Tex Tex celebró cuatro décadas de música y memoria en un concierto que fue mucho más que una fiesta en La Maraka
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El rock ejidal volvió a encender la ciudad. No desde la nostalgia, sino desde la memoria viva de un barrio que nunca pidió permiso para existir. Tex Tex celebró 40 años de música, lucha y terquedad cultural en un concierto que reunió a generaciones enteras en La Maraka, un recinto que por una noche dejó de ser salón de baile para convertirse en territorio del pueblo.
La banda llegó sin poses, sin artificios, sin la maquinaria de la industria que siempre les dio la espalda. Llegaron como siempre: desde abajo, desde el mismo lugar donde empezaron, desde el barrio que les enseñó que la música no es un lujo, sino una herramienta de supervivencia.
El show duró más de tres horas, pero el tiempo no se sintió lineal. Fue una ceremonia colectiva donde se mezclaron los himnos del rock urbano, las historias de carretera, los recuerdos de Lalo Tex, la voz firme de Chucho Tex y la energía de un público que no vino a ver un espectáculo, sino a acompañar a su propia historia.
Mientras otros medios describieron el evento como un «homenaje» o «celebración», en Plétora lo vimos desde otro ángulo: fue un acto de resistencia cultural, un recordatorio de que el rock mexicano también se construye desde la periferia, desde los pueblos, desde los márgenes que la industria ignora.
No como un fantasma, sino como una fuerza que empuja. Cada canción cargaba su espíritu, su forma de cantar sin técnica pero con verdad, su manera de convertir la precariedad en estilo. Chucho Tex sostuvo el escenario con una mezcla de respeto y rebeldía. No imitó a Lalo. No lo reemplazó. Lo continuó. Y eso es más difícil que cualquier solo de guitarra.



El barrio pobre como identidad, no como destino
Tex Tex no celebra 40 años de carrera. Celebra 40 años de seguir siendo del barrio, sin traicionarlo, sin suavizarlo, sin convertirlo en mercancía.
La Maraka se llenó de obreros, estudiantes, familias, rockeros de los 80, jóvenes que descubrieron a Tex Tex en TikTok y gente que llegó desde Ixtenco solo para verlos. No hubo VIP. No hubo zona preferente. No hubo distancia entre escenario y público. Todo fue horizontal, como siempre ha sido en el rock ejidal.
El concierto no buscó perfección técnica. Buscó verdad. Y la encontró en guitarras rasposas, voces quebradas, coros multitudinarios, historias contadas entre canción y canción, y la energía de un público que no vino a consumir, sino a participar. Tex Tex demostró que el rock urbano no es un género: es una forma de vida.
Estuvimos presentes no para cubrir un evento, sino para documentar un capítulo más de la cultura que nace fuera del algoritmo. Porque Tex Tex no es solo una banda: es un archivo vivo de México, un testimonio de que la música puede salir del barrio y seguir siendo del barrio pobre sin pedir permiso.
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