Mexicanidad: Cómo una Identidad Inventada nos Hizo Olvidar que el Imperio Oprimió y la Conquista fue una Guerra Civil
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Hay una escena que se repite en redes sociales, en sobremesas familiares, en discursos políticos. Alguien dice «los aztecas», otro corrige «mexicas», y el ambiente se tensa. No es una discusión académica. Es una pelea visceral, una histeria que brota de un lugar profundo. Janus se asoma a esa grieta para preguntar: ¿por qué nos duele tanto que nos corrijan el nombre de un pueblo que ya no existe?
No es por el nombre. Es por lo que el nombre representa: la ilusión de una identidad pura, homogénea, incontaminada. Una ilusión que nos permite sentirnos parte de un «nosotros» que nunca existió. La hispanidad —esa construcción ideológica que nos ha hecho sentir inferiores durante quinientos años— se sostiene precisamente en la negación de la complejidad. Si los mexicas eran bárbaros, los españoles eran civilizadores. Si los mexicas eran un bloque homogéneo y glorioso, la conquista fue una violación. Ambas narrativas sirven para controlar.
Los mexicas llegaron al Anáhuac como migrantes despreciados, se instalaron en el peor terreno disponible y construyeron un imperio sobre el trabajo colectivo. Pero cuando llegaron al poder, hicieron exactamente lo que habían sufrido: oprimieron a sus vecinos, exigieron tributo, convirtieron a los pueblos sometidos en proveedores de riqueza para el centro. Los chalcas, los tepanecas, los tlaxcaltecas no vieron a los mexicas como hermanos; los vieron como opresores. Por eso, cuando llegaron los españoles, los tlaxcaltecas se aliaron con ellos. No eran traidores. Eran pueblos oprimidos que vieron una oportunidad.
La caída de Tenochtitlan no fue una invasión extranjera. Fue una guerra civil. Y eso es exactamente lo que los discursos nacionalistas no pueden aceptar. Porque si la Conquista fue una guerra civil, entonces no hay un «nosotros» puro que fue violado por un «ellos» extranjero. Hay un mosaico de pueblos con intereses contradictorios, y el centro siempre ha extraído riqueza de las periferias. Esa es la verdad que duele.
El mito del imperio unificado es un refugio emocional, pero también una trampa. Mientras nos peleamos por el nombre correcto o por la grandeza de un imperio que ya no existe, el presente sigue siendo un campo de batalla donde los de abajo cargan el peso del sistema igual que los macehualtin cargaban el peso del imperio.
Amar a los mexicas no es negar sus contradicciones. Es entender que construyeron un imperio desde un basurero, que resistieron, que crearon. Pero también es entender que oprimieron a otros pueblos y que su caída fue una guerra civil. Eso no los vuelve menos valiosos. Los vuelve humanos. Y reconocer su humanidad —con sus luces y sus sombras— es la única forma de romper con la narrativa de la hispanidad que nos ha dicho que valemos poco.
Historiadores como Miguel León‑Portilla, en su Visión de los vencidos, recuperaron las voces indígenas para demostrar que la historia no pertenece únicamente a los vencedores. Camilla Townsend, en Fifth Sun, muestra que los mexicas no eran un bloque homogéneo sino un pueblo con alianzas cambiantes. Matthew Restall, en Seven Myths of the Spanish Conquest, desmonta la idea de que la Conquista fue una hazaña de unos pocos españoles y revela el papel decisivo de los aliados indígenas. Estos autores no son neutrales: sus trabajos han sido utilizados por la izquierda para cuestionar el relato nacionalista oficial, y han sido criticados por los sectores más conservadores de la historiografía mexicana.
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