Celular fuera de las escuelas neerlandesas: dos años después, los datos no mienten
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Dos años después de que Países Bajos le dijera adiós a los celulares en sus escuelas, el gobierno neerlandés no solo no se arrepiente, sino que quiere subir la apuesta: ahora busca prohibir las redes sociales para menores de 15 años en toda la Unión Europea. ¿El detalle? No tuvieron que aprobar una ley. Fue un simple acuerdo nacional entre escuelas, padres y maestros. Sin batallas legislativas, sin sindicatos pataleando, sin amparos. Solo sentido común y un letrero amarillo que dice: «Teléfono en casa o en la taquilla». Algo que en México parece una utopía.
Los números respaldan la decisión. Un estudio gubernamental aplicado a 317 escuelas secundarias reveló que tres cuartas partes reportaron mayor concentración desde que los dispositivos desaparecieron del salón. Casi dos tercios afirmaron que el clima social mejoró, y un tercio observó un mejor rendimiento académico. Además, el acoso escolar disminuyó. No son percepciones: son datos de un país que se atrevió a hacer lo que muchos solo discuten en teorías pedagógicas y mesas redondas.
En el Cygnus Gymnasium de Ámsterdam, los estudiantes como Hanna y Fena admiten sentimientos encontrados. Sí, es molesto tener que guardar el teléfono. Pero reconocen que ahora están «más presentes». En el recreo, nadie está con la cara pegada a una pantalla. La profesora Ida Peters lo confirma: menos fricción en la gestión del salón, pasillos más tranquilos y, lo más importante, los niños ya no viven con el miedo de que los graben o los expongan en Snapchat. Cuando el teléfono no está, la paranoia social también se va de vacaciones.
Pero aquí viene la parte incómoda para los que defienden el «libertinaje digital» a capa y espada: los propios jóvenes apoyan más restricciones. Una encuesta de Unicef Países Bajos reveló que el 69% de los niños y adolescentes neerlandeses está a favor de prohibir las redes sociales para menores de 18 años. El 28% quiere que estén totalmente prohibidas para menores de 12 años. Sus argumentos: las redes son adictivas, inseguras y dañinas para la salud mental. Y no, no es un estudio pagado por grupos conservadores. Es Unicef.

La encuesta anual de la agencia Newcom va en la misma dirección: el 60% de los jóvenes de 16 a 28 años apoya un límite de edad para redes sociales, un aumento considerable frente al 44% del año anterior. Esto echa por tierra la narrativa de que los adolescentes están desesperados por estar siempre conectados. Resulta que muchos de ellos también están hartos de la ansiedad que generan los likes, las historias efímeras y la presión por mostrar una vida perfecta.
El gobierno neerlandés ya recomienda oficialmente que los menores de 15 años se mantengan alejados de plataformas como Instagram, TikTok y Snapchat. Y la nueva coalición —que apenas tiene 66 de 150 escaños— está empujando para que la Unión Europea imponga una edad mínima obligatoria de 15 años con verificación de edad. Su lógica es simple: si los Estados pueden restringir el alcohol y los juegos de azar, ¿por qué no pueden hacerlo cuando las plataformas están diseñadas para generar adicción?

Eso no significa que todo sea perfecto. El Consejo de Investigación de Países Bajos ya está analizando las consecuencias no deseadas: ¿estar sin teléfono todo el día aumenta el FOMO (miedo a perderse algo) y provoca un uso más intensivo después de clases? Por ahora, los estudiantes consultados dicen que no. Pero es una pregunta válida que merece seguimiento. Toda política pública tiene efectos colaterales, y negarlos sería tan ingenuo como creer que los adolescentes van a aplaudir cada restricción.
Lo que sí está claro es que la prohibición del celular en las escuelas neerlandesas no fue un capricho autoritario. Fue una decisión basada en evidencia, implementada con consenso y respaldada por resultados. Mientras en otros países se sigue discutiendo si el teléfono es una herramienta educativa o una distracción letal, Países Bajos ya tiene dos años de ventaja. Y ahora va por más.
En Plétora Network seguimos de cerca estas políticas públicas que impactan la manera en que las nuevas generaciones se relacionan con la tecnología. Porque hablar de libertad digital también implica hablar de los límites que, a veces, los propios jóvenes están pidiendo a gritos.
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