EL INTERCAMBIO – FANTASMAS: CUANDO LA HISTORIA SE NIEGA A CALLAR

FANTASMAS: LA ENERGÍA SOCIAL QUE EL PODER NO QUIERE VER, PERO QUE INSISTE EN HABITAR CADA GRIETA DEL PRESENTE

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Hay una idea que el pensamiento occidental ha intentado enterrar bajo capas de racionalismo: la de que los muertos realmente no se van. Que algo de ellos queda, no como alma errante, sino como insistencia. Como una energía que no encuentra reposo porque el reposo no le ha sido concedido.

Y en México, esa idea no es una superstición folclórica. Es una constatación. Es la evidencia de que la historia no se archiva con la misma facilidad con la que el poder quisiera archivarla.

Porque los fantasmas, en el sentido más profundo del término, no son apariciones. Son interrupciones. Son lo que se cuela en el presente cuando el pasado no ha sido procesado. Son el retorno de lo que el discurso oficial ha intentado sellar como «asunto cerrado». El fantasma es, en esencia, una insolencia: la insolencia de una memoria que se niega a obedecer el calendario del olvido.

«Los fantasmas no son una anomalía. Son una forma de insistencia. Una memoria que se niega a obedecer el calendario. En contextos donde la historia ha sido mutilada, donde la violencia se normaliza y el duelo se posterga, los fantasmas aparecen como síntoma colectivo.»

Eso es lo que el poder no entiende. Porque el poder opera bajo la lógica del cierre. La sentencia, el expediente, el comunicado oficial que dice «esto ya pasó, ya fue resuelto, ya podemos seguir adelante». Pero la historia no se cierra con un expediente. La historia se cierra con justicia, y cuando la justicia no llega, la historia sigue abierta, latente, reclamando.

El fantasma como categoría política

Aquí hay que ser precisos: no estamos hablando de aparecidos en el sentido tradicional. No se trata de sombras que recorren pasillos ni de puertas que se abren solas. Se trata de una categoría política que designa todo aquello que el orden establecido no puede asimilar.

Las fosas clandestinas, las desapariciones forzadas, los feminicidios que no se investigan, los territorios despojados: todo eso genera fantasmas. No en el sentido metafórico, sino en el más concreto: hay una energía social que no encuentra cauce, que no se resuelve en los tribunales, que no se transforma en políticas públicas, que no se honra en los memoriales oficiales. Y esa energía, como la física lo enseña, no se destruye: se transforma.

Se transforma en marchas que no se detienen. En pañuelos verdes que se multiplican. En consignas que se vuelven himnos. En madres que buscan sin descanso. En hijos que crecen con la ausencia como único legado. Esos son los fantasmas de la historia mexicana. No están en los cementerios; están en las calles, en las redes, en las canciones que el Estado intenta regular y en los cuerpos que se niegan a olvidar.

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La violencia de no escuchar

Hay una violencia específica en negar la existencia de los fantasmas. No es la violencia del fantasma en sí, sino la violencia de quien dice: «eso no existe, es imaginación tuya, es superstición, es folclor».

Esa negación no es neutral. Es una forma de decir: «tu experiencia no cuenta, tu dolor no es válido, tu memoria no merece ser honrada». Es la violencia epistémica del poder que decide qué es real y qué es imaginario, qué merece ser escuchado y qué debe ser silenciado.

Y sin embargo, los fantasmas insisten. Porque el tejido social está hecho de presencias y ausencias que no siempre se corresponden con los registros oficiales. Hay muertes que el acta de defunción no alcanza a cubrir. Hay pérdidas que el certificado no certifica. Y esas pérdidas, esas muertes que no fueron lloradas ni reconocidas, se convierten en la materia de la que están hechos los espectros.

Una forma de justicia

Escuchar a los fantasmas no es un acto de credulidad. Es un acto de responsabilidad histórica. Es reconocer que la justicia no se agota en los procedimientos legales, sino que requiere también un trabajo simbólico: nombrar lo que fue silenciado, dar lugar a lo que fue desterrado, hacer espacio para lo que no tuvo espacio.

Las culturas que han sabido convivir con sus muertos no son culturas «atrasadas». Son culturas que han entendido que los muertos no se van del todo, que su presencia es parte del contrato social que vincula a las generaciones. El Día de Muertos, en ese sentido, no es una celebración folclórica: es un mecanismo de gestión del duelo, una forma de mantener viva la memoria colectiva y de recordar que los lazos no se rompen con la muerte.

En una sociedad donde el duelo ha sido sistemáticamente postergado —porque el duelo postergado es más manejable políticamente que la exigencia de justicia— los fantasmas son el recordatorio incómodo de que hay cuentas pendientes. Y esas cuentas, tarde o temprano, se cobran.

Un diálogo con lo que nos habita

En El Intercambio de Plétora Radio, el abordaje no es neutral. No se trata de tomar partido por lo espectral contra lo racional. Se trata de reconocer que la realidad es más compleja que las categorías que nos han dado para pensarla. Se trata de escuchar lo que el ruido oficial ha tapado. Se trata de abrir el oído a las frecuencias que el poder ha sintonizado fuera.

Porque los fantasmas, al final, no son otra cosa que eso: frecuencias que no hemos aprendido a escuchar. Voces que no hemos aprendido a nombrar. Memorias que no hemos aprendido a honrar. Y mientras no lo hagamos, ellos seguirán ahí, en los bordes de nuestra percepción, recordándonos que la historia no se archiva: se resuelve. Y que resolver la historia no es olvidarla, sino hacer justicia con ella.


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