Quiero pensar que no conozco todo México. Y qué bueno. Porque si esto fuera la regla, estamos perdidos.
Últimamente le doy vueltas a la institución social primaria: la familia. ¿De qué nos sirve si está dividida?
¿Qué ganamos formando parte de una familia que no nos quiere ni nos apoya por equis razón? Porque no nos portamos como ellos querían. Porque no tomamos las decisiones que esperaban. Como si realmente nos conocieran o se interesaran por nuestras necesidades. No. Nos conocen como el nieto de, la sobrina de, la hija de. Ésas son etiquetas, no individuos.
Y me pregunto de dónde viene esto. ¿Del individualismo que trajo el capitalismo? ¿De la invasión española y la doctrina evangélica? ¿De más de 500 años de colonización, de España, de Estados Unidos, de quien sea? ¿De las telenovelas de Televisa y su drama barato? ¿O ya es puro gusto nuestro, puro vicio heredado?
Quiero pensar que no conozco todo México. Y qué bueno. Porque si lo conociera todo y esto fuera la regla, diría que estamos perdidos en el tejido social. Que la envidia, el deseo de control y la desunión suelen ganarle al amor fraternal, humano, familiar, al sentido de supervivencia y la filosofía compartida con los consanguíneos o con la familia política.
Y no quiero creer eso.
Deseo equivocarme en muchas cosas. Una de ellas es esta: que no podamos alcanzar la plenitud como país, como estado, como comunidad, porque ni siquiera logramos alcanzarla a nivel familiar.
Y la familia es el núcleo. Si ahí falla, ¿qué queda?
Ojalá me equivoque.

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