Hay mucho famosillo repartiendo certificados de autenticidad mexicana. Propaganda capitalista disfrazada de espiritualidad. Yo prefiero leer, dudar y reapropiarme. A mi ritmo. Sin intermediarios.
Como ya les había comentado en otro Pulso, desde la visita al Museo de Antropología en la CDMX vengo con otra cabeza, leyendo lo que puedo sobre las culturas prehispánicas, su espiritualidad, su cosmovisión, su forma de andar la vida.
Y esto es una mera observación. Mientras más me meto, más me topo con los mismos personajes: sacerdotes de internet, influencers de lo ancestral, autoproclamados guardianes de la sabiduría. No les creo nada.
Porque lo que hay detrás de muchos de ellos no es respeto ni conocimiento: es apropiación. Espiritualidad-gate le llamaría. Se paran en un vacío de información —porque casi no hay acceso real a estas tradiciones— y se ponen de intermediarios, de voces legítimas, de autoridades de algo que es muchísimo más complejo, cuando no lo son.
Me pasa igual con el Tao y con las filosofías orientales. Llevo años con ellas, leyendo, cuestionando, digiriendo. Y ahí también llegó el New Age a reclamarlas como propias, a vaciarlas de contenido y venderlas en frasquitos vacíos, a simplificarlas hasta que denigran. No es ningún secreto.
No me sorprende. El capitalismo se traga todo, hasta lo sagrado. Lo disfraza de bienestar, de sanación, de comunidad. Y la gente lo compra, porque es más fácil comprar una vela que sentarse a estudiar cinco años.
Pero con lo prehispánico es más grave, porque de ahí venimos. Y ver a ciertos influencers y personajes repartiendo certificados de autenticidad mexicana me da un coraje profundo.
Así que no. Yo prefiero tomarme mi tiempo. Aprender despacio. Cuestionar. Reapropiarme. Leer a quienes de verdad han estudiado. Con su debido cuidado y respeto, pasar la voz y re-compartir lo que he aprendido. Y dudar de todo el que llegue con la verdad en la mano y un producto vacío que vender. Pienso que, idealmente, muchos deberíamos aplicarle así.
No voy a dejar que un bufón usurpador me diga qué debo pensar o cómo acercarme a lo que es mío.
No es suyo. Y no van a poder.

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