Tierra: Cómo la Encomienda, la Hacienda y el Neoliberalismo Mantienen Viva una Guerra de Quinientos Años
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En México, hablar de la propiedad de la tierra es tocar una llaga viva. Cada conflicto agrario —un desalojo, una invasión, la venta de un ejido— desata una furia que parece desproporcionada. La gente llora, se encadena, muere. Janus se asoma a esa grieta para preguntar: ¿por qué el despojo territorial nos duele como si hubiera ocurrido ayer?
La respuesta no está en el presente. Está en el siglo XVI. La encomienda fue el primer mecanismo de control territorial; en la práctica, una forma encubierta de esclavitud. Cuando la corona la abolió, la hacienda ocupó su lugar. Millones de indígenas pasaron de ser campesinos dueños de su sustento a ser peones sin tierra. Así nació el proletariado rural mexicano.
Janus introduce un concepto clave: la acumulación originaria. El despojo no fue exclusivo de la Colonia española. En Inglaterra, los enclosures expulsaron a los campesinos de sus tierras comunales. En Rusia, la servidumbre mantenía a los campesinos atados a la tierra del señor feudal. El colonialismo español fue brutal, pero fue parte de un patrón global.
La Independencia no liberó la tierra; la concentró más. La Ley Lerdo, presentada como reforma liberal, entregó las tierras comunales a los hacendados. Para finales del Porfiriato, el 1% de la población poseía más del 90% de la tierra cultivable. De ahí estalló la Revolución Mexicana. La Revolución fue una guerra campesina por la tierra. Zapata, Villa, el Plan de Ayala, el artículo 27 de la Constitución de 1917. Pero en 1992, Salinas de Gortari reformó el artículo 27 para privatizar los ejidos. El despojo, con otro disfraz, siguió su marcha.
El gobierno de la «Cuarta Transformación» ha sido el que más ha impulsado megaproyectos en territorios indígenas: el Tren Maya, la Refinería de Dos Bocas, el Corredor Interoceánico del Istmo. El despojo no es de derecha o de izquierda. Es estructural.
Amar la tierra es entender que no es una mercancía. Es memoria, es sustento, es futuro. Y entender que el despojo no terminó con la Colonia es la única forma de no repetirlo. La hispanidad nos enseñó que la tierra era de quien la trabaja —pero solo si era español—. El neoliberalismo nos enseñó que la tierra es de quien la compra. Ambas son narrativas que justifican la concentración de la riqueza en pocas manos.
Historiadores como John Tutino y Friedrich Katz documentaron cómo la hacienda porfiriana creó las condiciones para la Revolución. Armando Bartra, en Los herederos de Zapata, ha seguido la pista del despojo neoliberal. Estos autores no son neutrales: sus trabajos han sido utilizados por movimientos campesinos y organizaciones de izquierda para fundamentar sus demandas, y han sido cuestionados por sectores que defienden el modelo agroindustrial.
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