VHS Y DVDs Se Desintegran Sin Testigos

VHS y DVDs guardan una muerte programada que la era digital prefiere ignorar.

Los estantes polvorientos llenos de cintas y discos no son una cápsula del tiempo, son un cementerio en descomposición lenta. La promesa de posesión perpetua que vendieron las industrias del VHS y el DVD fue una mentira química. En 100 años, la mayoría serán trozos de plástico inservibles o discos con los datos comidos por la oxidación. El patrimonio audiovisual de finales del siglo XX y principios del XXI —películas independientes, anime sin reeditar, grabaciones familiares únicas— enfrenta una extinción silenciosa, sin espectadores y sin lamentos.

La degradación como producto de diseño

La ciencia es brutalmente clara. Un VHS tiene una vida útil de 10 a 30 años antes de que las partículas magnéticas que guardan las imágenes pierdan su carga y la cinta se convierta en ruido estático. Un DVD, bajo condiciones ideales de laboratorio, podría llegar a un siglo, pero en el mundo real sufre del «disc rot»: la capa reflectante se oxida, el sustrato se deslama, los datos se pierden. Estos formatos no fueron hechos para la posteridad; fueron hechos para el consumo inmediato y la rotación comercial. Su obsolescencia no es un accidente, es una característica del modelo. La consecuencia es que los equipos para reproducirlos ya son reliquias, y el conocimiento para repararlos, un arte en vías de extinción.

El análisis en Plétora Network siempre expone estas contradicciones. Mientras las empresas presionan por la transición a lo digital y la nube como nuevo paradigma de posesión etérea, el contenido atrapado en formatos físicos anteriores se abandona a su suerte. La narrativa oficial celebra el acceso ilimitado, pero ignora el agujero negro generacional que se está creando. Lo que no es digitalizado ahora, simplemente dejará de existir. No como una decisión editorial, sino como un proceso químico inevitable. La preservación queda así como un acto de resistencia individual o de instituciones underfunded, nunca como una prioridad sistémica de quienes controlan los derechos.

La paradoja final es amarga: en la era de la hiperconectividad y el almacenamiento infinito, estamos a punto de perder más cultura audiovisual que en cualquier otro período de la historia. La fragilidad física de estos soportes nos obliga a una carrera contrarreloj donde la digitalización es el único salvavidas. Pero es un salvavidas que requiere esfuerzo, recursos y, sobre todo, la voluntad de mirar hacia atrás en un sistema diseñado para que siempre mires hacia lo próximo. El futuro juzgará esta época no por lo que creó, sino por lo que dejó desvanecerse sin luchar.


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