Tianguis Cultural del Chopo: de desalojos y golpizas a Patrimonio Cultural Inmaterial
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El 4 de octubre de 1980, nadie imaginaba que un pequeño experimento dentro del Museo Universitario del Chopo sobreviviría más de cuatro décadas. El Primer Tianguis de la Música, planeado para durar un mes, se convirtió en el epicentro de la contracultura mexicana. Hoy, 44 años después, el Tianguis Cultural del Chopo sigue instalándose cada sábado en la colonia Guerrero, con 200 puestos y hasta 10 mil visitantes. Pero el camino no fue fácil: desalojos, golpizas, intentos de apropiación y una lucha constante por no venderse al comercio tradicional.
La historia del Chopo es la historia de una resistencia territorial. Cuando el museo ya no pudo albergarlo, el tianguis salió a la calle Enrique González Martínez (antes calle Chopo), de donde tomó su nombre. En agosto de 1985, la delegación Cuauhtémoc lo desalojó. Comenzó entonces una etapa nómada: estacionamiento en San Rafael, Casco de Santo Tomás, Facultad de Arquitectura de la UNAM, Kiosco Morisco. Cada mudanza fue un despojo, pero también una oportunidad para reafirmar su identidad autogestiva.
El momento más violento llegó en 1986. Un grupo de delincuentes fue contratado para golpear y disolver el tianguis. ¿El motivo? Los tianguistas se negaron a negociar ilegalmente con la delegación Cuauhtémoc. No cedieron. Esa golpiza, lejos de destruirlos, fortaleció su cohesión interna. El Chopo aprendió que el sistema no perdona a quienes se organizan fuera de sus reglas. Y decidió organizarse mejor.
En 1987 encontró su ubicación definitiva: la calle Juan Aldama, entre Sol y Luna, a pasos del Metro Buenavista. Ahí ha resistido durante casi 40 años, aunque no sin amenazas. Comerciantes ajenos a la cultura rock han intentado apropiarse del espacio, rentando bodegas cercanas y vendiendo productos genéricos que nada tienen que ver con la vocación contracultural. El Chopo ha tenido que defender su esencia frente a quienes ven el tianguis como negocio, no como trinchera.




El Chopo nunca fue solo un mercado. Fue el lugar donde circularon grabaciones que solo existían en el extranjero, donde se encontraron punks con metaleros, darks con rastas, donde el trueque era moneda corriente y donde muchos músicos mexicanos vendieron sus primeros demos. Café Tacvba, Zoé, El Tri, Julieta Venegas, The Warning… todos pasaron por ahí. No como figuras consagradas, sino como jóvenes buscando espacio en una industria que los ignoraba.
El tianguis también fue campo de batalla simbólica entre tribus urbanas. A principios de los 2000, la llegada de la tribu emo generó reticencias e incluso trifulcas. Algunos grupos los consideraban «moda» y no «verdadera contracultura». Pero con el tiempo, el mensaje de paz y apertura ganó. El Chopo aprendió que la exclusión es la herramienta del poder, no de la resistencia. Y abrió sus puertas a todas las expresiones juveniles, sin importar etiquetas.
En septiembre de 2023, el gobierno de la Ciudad de México declaró al Tianguis Cultural del Chopo como Patrimonio Cultural Inmaterial. Un reconocimiento oficial que, aunque legítimo, también es contradictorio. Porque las mismas autoridades que hoy lo celebran fueron las que intentaron desalojarlo, criminalizarlo y controlarlo. El Chopo no necesita que el sistema lo valide. Necesita que no lo extinga. Y ese es el peligro real: la gentrificación cultural, la turistificación, la conversión de espacios rebeldes en souvenirs.
Hoy, el Chopo sigue en pie. Sábado tras sábado, jóvenes y no tan jóvenes llegan a buscar discos de vinil, playeras de bandas desconocidas, fanzines hechos a mano y un ambiente que no se encuentra en ningún centro comercial. En Plétora Network vemos en el Chopo un ejemplo de lo que significa construir cultura desde abajo, sin patrocinios, sin filtros, sin pedir permiso. Mientras otros espacios se venden al mejor postor, el Chopo sigue siendo lo que siempre fue: un desorden necesario, una mancha contracultural en el mapa aséptico de la Ciudad de México.