Malinche: Cómo una Esclava del Siglo XVI se Convirtió en el Chivo Expiatorio de un Nacionalismo que No Quiere Mirar su Propio Mestizaje
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Hay nombres que en México son detonadores. Decir «Malinche» en una conversación es meter un palo en un avispero. «Traidora», «vendepatrias», «la que nos vendió a los españoles». El insulto «Malinche» se usa a diario para castigar cualquier preferencia por lo extranjero, sin que quien lo pronuncia sepa que está invocando el fantasma de una mujer del siglo XVI que nunca tuvo oportunidad de elegir.
Malinche fue vendida por su madre, revendida por mercaderes, regalada por caciques. Tres veces convertida en objeto antes de cumplir quince años. No eligió a los españoles. Los españoles la recibieron como botín. Pero hablaba náhuatl y maya, y se convirtió en la traductora de Cortés. Sin ella, la Conquista no habría ocurrido como la conocemos.
¿A quién debía serle fiel? ¿A los mexicas que oprimían a su pueblo? ¿A los mayas que la tenían como esclava? ¿A los españoles que la recibieron como botín? Malinche no era ciudadana de una nación que aún no existía. Era una mujer desarraigada que usó su inteligencia para sobrevivir.
Los propios indígenas la llamaron Malintzin, con el sufijo reverencial «-tzin». Fueron los criollos del siglo XIX quienes la convirtieron en el símbolo de la traición. Porque es más fácil culpar a una mujer indígena esclavizada que aceptar que los pueblos mesoamericanos se aliaron masivamente con los españoles para derrocar a los mexicas.
Janus utiliza a Malinche para desnudar un mecanismo más amplio: el chivo expiatorio femenino. En toda sociedad derrotada, se busca a una mujer a quien culpar. En Francia, las «colaboracionistas horizontales» fueron rapadas. En España, las mujeres republicanas fueron estigmatizadas como «putas». En todas partes, cuando un pueblo se siente derrotado, busca a una mujer a quien culpar.
El insulto «malinchista» es un mecanismo de control de la migración y la movilidad social. Se usa para castigar a quien se va, a quien prefiere lo extranjero, a quien tiene el poder de salir de la pobreza. Es el grito de un pueblo que se siente inferior y que aprendió a odiar su propia mezcla. La hispanidad nos enseñó a avergonzarnos de lo indígena, y el nacionalismo nos enseñó a odiar lo extranjero. Ambas son caras de la misma moneda: la idea de que no somos suficientes.
Amar a Malinche no es justificar la Conquista. Es entender que una mujer esclavizada, en un contexto de violencia extrema, usó su inteligencia para no ser aplastada. Y es entender que su condena —y la de todas las mujeres que cruzan fronteras— es el síntoma de una cultura que prefiere culpar a las víctimas antes que cuestionar a los opresores.
El odio a Malinche no es indígena, es criollo. Es una proyección de la culpa de los que vinieron después. Octavio Paz, en El laberinto de la soledad, consolidó esa imagen al describir a los mexicanos como «hijos de la Chingada», una metáfora que carga de culpa a la mujer violada y absuelve al violador. La historiadora Camilla Townsend, en cambio, ha mostrado que Malinche fue una figura mucho más compleja. Townsend ha sido criticada por sectores conservadores por introducir una perspectiva feminista en la historia mexica.
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