Babe y la ilusión de la comunidad: cómo un cerdito enseñó a una generación que la bondad solo es válida cuando sirve al sistema.
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En 1995, mientras el mundo aplaudía el triunfo del CGI en Toy Story, una película australiana con cerdos de verdad y ovejas parlantes se coló en la conversación cultural global. Babe no solo fue un éxito de taquilla —254 millones de dólares en todo el mundo— sino que logró algo más insidioso: hacer que una generación entera creyera que la empatía puede derribar jerarquías sin cuestionar la estructura que las sostiene. La historia del cerdito que se niega a ser comida y se convierte en pastor es, en apariencia, una fábula sobre el poder del respeto y la cooperación. Pero examinada con ojos fríos, es un manual de domesticación: la única manera de escapar del matadero es volverse útil para el sistema que te iba a matar.
La granja de Arthur Hoggett es una sociedad en miniatura con roles fijos, y esos roles no son accidentales. Los perros pastorean, las ovejas obedecen y los cerdos engordan para convertirse en alimento. Es una división del trabajo tan rígida como cualquier estructura de clase, y se mantiene no por la fuerza bruta, sino porque todos los animales han internalizado su lugar en la cadena. Rex, el perro pastor, no defiende el orden por maldad; lo defiende porque es lo único que conoce. Su resistencia a que Babe pastoree no es un capricho; es la defensa instintiva de un privilegio que cree natural. Y aquí es donde la película se vuelve incómoda para cualquier análisis materialista: la jerarquía no se derrumba; solo se reacomoda. Babe no libera a las ovejas; las pastorea mejor.
El método de Babe —pedir «por favor», tratar a las ovejas con respeto, establecer un diálogo— es presentado como una alternativa ética al ladrido y al mordisco. Y funciona. Pero ¿qué significa eso realmente? Significa que la cooperación voluntaria es más eficiente que la coerción cuando se trata de mantener el orden productivo. Las ovejas no son liberadas; son guiadas a donde el granjero necesita que estén. El cambio no está en la estructura, sino en la técnica. Babe no cuestiona la propiedad de la granja, ni el destino final de los cerdos que no pastorean, ni la razón por la que las ovejas deben ser pastoreadas en primer lugar. La película celebra la empatía como una herramienta de gestión, no como una fuerza de transformación radical.
Desde una perspectiva histórica, Babe llegó en un momento en que el neoliberalismo comenzaba a consolidar su hegemonía. El discurso de la «responsabilidad individual» y la «empleabilidad» se estaba instalando en el imaginario colectivo. Babe, en ese contexto, es el trabajador precario perfecto: no nació para su puesto, no tiene las credenciales tradicionales, pero su esfuerzo y su actitud positiva le permiten ascender. La película no muestra una revuelta contra el sistema de la granja; muestra a un outsider que, mediante su mérito, logra integrarse. Es una meritocracia con pezuñas. Y si Babe merece vivir, es porque es útil. Los cerdos que no hablan, que no pastorean, que no piden «por favor», siguen siendo alimento. Ese es el subtexto que la ternura de la película oculta.
La producción de Babe también merece un análisis materialista. La película utilizó 970 animales, incluyendo 48 lechones —porque los cerdos crecen rápido y no podían usar al mismo individuo durante todo el rodaje— y 550 ovejas. Combinó animales reales con animatronics de Jim Henson y efectos visuales de Rhythm & Hues. El resultado fue un realismo que asombró a la crítica y le valió un Óscar a Mejores Efectos Visuales. Pero este realismo no era inocente: convertía a los animales en actores, en mercancías performáticas, en objetos de entretenimiento que, fuera de cámara, seguían siendo animales de granja. La película promovía la compasión hacia los animales mientras los utilizaba como herramientas narrativas. La ironía es tan gruesa como un cerdo de navidad. Y el actor James Cromwell, quien interpretó al granjero, se volvió vegano durante el rodaje, lo que podría leerse como un acto de coherencia personal o como la prueba de que incluso quienes participan en el sistema pueden sentirse incómodos con sus contradicciones.
El legado de Babe es, por lo tanto, ambiguo. Por un lado, ha inspirado a generaciones a pensar en el trato ético a los animales y ha sido citado como una influencia en el movimiento vegetariano. Por otro lado, su mensaje central —»sé útil y serás aceptado»— es profundamente conservador. En Plétora TV, no descartamos la película como un producto vacío; la reconocemos como un artefacto cultural que revela las tensiones de su época. La pregunta que nos deja no es si la empatía puede cambiar el mundo, sino si la empatía es suficiente cuando el mundo sigue siendo el mismo. Babe no derribó la granja; aprendió a navegarla. Y eso, para una audiencia infantil, puede ser un consuelo. Pero para quienes miramos con ojos críticos, es un recordatorio de que la bondad, cuando no va acompañada de cuestionamiento estructural, es solo un mecanismo de adaptación.
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