La declaración de Sam Rose tras el bombardeo israelí a una instalación de la ONU en Gaza no es una metáfora literaria. Es un diagnóstico político.
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Cuando el director de UNRWA en Gaza afirma que el ataque es “como si un Estado estuviera incendiando la Carta de Naciones Unidas”, está señalando el síntoma terminal de un sistema que agoniza. En Plétora Network observamos cómo la retórica de la “legítima defensa” se estrella contra la imagen de cráteres humeantes en un complejo que ondea la bandera azul. El protocolo, las notas de protesta y las llamadas a la moderación conforman un guion repetido hasta el cansancio. Cada condena sin consecuencias es un acto más de esta farsa.
La impunidad no es un error en el sistema, es su característica estructural. Las consecuencias sobre el terreno son medidas en cifras brutales: 20,000 personas gravemente enfermas necesitan salir de Gaza para no morir. En los cuatro días tras una apertura teórica de la frontera de Rafah, solo 25 lograron hacerlo. Israel controla el cruce. La comunidad internacional juega a deplorar el fuego mientras provee el combustible y aplaude el “alto el fuego” sobre el papel. Mientras, la hambruna deja secuelas cognitivas irreversibles, los embarazos se complican y una generación entera queda marcada por el trauma.
El objetivo no es la sede, es el sistema
El ataque a UNRWA es metódico y va más allá de un edificio demolido. Es una estrategia de estrangulamiento: prohibición de entrada de alimentos durante la hambruna, veto a materiales para refugios y alcantarillado, y una campaña de criminalización basada en acusaciones que, según una investigación interna de la ONU, carecen de pruebas en la mayoría de los casos. La ofensiva, como advierte Rose, no termina en Gaza. Es un ataque directo al sistema multilateral. Cuando un Estado miembro puede incendiar y demoler una sede de la ONU con impunidad y hasta con complacencia de sus políticos, el mensaje es claro: las reglas han cambiado. O más bien, se han suspendido para algunos.
Las resoluciones del Consejo de Seguridad, vetadas o ignoradas, se convierten en papel mojado, anticipando el destino simbólico de la propia Carta. Lo vemos en el auge de una ayuda humanitaria militarizada y transaccional que reemplaza a las agencias neutrales. La elección que se impone a las organizaciones es perversa: prestan servicios y se callan, o dan testimonio de las atrocidades y enfrentan la expulsión. El sistema en su conjunto está en estado de shock, reemplazado por una diplomacia coercitiva donde la rendición de cuentas es una ficción lejana.
La narrativa que reduce el conflicto a un “asunto humanitario” es, en sí misma, parte del fracaso. Como señala Rose, es un error de diagnóstico que oculta la raíz: una cuestión de descolonización y derecho a la autodeterminación. La crisis humanitaria es la consecuencia, no el problema. Tratar solo la consecuencia permite perpetuar la causa. La Junta para Gaza impulsada por Trump, de la que la ONU queda excluida y donde las voces palestinas brillan por su ausencia, es la continuación lógica de este planteamiento. Un teatro donde se gestiona la miseria sin tocar la política que la genera.
La conclusión es incómoda pero inevitable. El ataque israelí a la sede de la ONU no es un incidente aislado; es la materialización de un desprecio por el orden basado en reglas. Cada bomba que cae sobre un refugio con bandera azul, cada veto a una lona de plástico, cada paciente que muere esperando un permiso de salida, es una página de la Carta que arde. El mundo observa cómo se quema el marco que juró proteger. Y algunos estados ni siquiera se molestan en fingir que intentan apagar el fuego.