Desobediencia digital: abandonar X como acto político
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Desobediencia digital frente al algoritmo reaccionario
En 2025, abandonar X no es una estrategia de marca ni una moda pasajera: es una decisión política que implica romper con un sistema de comunicación capturado por el extremismo. Lo que alguna vez fue Twitter, espacio de articulación crítica y comunicación popular, se ha convertido en un dispositivo de control ideológico, donde el algoritmo premia el escándalo, monetiza el odio y castiga la verdad. Plétora dejó de participar activamente en esa red hace más de un año, no por desconexión, sino por ética editorial. Porque no se puede construir pensamiento crítico en un terreno que ha sido colonizado por la lógica del capital y la propaganda.
La mutación de Twitter a X bajo el mando de Elon Musk no solo ha deteriorado el discurso público: ha convertido la plataforma en un laboratorio de desinformación. La supuesta “libertad de expresión” que Musk promueve ha servido para desmantelar las barreras contra el discurso de odio, y para amplificar las voces que promueven el racismo, la misoginia, la transfobia y el negacionismo climático. En Plétora, entendemos que la comunicación no es neutra, y que abandonar X es parte de una resistencia más amplia contra la normalización del fascismo digital.
Pero la desobediencia digital no consiste en desconectarse, sino en construir otros territorios. Radios comunitarias, boletines, redes descentralizadas, encuentros presenciales, plataformas cooperativas. Porque la comunicación no es solo tecnología: es vínculo, es ética, es memoria. Y en 2025, el abandono de X se ha convertido en una forma de decir: no en nuestro nombre.


X como síntoma de captura ideológica global
La transformación de X en una plataforma que sirve a los intereses de la extrema derecha no es una anomalía: es parte de una estrategia global. Elon Musk ha mostrado abiertamente su afinidad con líderes como Donald Trump, Javier Milei y Jair Bolsonaro, adaptando la plataforma para alinearse con sus agendas. En 2025, X se ha convertido en una herramienta de propaganda, donde los perfiles verificados —comprados como mercancía— difunden teorías conspirativas, ataques misóginos y propaganda racista con total impunidad.
La reciente campaña de desinformación contra Kamala Harris, que incluyó imágenes manipuladas con inteligencia artificial y acusaciones delirantes, no fue un accidente: fue una operación amplificada por el modelo económico de X. Un modelo que premia el escándalo, monetiza el odio y castiga la verdad. Este fenómeno no es exclusivo de Estados Unidos. En México, Brasil, Argentina y otros países, X ha sido utilizado para atacar periodistas, feministas, defensores del territorio y comunidades indígenas. La plataforma ya no conecta: fragmenta. Ya no informa: manipula. Ya no escucha: grita.
El abandono de X por parte de Plétora no fue un gesto simbólico: fue una ruptura con un sistema que traiciona los principios de comunicación popular. En un momento donde el discurso público está siendo capturado por intereses reaccionarios, la resistencia no está en adaptarse al algoritmo, sino en construir otras formas de vínculo. Porque la comunicación no puede ser mercancía, ni puede depender de plataformas que legitiman el odio.
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