Samurai Champloo: cuando el hip hop encontró el blade

Samurai Champloo y la fórmula que nadie pidió pero todos necesitábamos

Mira, hay cosas que simplemente pegan. El wasabi con el sashimi. Los aguacates con cualquier cosa. Y, según Shinichiro Watanabe, el hip hop underground de los 2000 con samuráis del período Edo.

Pues va y resulta que no solo pegaban, sino que tenían razón para hacerlo. Watanabe lo explicaba así: en la época feudal, a los samuráis «no les importaba lo que dijeran los demás, determinaban su destino con su propia espada». Eran «agresivos al expresarse». Básicamente, raperos con katanas.

El tipo venía de Cowboy Bebop (1998–1999), ese extraño unicornio espacial que mezclaba jazz, noir y caza recompensas. Y aunque esa serie fue un caos en su estreno en Japón (cortaron la mitad de los episodios), eventualmente se volvió ese clásico de culto que todos conocemos. Ese éxito le dio un pase libre: «Me dijeron que podía hacer lo que quisiera», recordaba Watanabe.

E hizo esto.

Watanabe no empezó dibujando. Empezó escuchando. Tenía en la cabeza a Tsutchie, productor con el que ya había trabajado en un episodio no emitido de Cowboy Bebop. Y luego estaba ese dueño de una tienda de discos en Shibuya, un tal Nujabes, cuyo sonido «melódico» (antes de que existiera el concepto «lo-fi») volvió loco al director.

Nujabes no era famoso todavía. Tenía su pequeño sello, su tienda, y una obsesión por samplear soul y jazz viejo de una forma que sonaba como un abrazo nostálgico. Watanabe lo fichó.

Luego vinieron Force of Nature, dúo que ya tenía en mente el soundtrack de Ghost Dog (otra conexión samurái-hip hop, por cierto). Y Fat Jon, un productor de Ohio que vivía en Alemania y que, cuando recibió la llamada, «casi lloró de felicidad». Era mega fan de Cowboy Bebop.

Cuatro productores. Un objetivo: que la música compitiera al 50% con la imagen. O incluso más. Watanabe lo tenía claro: «Normalmente la música apoya a lo visual. Yo quería que destacara, que a veces incluso sobresaliera demasiado«. Y aprendió a usar Pro Tools para meterse en la edición él mismo.

La tensión como método

Lo interesante de Samurai Champloo no es que la música «pegue» con lo que ves. Es que a veces no pega, y por eso funciona.

Coge la pelea del primer episodio, la del local de té. Mugen y Jin se enfrentan, el ritmo es frenético. Force of Nature pone Sneak Chamber, un breakbeat casi solo de percusión. Pero no está sincronizado al milímetro con los golpes. Hay un swing, un desfase. La música va por un lado, los sables por otro. Y en medio, tú.

O la pelea en el arroyo del episodio 10. Mugen forcejea en el agua, y Nujabes suelta 1st Samurai. Hay un sample de saxo lento, una flauta de los 60, y de repente una nota grave que se alarga más de 20 segundos mientras el rival cae. No es música de pelea épica. Es música de consecuencia. Suena a derrota, a melancolía, a «esto no va a acabar bien». Y por eso es inolvidable.

Luego está Fat Jon. Episodio 7. Un ladronzuelo huye por los tejados, acorralado. La escena pide acción, tensión, algo rápido. Y Fat Jon responde con *624 Part 2*: piano tranquilo, percusión mínima, un clima casi de café de madrugada. El chico salta, corre, grita, y la música se mantiene serena. Cuando la hoja se acerca, se vuelve más silenciosa. La escena no te dice «ten miedo». Te dice «esto es triste». Y duele más.

Aquí viene lo curioso: Samurai Champloo no funcionó en Japón. Watanabe lo admitió años después. La audiencia japonesa de entonces no conectaba el hip hop con la animación; eran mundos separados. Pero fuera del país, la serie explotó. Esa mezcla de Edo y beats, de samuráis y breakdance, de violencia y melancolía, se volvió adictiva.

Y Nujabes, que murió demasiado pronto en 2010, se convirtió en leyenda. Su Aruarian Dance, su Battlecry con Shing02, traspasaron la serie y poblaron millones de playlists de estudio, de madrugada, de nostalgia sin nombre.

Watanabe no intentaba conquistar América. Llenó la serie de referencias locales que sabía que los extranjeros no captarían. Pero lo que hizo fue más simple y más complejo: confió en que el choque entre dos mundos que amaba produciría algo nuevo. Y no solo lo produjo, sino que sonaba bien.

La lección (no educativa, conste) es que a veces lo que funciona no es la armonía, sino la fricción. Que poner un breakbeat sobre un duelo de katanas no es un capricho, es una declaración de intenciones. Y que cuando la música no se limita a ilustrar lo que ves, sino que compite, choca, y a veces gana, lo que queda no es una serie. Es un estado de ánimo.

Samurai Champloo cumplió 20 años (o está cerca). Y suena como el primer día.


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