Oaxaca no se vende, se defiende. La gentrificación no es desarrollo, es despojo. La resistencia ya está en marcha. #OaxacaResiste #Gentrificación #PlétoraRadio

Nodos Libres: Oaxaca – el exotismo que renta y el pueblo que incomoda

Oaxaca, entre la postal turística y el despojo silencioso, la resistencia se niega a ser decorado

Derechos Reservados – pletnet.io

Hay ciudades que construyen su identidad con el tiempo. Oaxaca construyó la suya con barro, maíz, textiles y memoria. Esa identidad, la que la hizo atractiva para el mundo, es hoy la misma que la está vaciando. Porque cuando la autenticidad se vuelve mercancía, los únicos que ganan no son quienes la crearon, sino quienes la empaquetan.

El pasado 16 de julio, más de cien personas marcharon en la capital oaxaqueña bajo la consigna «Oaxaca es nuestra, por el derecho a la ciudad». No era un performance turístico. Era la respuesta a una realidad que entre 2010 y 2020 desplazó al 13 por ciento de los residentes del centro histórico. Mientras tanto, comprar una casa en esa zona cuesta hoy siete millones de pesos: más de 83 años del salario promedio en el estado. La cuenta es sencilla: quien puede pagar eso no vive de Oaxaca, vive de rentarla. Y quienes la rentan no tienen memoria del barrio, solo del rendimiento.

El término «gentrificación» suena técnico, pero es un proceso brutal: cuando el capital llega a un barrio popular, lo renueva, lo encarece y expulsa a quienes lo habitaron durante décadas. No es casualidad, es un mecanismo. En Oaxaca, este proceso se ha acelerado por tres factores: la promoción turística desmedida, la falta de regulación a plataformas como Airbnb, y la complicidad de un gobierno que ve en la «ciudad cultural» un negocio, no un derecho.

La crisis hídrica es un ejemplo perfecto de esta lógica. En varias zonas de la capital, el suministro de agua tarda hasta 90 días en llegar. Las familias pagan pipas de más de mil pesos mientras los turistas consumen cuatro veces más que un local. No es escasez natural, es decisión política. Como dijo Jorge A. Pérez Alfonso: «La crisis hídrica no es un fenómeno natural: es una decisión política de a quién se raciona y a quién se garantiza el abasto». Esa frase desmonta el mito de la fatalidad: no falta agua, se ha decidido quién la merece.

La narrativa inmobiliaria es impecable. Venden «autenticidad» y «conexión con la tierra» mientras convierten el adobe y el barro negro en decorado para departamentos de lujo. La Guelaguetza, el maíz, el arte callejero y la gráfica política son absorbidos, resignificados y devueltos como producto turístico. Es una colonización blanda, pero no menos efectiva que la de los siglos pasados.

El problema no es el turismo, sino un modelo de ciudad que el Estado se niega a regular. Cuando el gobierno no pone reglas, el mercado las pone por él. Y el mercado no tiene memoria ni lealtad, solo rentabilidad. Por eso colectivos como NODO Oaxaca y la Miscelánea Oaxaqueña de Acción Común lanzaron Oaxaca Ocupada, una revista que documenta la resistencia. No es un producto editorial, es un archivo de lo que el sistema prefiere ignorar.

La lucha que no es xenofobia

Los colectivos han sido claros: no es contra las personas extranjeras, es contra un modelo que convierte el suelo, la vivienda y la cultura en mercancía. Pero el gobierno, en lugar de regular, acusa de xenofobia. Es la táctica más vieja: deslegitimar la protesta para no enfrentar el problema. Las demandas son concretas: regulación estricta de plataformas como Airbnb, expropiación de viviendas acaparadas y reconocimiento de los derechos territoriales de comunidades indígenas y populares.

En abril, durante el Segundo Encuentro Nacional contra la Gentrificación, se denunció una estrategia sistemática de despojo que vincula a funcionarios públicos, empresas mineras y el crimen organizado. No son teorías; describen prácticas históricas que ahora usan la folklorización cultural como coartada. Como dijo un participante, y esa frase duele porque es cierta: «Les gusta nuestra cultura, pero no nosotros».

La paradoja es perfecta: Oaxaca es valiosa porque es auténtica, y esa autenticidad la está destruyendo. Lo cotidiano se vuelve experiencia, lo comunitario se vuelve viral, lo identitario se vuelve marca. La ciudad se ha convertido en un escenario donde los habitantes originarios son cada vez más un decorado. Y mientras el turismo crece, la infraestructura para los locales se deteriora.

Frente a esto, la organización social es la única defensa. Como dijo Hannia Fuentevilla, editora de Oaxaca Ocupada: «Hablar de gentrificación no es solamente hablar del aumento de rentas o del turismo; también implica hablar de desplazamiento y de la pérdida de espacios cotidianos que se vuelven inaccesibles para quienes siempre han habitado estos lugares». La resistencia no es nostalgia, es acción. Es la negativa a aceptar que la ciudad se venda por piezas.

Oaxaca no es un caso aislado. Es un síntoma de lo que ocurre en ciudades con identidad fuerte en todo el mundo: el capital financiero busca territorios con alma para comprarlos, vaciarlos y revenderlos como experiencia. Pero la identidad no se compra, se construye colectivamente. Y cuando esa identidad se mercantiliza, lo que se pierde no es solo el patrimonio material, sino la posibilidad de decidir sobre el futuro.

En Nodos Libres, no damos respuestas cerradas. Planteamos preguntas que el sistema prefiere que no nos hagamos: ¿Quién decide qué ciudad queremos? ¿Qué pasa cuando el desarrollo excluye a quienes la habitaron siempre? ¿Es posible un modelo turístico que no sea extractivista? La respuesta no está en los folletos ni en los discursos oficiales. Está en las calles, en las asambleas y en la organización de quienes se niegan a ser desplazados.

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