa contra la intermediación algorítmica, por la suscripción contra el clic. Es una apuesta que puede salir mal. Pero también es la única que tiene sentido si lo que se busca no es solo distribuir contenido, sino sostener un proyecto de comunicación con vocación de servicio público.
En Plétora Network, donde sabemos que la infraestructura es política y que la distribución no es neutral, la decisión de La Marea no es una anécdota. Es un mapa. Una hoja de ruta para quienes entienden que el periodismo independiente del siglo XXI no puede seguir siendo huésped en la casa del enemigo. Porque la casa del enemigo, algún día, te echa. Y si no construiste la tuya, te quedás afuera.