Bukele es dictador para unos y demócrata para otros. La geopolítica no tiene principios, tiene intereses. Desenmascaramos el doble estándar en Plétora Mag. #DictadurasGlobales #Bukele #PlétoraMag

Dictaduras Globales: el amigo útil

Dictaduras Globales y el arte occidental de llamar democracia al aliado

Cuando pensamos en dictaduras, América Latina suele ser el centro de las críticas. Sin embargo, estas formas de gobierno autoritario no son exclusivas de nuestra región. A lo largo de la historia, Europa, Asia y África también han visto surgir y caer dictadores que marcaron sus épocas, en muchos casos con consecuencias devastadoras para sus sociedades. Hoy, exploraremos esas dictaduras menos mencionadas, desenmascarando intereses ocultos y exponiendo cómo el poder absoluto sigue siendo un mal vigente en todo el mundo.

¿Qué es realmente una dictadura?

En su esencia, una dictadura es un sistema de gobierno en el que una sola persona o un grupo reducido detentan todo el poder, sin límites constitucionales ni mecanismos democráticos reales que les pongan freno. A menudo, el ascenso al poder de estos líderes ocurre mediante medios violentos o ilegítimos, como golpes de Estado o revoluciones. Sin embargo, también hay ejemplos de dictadores que llegaron al poder de manera democrática, solo para erosionar las instituciones a su favor una vez en el cargo.

El término «dictador» proviene de la antigua Roma, donde este título se otorgaba temporalmente en tiempos de crisis para manejar amenazas al Estado. Irónicamente, lo que comenzó como una medida de emergencia para proteger a la República Romana se ha transformado en una excusa moderna para el abuso de poder y la perpetuación en el gobierno.

Los inquilinos del poder eterno

Si haces el ejercicio de recorrer el mapa mundial, te encuentras con una galería de retratos que parecen no tener fecha de caducidad. En Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang Nguema lleva 44 años instalado en la silla presidencial, tiempo suficiente para ver nacer y morir a varias generaciones de opositores. En Camerún, Paul Biya acumula 41 años, con la misma sonrisa de siempre mientras ExxonMobil extrae petróleo y los derechos humanos se toman vacaciones permanentes. Uganda ha soportado 38 años de Yoweri Museveni, que empezó como «rebelde progresista» y terminó como el patriarca de un régimen que ya no se molesta en disimular.

El Congo ha padecido 39 años de Denis Sassou Nguesso, un hombre que ha visto caer imperios y sigue ahí, como el mueble viejo que nadie se atreve a tirar. Camboya, con Hun Sen, suma 38 años de un régimen que transformó un país devastado por la guerra en un Estado de partido único con fachada de democracia. Eritrea es el reino de Isaias Afwerki, 30 años de un silencio que solo se rompe cuando sus ciudadanos deciden huir por el desierto. Bielorrusia, con Alexander Lukashenko, 29 años de un «último dictador de Europa» que Europa tolera porque el gas ruso sigue fluyendo. Tayikistán, con Emomali Rahmon, otros 29 años en el mismo rincón de Asia Central que nadie mira hasta que hay disturbios.

Y así la lista se alarga: Yibuti con Ismaïl Omar Guelleh (24 años), Rusia con Vladimir Putin (24 años, pero contando), Ruanda con Paul Kagame (24 años, el «héroe» del genocidio que ahora es un aliado incómodo), Sudán con Omar al-Bashir (30 años hasta que lo derrocaron, pero no antes de que le compraran oro), Chad con Idriss Déby (30 años hasta que murió en el campo de batalla, como buen militar autoritario), Kazajistán con Nursultan Nazarbayev (28 años, hasta que decidió jubilarse en el poder detrás del trono), Togo con Faure Gnassingbé (18 años y subiendo), Turkmenistán con Gurbanguly Berdimuhamedow (15 años, luego su hijo tomó el relevo, porque la dinastía es un concepto que nunca pasa de moda), Nicaragua con Daniel Ortega (15 años en su segunda etapa, con su esposa como vicepresidenta y el sandinismo convertido en una caricatura de sí mismo), Arabia Saudita con Salman bin Abdulaziz (8 años, aunque la verdadera historia de poder en la Casa de Saud es mucho más larga), y Tailandia con Maha Vajiralongkorn (8 años, pero la monarquía tailandesa no necesita votos para sentirse dueña del país).

Todos ellos tienen algo en común: un récord de permanencia que haría palidecer a cualquier demócrata occidental. Pero lo interesante no es solo cuánto tiempo llevan, sino quién los ha mantenido ahí. Porque como veremos más adelante, el negocio de las dictaduras no se sostiene solo con tanques y censura; se sostiene con contratos petroleros, minas de coltán, bases militares y acuerdos comerciales. Y mientras esos contratos estén firmados, la democracia puede esperar.

Dictaduras europeas: un legado incómodo

Europa, muchas veces vista como un bastión de la democracia, también ha sido cuna de numerosas dictaduras. A menudo, se pasa por alto el papel que las monarquías autoritarias y las dictaduras fascistas jugaron en la configuración de la política europea. La transición de Europa hacia la democracia no fue un camino lineal ni libre de obstáculos. Países como España, bajo la dictadura de Franco, e Italia con Mussolini, nos recuerdan que la sombra del autoritarismo estuvo presente hasta bien entrado el siglo XX.

Las monarquías europeas son otra forma de gobierno autoritario, muchas veces apoyadas por la iglesia para consolidar su poder. A lo largo de los siglos, estas monarquías justificaron su existencia con la noción de «derecho divino», una idea que ahora nos resulta arcaica, pero que en su momento fue extremadamente efectiva para mantener a la población bajo control.

