Luditas: cuando 77.000 millones de dólares no compran un futuro que nadie pidió
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Mark Zuckerberg quería vendernos un mundo. No uno cualquiera, sino el siguiente capítulo de la existencia humana: el metaverso. Una mezcla de oficina virtual, reuniones con avatares sin piernas y una promesa tan abstracta que hasta los empleados de Meta tardaron meses en entender qué demonios tenían que construir. La estrategia era clásica de Silicon Valley: anunciar el futuro con suficiente estruendo como para que nadie se atreva a decir que no funciona hasta que ya sea demasiado tarde. Funcionó con el iPhone. Funcionó con el cloud. Con el metaverso, no.
El Wall Street Journal ha ido poniendo cifras al entierro. Primero fueron 77.000 millones de dólares perdidos desde 2020. Para que eso no suene a número de PowerPoint, es el PIB anual de Uruguay. Luego llegaron los 1.500 despidos en la división encargada del proyecto. El mismo ejecutivo que nos dijo que el futuro era ponerse unas gafas en casa ahora tiene que explicar a los inversores por qué tardó tanto en darse cuenta de que nadie —literalmente nadie— quería una segunda vida laboral con más reuniones y menos oxígeno.
Lo curioso no es que el proyecto fracasara. Lo curioso es que tardara 77.000 millones en hacerlo. Zuckerberg se agarraba a esa frase mítica de Steve Jobs: “La gente no sabe lo que quiere hasta que se lo muestras”. Error de interpretación clásico. Jobs mostraba productos que resolvían problemas reales. El metaverso no resolvía nada. Era LinkedIn con gráficos de PlayStation 2 y la promesa implícita de que lo aceptarías porque sí, porque el futuro es así, porque no hay alternativa.
Pero sí la hay. Y ahí es donde entra el término que conviene rescatar.

Futuro de mentiritas
Los luditas originales no eran unos tecnófobos con martillos. Eran artesanos textiles ingleses que entre 1811 y 1816 rompieron telares mecánicos porque esos telares no llegaban en nombre del progreso abstracto, sino para destruir sus salarios, sus comunidades y su capacidad de negociación. No estaban contra las máquinas. Estaban contra quién ponía las máquinas, cómo y para quién. Libros como Sangre en las máquinas de Brian Merchant o Romper cosas en el trabajo de Gavin Mueller lo dejan claro: la resistencia ludita no era un error histórico, era un diagnóstico.
Hoy, el paralelismo es incómodo. Los mismos que nos vendieron el metaverso nos venden ahora la inteligencia artificial generativa como un tsunami inevitable. OpenAI pierde 7.800 millones en la primera mitad de 2025 y no espera beneficios hasta 2030. Eso no es una industria madura, es una apuesta financiera que se sostiene mientras los costes sociales y laborales los pague otro. Escritores cuyos libros entrenan modelos sin compensación. Ilustradores reemplazados por prompts mal escritos. Empleos que desaparecen con el argumento de que algo mejor vendrá después.
El problema no es que la IA sea inútil. Es que la utilidad real se ha convertido en secundaria frente a la necesidad de justificar la inversión. El metaverso fracasó porque los consumidores dijeron no. La IA no ha fracasado aún porque todavía está en fase de quema de caja con coartada futurista. Pero Google ya está viendo cómo sus resúmenes automáticos inventan respuestas, y las empresas descubren que el “asistente mágico” requiere supervisión humana pagada en negro.
El ludismo contemporáneo no es romper servidores. Es mirar cada “futuro inevitable” y preguntar: ¿para quién es inevitable? ¿Quién gana? ¿Quién pierde? Y sobre todo, ¿por qué tengo que aceptarlo sin haber votado?
En Plétora Network hemos visto cómo estos debates pasan de ser discusión de nicho a conversación central cuando la gente empieza a conectar puntos. Un metaverso que nadie usa, una IA que usa tu trabajo sin pagarte, una narrativa tecnológica que siempre termina con menos derechos y más suscripciones. No es conspiración. Es modelo de negocio.
No se trata de vivir en una cueva o negarse a usar un smartphone. Se trata de recordar que cada “esto va a pasar” necesita ser recibido con un “según quién lo decida”. El metaverso no murió porque la tecnología no estuviera lista. Murió porque la gente decidió que no quería ese futuro. Eso es más poder del que los gurús tecnológicos están dispuestos a admitir.
La próxima vez que te digan que la IA va a reemplazar tu trabajo y que solo te queda adaptarte, recordá que 77.000 millones de dólares no pueden comprar una necesidad que no existe. Los luditas no ganaron todas las batallas. Pero sí demostraron que el futuro no se entrega. Se disputa.