IA se ha convertido en el nuevo juguete roto de una industria que nunca asume sus errores
Otros contenidos de interés
🚫 Plétora no tolera la discriminación
En Plétora Network no se permite ningún contenido que promueva discriminación, odio o violencia por motivos de género, raza, orientación, origen, creencias o identidad. La libertad sin respeto no es libertad.
Otra vez lo mismo. Cada vez que una empresa tecnológica lanza una actualización de algún sistema de inteligencia artificial, los titulares se llenan de apocalipsis. La última versión de no sé qué modelo (da igual, todos son lo mismo empaquetado con diferente moño) ha provocado que un grupo de expertos firme cartas abiertas diciendo que el mundo está en peligro. ¿En serio? Porque el mundo ya está bastante jodido sin necesidad de que una máquina aprenda a redactar mejor que un becario quemado.
Lo curioso del asunto es que estos mismos “expertos” llevan años cobrando subvenciones, apareciendo en congresos y asesorando a gobiernos mientras las tecnológicas hacían lo que les daba la gana. Ahora, cuando el juguete ha crecido más de lo que esperaban y puede sustituirles a ellos también, se llevan las manos a la cabeza. Matt Shumer, un programador con suficiente peso como para que su artículo ‘Algo grande está sucediendo’ se haya visto 80 millones de veces, lo explica claro: las empresas de IA están despidiendo a informáticos porque las herramientas ya se programan a sí mismas. O sea, los que construyen la máquina son los primeros en irse a la calle. El resto llegará después.
Y mientras tanto, en Wall Street han debido oler la sangre. Las acciones de empresas de software, videojuegos y consultorías se han desplomado como un castillo de naipes. Porque los inversores, que no son tontos, han entendido lo que los gurús tecnológicos llevan meses vendiendo como “progreso”: si una IA puede crear un videojuego con instrucciones de un niño o planificar tu declaración de impuestos, ¿Para qué carajos necesitas un equipo de treinta personas? Los bancos suizos ya lo han puesto en sus informes: logística, aseguradoras, servicios inmobiliarios… todo pinta mal. Pero ojo, ellos le llaman “validación del potencial de monetización”. Traducción: dinero, dinero y más dinero, aunque se lleve por delante a toda una clase trabajadora que creía estar a salvo.
Dario Amodei, el CEO de Anthropic, lo suelta sin anestesia: la mitad de todos los trabajos de cuello blanco del planeta desaparecerán en un plazo de uno a cinco años. Y ojo, porque este tío no es un cualquiera. Su empresa, la misma que dice entrenar a la IA con “principios éticos”, acaba de ser valorada en 380.000 millones de dólares después de recibir otros 30.000 millones. Eso es más PIB que medio continente africano. Pero tranquilos, porque han creado una SPAC de 20 millones para “promover la transparencia” y presionar a los legisladores. Vamos, lo mismo que hacer una colecta para comprar un chalet en la playa mientras tu casa se quema. Es puro teatro para frenar a OpenAI, que es más agresiva y juega sin red.
Lo mejor de todo es ver a los profetas del algoritmo dimitir y salir por la puerta de atrás con mensajes crípticos. Mrinank Sharma, investigador de seguridad en Anthropic, lo dejó para irse a Reino Unido a escribir poesía y “volverse invisible”. ¿Poesía? ¿En serio? Después de años asegurándose de que la IA no ayudara a crear armas biológicas o nos volviera “menos humanos”, su gran huida es el Romanticismo del siglo XIX. Por su parte, Zoe Hitzig, investigadora de OpenAI y doctora por Harvard, escribió en The New York Times que tenía “serias reservas” sobre la estrategia de publicidad de la empresa, y al día siguiente dimitió. Su problema: que la gente usa ChatGPT como terapeuta y eso es un filón para vender anuncios. Éticamente turbio, sí. Rentable, muchísimo.
Mientras los intelectuales se dan de baja y los expertos lloran en los medios, las cuatro grandes (Alphabet, Amazon, Meta y Microsoft) se disponen a invertir más de 650.000 millones de dólares sólo durante 2026. Piensa en esa cifra un segundo. Es más de lo que costó el programa espacial, más que el ferrocarril, más que la burbuja de las puntocom ajustada a inflación. Y todo para construir centros de datos del tamaño de hangares que consumen energía como países pequeños. No es una carrera tecnológica. Es una orgía de capital con un único objetivo: ser los primeros en ponerle precio a la última función cognitiva que nos quedaba.
Al final, lo que nos venden como el futuro tiene nombre de distopía barata. Amodei lo describe como un país nuevo con 50 millones de mentes brillantes que piensan cien veces más rápido que cualquier humano, nunca duermen y controlan robots. Y suelta que es “la amenaza a la seguridad nacional más grave en un siglo”. Pero mientras tanto, su empresa acepta otros 30.000 millones y sigue adelante. Porque en esta feria, lo importante no es si el monstruo nos devora, sino quién cobra la entrada. En Plétora Network lo vemos cada día: la misma gente que construye el peligro es la que luego vende el antídoto. Y nosotros, mientras tanto, viendo cómo la chamba de toda la vida se convierte en una simple función dentro de una suscripción mensual.