Dictaduras africanas y los intereses ocultos

África es uno de los continentes que más ha sufrido la presencia de dictaduras. Sin embargo, lo que muchas veces se olvida es el papel que han jugado las potencias extranjeras, especialmente europeas y estadounidenses, en la consolidación de estos regímenes. El petróleo, los minerales y otros recursos naturales han sido motores clave para que las dictaduras africanas se mantengan en el poder. Líderes como Teodoro Obiang Nguema en Guinea Ecuatorial han gobernado durante décadas, protegidos por alianzas comerciales con empresas extranjeras que se benefician de la explotación de recursos.

Lo mismo ocurre en Camerún, bajo el liderazgo de Paul Biya, donde compañías estadounidenses como ExxonMobil tienen una fuerte presencia en la industria del petróleo, lo que asegura estabilidad para sus negocios, pero a menudo a costa de los derechos humanos y la democracia en el país.

Asia y los dictadores «intocables»

En Asia, encontramos casos similares. Países como Brunei, con Hassanal Bolkiah, han mantenido regímenes autoritarios durante décadas. En muchos de estos casos, el petróleo y el gas juegan un papel clave en mantener a estos líderes en el poder, ya que países de todo el mundo, especialmente en Europa y Estados Unidos, tienen intereses comerciales en estas naciones.

El caso de Irán es particularmente interesante, ya que a pesar de las sanciones internacionales, el país sigue manteniendo relaciones comerciales en sectores estratégicos, como el petróleo y la energía. Esto demuestra que, para algunos, los dictadores no son «tan malos» siempre que sus intereses económicos estén bien protegidos.

Bukele: el dictador cool que Occidente abraza

Y entonces llegamos al caso de Nayib Bukele, el presidente de El Salvador que ha perfeccionado el arte de ser dictador con likes. Llegó al poder en 2019 con el 53.1% de los votos, y desde entonces ha ido desmantelando los contrapesos democráticos con una eficiencia que haría palidecer a cualquier autócrata clásico. Su partido y aliados eliminaron los límites al mandato presidencial, extendieron el periodo de cinco a seis años y lo habilitaron para la reelección indefinida. La Asamblea, la Corte Suprema y los organismos de control están alineados al Ejecutivo. Los críticos huyen del país por temor a ser arrestados. Periodistas son espiados con Pegasus, acusados de lavado de dinero y sometidos a ataques verbales alentados desde la presidencia. Más de 90,000 personas han sido detenidas arbitrariamente en el marco de un régimen de excepción que ya dura cinco años. Amnistía Internacional habla de «crímenes de lesa humanidad».

Y sin embargo, el Departamento de Estado de Estados Unidos —el mismo que señala con el dedo a dictadores en otras partes del mundo— dice que Bukele «no debería ser puesto en el mismo saco» que esos regímenes. La reforma que elimina los límites al mandato fue hecha por una Asamblea «elegida democráticamente», argumentan, y «les corresponde decidir cómo debe gobernarse su país». «Rechazamos la comparación del proceso legislativo de El Salvador, basado en la democracia y constitucionalmente sólido, con regímenes dictatoriales ilegítimos», dice el comunicado oficial.

Mientras tanto, Trump recibe a Bukele en la Casa Blanca, lo consagra como modelo para el continente y lo incorpora al «Escudo de las Américas», una coalición de 17 países para coordinar inteligencia y operaciones contra el crimen. El Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot) salvadoreño se ha puesto al servicio de la política de deportaciones de Trump.

América Latina: Un villano fácil de señalar

América Latina no está exenta de dictaduras, pero es injusto que se le apunte con tanta frecuencia como si fuera la única región afectada. Mientras que regímenes como el de Pinochet en Chile o la dictadura de Videla en Argentina dejaron cicatrices profundas, debemos recordar que las dictaduras no son un fenómeno exclusivamente latinoamericano.

De hecho, muchos dictadores en América Latina llegaron al poder con el apoyo de potencias extranjeras, que veían en ellos una oportunidad para proteger sus propios intereses económicos y geopolíticos. Esta interferencia externa, muchas veces olvidada en los relatos populares, es clave para entender por qué algunas dictaduras en nuestra región han sido particularmente longevas y devastadoras.

¿Por qué es tan difícil erradicar una dictadura?

El poder es adictivo, y una vez que los dictadores consolidan su control, lo que más temen es perderlo. La represión, la censura y el miedo son sus principales herramientas para mantenerse en el poder. Sin embargo, hay otros factores que juegan a su favor. Las relaciones comerciales internacionales y los intereses económicos muchas veces blindan a estos líderes de las presiones externas. Mientras las naciones más poderosas sigan beneficiándose de sus relaciones comerciales con dictaduras, el cambio será difícil de lograr.

¿Qué podemos aprender de todo esto?

Entender que las dictaduras no son un mal exclusivo de América Latina es crucial para tener una visión global de los problemas que enfrentamos hoy en día. Las dictaduras florecen cuando el poder económico y político está concentrado en manos de unos pocos, sin mecanismos para controlar su abuso. Al mismo tiempo, debemos cuestionar el rol que juegan las potencias extranjeras en el sostenimiento de estos regímenes, recordando que la libertad y la democracia son bienes que se deben defender en todas partes, no solo en nuestra región.

Y el caso Bukele es la prueba más reciente de que el manual del doble estándar sigue vigente. Cuando el dictador es amigo, es «demócrata». Cuando es incómodo, es «dictador». La geopolítica no se rige por principios, sino por intereses. Y mientras eso siga siendo así, el «arte occidental de llamar democracia al aliado» seguirá siendo el mejor negocio del mundo.

En Plétora Network no creemos en esa doble moral. Por eso preferimos mostrar los hechos, las contradicciones y las consecuencias, sin necesidad de etiquetas ni sermones. Porque cuando el poder se concentra, los nombres sobran.

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