Mpox Clado I: cómo los medios fabricaron un apocalipsis que nunca llegó
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Hace más de un año, el Clado I del virus mpox fue presentado como la antesala de un nuevo fin del mundo. Titulares alarmistas, mapas con zonas en rojo, noticiarios dramatizados anticipando confinamientos y vuelos cancelados. La OMS declaró emergencia internacional, sí, pero el modo en que los medios decidieron amplificar esa alarma fue otro virus: el del pánico. Y como todo virus mediático, se expandió más rápido que cualquier dato verificado.
El problema no fue la información. Fue la dramaturgia. Porque el Clado I no era nuevo. Era una variante conocida, endémica en África Central, con presencia en zonas específicas como la República Democrática del Congo, Burundi y Uganda. Lo que cambió no fue el virus, sino el foco. Por unos meses, el miedo se volvió contenido, y el contenido se volvió moneda. No se hablaba de cómo prevenir; se hablaba de cuán grave podría ser. La distancia entre el verbo y el hecho fue la brecha que ocupó el sensacionalismo.
Y en esa brecha, nosotros. Como audiencia. Como lectores. Como gente que abre el celular en la mañana y se encuentra con que el mundo se acaba otra vez. Porque el apocalipsis vende. La calma no. La prevención no. Los brotes que llevan años ocurriendo en África Central no. Esos no son noticia. Son paisaje. Son el ruido de fondo que Occidente aprendió a ignorar hasta que el virus amenaza con cruzar una frontera que sí le importa.
Lo más irónico es que mientras los medios hablaban del “nuevo peligro viral”, el verdadero trabajo de contención sucedía en silencio, lejos de las cámaras. Campañas de vacunación, medidas sanitarias, esfuerzos locales de prevención. Las mismas comunidades que han lidiado con brotes por años, sin prensa ni pánico, fueron las que evitaron que este titular se convirtiera en realidad. Ellas hicieron el trabajo. Nosotros vimos el show.
En Plétora Studio, dentro del espacio de Y qué tal si…, hemos hablado de esto desde otro ángulo: la información sin contexto puede ser tan peligrosa como la ignorancia. Y el Clado I es un caso de estudio perfecto. Porque no se trata de minimizar riesgos —la variante tiene mayor letalidad que el Clado II, y eso es serio—, sino de enmarcarlos correctamente. ¿Por qué los medios solo hablaron de esta crisis cuando hubo posibilidad de que “llegara a Europa”? ¿Por qué no se cubren con el mismo dramatismo los brotes que llevan años ocurriendo en el continente africano?
La respuesta es incómoda pero simple: porque el miedo tiene geografía. Y el apocalipsis, al parecer, solo es apocalipsis si toca la puerta de los países que pueden pagar suscripciones. Mientras tanto, las comunidades que han convivido con el virus durante décadas siguen esperando que alguien voltee a verlas sin necesidad de un titular catastrófico.
No estoy diciendo que no te preocupes. Claro que preocupate. Pero después de la preocupación, viene la pregunta: ¿qué haces con eso? Porque el poder no teme a la indignación momentánea. Teme a la conciencia sostenida. Teme a la gente que deja de reaccionar y empieza a preguntar. Teme a quienes entienden que el show no es la realidad, sino la forma en que la realidad nos es presentada para que dejemos de mirar lo que importa.
El apocalipsis no ocurrió. Pero el ensayo general nos mostró cuánto poder tienen las narrativas cuando se usan sin responsabilidad. Y también nos mostró algo más: que el verdadero acto de resistencia, en tiempos de infoxicación, es leer críticamente. No confundir titulares con datos. No dejar que el miedo te dicte lo que piensas. Porque cuando el pánico se vuelve entretenimiento, la información se vuelve ruido. Y el ruido, ya lo sabemos, nunca ha salvado a nadie.
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