Death Becomes Her: Belleza, Muerte y la Fábrica del Cuerpo Perfecto

Death Becomes Her y la trampa de la eterna juventud: cómo Hollywood convirtió la vejez en pecado y la inmortalidad en negocio.

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En 1992, Robert Zemeckis entregó una película que la crítica de su tiempo leyó como comedia negra y que el público tardó en comprender. Death Becomes Her fue subestimada en taquilla, pero con los años se convirtió en un objeto de culto. La historia de dos mujeres que beben una poción de inmortalidad y quedan atrapadas en cuerpos que se descomponen sin morir fue celebrada por sus efectos especiales —ganó el Óscar— y por su humor ácido. Pero bajo la superficie de comedia grotesca, la película es una disección brutal de una industria que convierte el envejecimiento en un pecado y la juventud en una mercancía. El problema es que esa disección fue producida por el mismo sistema que la hace posible. Meryl Streep y Goldie Hawn, dos iconos de Hollywood, interpretan a mujeres obsesionadas con mantenerse jóvenes. La ironía es tan gruesa como el maquillaje que cubre sus rostros en la pantalla.

El pacto faústico que Lisle —interpretada por Isabella Rossellini— ofrece no es una metáfora sutil; es una transacción comercial. La inmortalidad tiene un precio, y ese precio es la pérdida de la capacidad de cambiar. Las protagonistas no compran solo la eterna juventud; compran la eterna repetición. Quedan congeladas en el momento en que bebieron la poción, condenadas a reparar sus cuerpos como se repara un automóvil. La película sugiere que la obsesión por la belleza es una forma de muerte en vida, pero no cuestiona las estructuras que producen esa obsesión. No hay una crítica a la industria cosmética, a la presión social, a la economía de la apariencia. Solo hay un pacto individual con un precio individual. La solución que la película ofrece —la aceptación de la mortalidad, representada por Ernest, el personaje de Bruce Willis— es una solución privada para un problema colectivo.

La actuación de Meryl Streep y Goldie Hawn es uno de los mayores logros de la película y, al mismo tiempo, su mayor contradicción. Ambas actrices son parte del star system que la película critica. Han construido sus carreras en una industria que exige a las mujeres mantenerse jóvenes y atractivas, y en Death Becomes Her interpretan a personajes que llevan esa exigencia al extremo. La película las utiliza como íconos para criticar el culto a la belleza, pero no cuestiona el hecho de que ellas mismas son producto de ese culto. Es una ironía de múltiples capas que la película nunca resuelve. Se ríe de la vanidad mientras se beneficia de ella. Y esa contradicción, lejos de ser un defecto, es el núcleo de lo que la película revela sobre la economía de la imagen en Hollywood.

El vínculo entre Madeline y Helen es otro de los elementos que la película maneja con inteligencia. Lo que comienza como una rivalidad profesional se convierte en una codependencia eterna. Ambas están condenadas a estar juntas no por amor ni amistad, sino por una necesidad mutua patológica. La película sugiere que la competencia femenina, cuando se internaliza, se convierte en una prisión. Pero esa prisión no es el resultado de una elección libre; es el resultado de un sistema que enseña a las mujeres que su valor depende de su apariencia y que su apariencia solo tiene valor si es mejor que la de las demás. La película no explora las raíces de esa competencia; la utiliza como motor cómico. Y esa utilización, aunque efectiva, también es una forma de evasión.

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El personaje de Ernest es el único que escapa. Bruce Willis, en un papel inusualmente contenido, interpreta a un hombre que no busca la inmortalidad, no quiere la eterna juventud, y elige desaparecer. Su historia es la más humana: es quien decide envejecer con dignidad, aunque eso signifique morir. En un giro melancólico, Ernest es el único personaje que realmente vive. Pero su elección también es individual. No propone una alternativa colectiva; simplemente se retira del juego. La película sugiere que la única salida es la aceptación personal de la finitud, no la transformación de las condiciones que hacen de la vejez un estigma. Es una solución que consuela al espectador, pero no cambia nada.

El legado de Death Becomes Her es, por lo tanto, ambiguo. La película ha sido reivindicada por nuevos públicos que la leen como una crítica queer, una fábula feminista o una sátira transhumanista. Esa multiplicidad de interpretaciones es una muestra de su riqueza narrativa, pero también de su ambigüedad. La película no toma una posición clara sobre los temas que aborda; los utiliza como material para el espectáculo. El resultado es una obra que incomoda, pero que no transforma. Se ríe de la obsesión con la belleza mientras la convierte en un atractivo comercial. Denuncia la vanidad mientras la exhibe en primer plano. Y esa contradicción, como todas las contradicciones del capitalismo, es más fácil de consumir que de resolver.

En Plétora TV, Death Becomes Her no se exhibe como una joya olvidada del cine de culto; se presenta como un artefacto de la economía de la apariencia. La película es un recordatorio de que la crítica al sistema, cuando se convierte en producto, siempre corre el riesgo de ser domesticada. Madeline y Helen se niegan a morir, pero la película que las contiene sí murió: fue absorbida por el mismo sistema que denunciaba. Y su cadáver, como el de ellas, sigue siendo exhibido como un espectáculo.


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