La contradicción entre lo que exigimos como sociedad y lo que premiamos en casa
En medio de este camino me he dado cuenta de algo: lo contradictorios que somos. Por un lado, queremos una república, un país de primer mundo. Pero lo único que tiene sentido según el día a día es el dinero. Queremos grandes científicos, empresarios, ingenieros. Pero lo primero que te dicen al elegir un proyecto, una carrera o una profesión es: «¿y eso te dará dinero?».
Y me parece interesante que, cuando la prueba PISA 2026 mostró una caída histórica en el rendimiento escolar global, con descensos significativos en lectura y matemáticas según la OCDE, y México registró puntajes muy por debajo del promedio internacional, todos se cortaron las vestiduras y ladraron. Pero al mismo tiempo, al joven que desea estudiar matemáticas, ciencias o historia —materias que llevan tiempo de estudio, tiempo y esfuerzo—, lo primero que se le dice es: «¿eso te dejará dinero?».
Y esa idea me da mucha risa. Risa incómoda, de esas que salen cuando ves el absurdo completo. Queremos un país superinnovador, pero pateamos el impulso de nutrirnos. Queremos resultados de primer mundo, pero despreciamos el proceso que los hace posibles. Queremos científicos, pero no queremos pagar el tiempo que cuesta formarlos. Queremos pensadores, pero solo aplaudimos lo que da ganancia rápida.
Es la misma lógica de siempre: exigir los frutos sin cuidar la raíz. Y así no se construye nada. Ni un país, ni una comunidad, ni una vida. Porque el conocimiento no se mide solo en pesos. Se mide en capacidad de entender el mundo, de resolver problemas, de no dejarse engañar. Y eso, aunque no lo parezca, también es riqueza. La más difícil de arrebatar.

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