Michael llega a la pantalla grande con la narrativa controlada por el Estate
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La biopic oficial Michael se estrena en abril de 2026 no como un simple proyecto cinematográfico, sino como una operación de gestión patrimonial a escala global. Dirigida por Antoine Fuqua y producida por Graham King, la película cuenta con un recurso que pocas adaptaciones biográficas tienen: el control directo del Estate de Michael Jackson sobre la narrativa. Esto no es una producción independiente; es una coproducción con los albaceas del legado. El resultado es un relato épico, emotivo y, según sus críticos, previamente sanitizado.
El casting del sobrino, Jaafar Jackson, como el Rey del Pop, es una jugada maestra de marketing y una declaración de intenciones narrativas. El parecido físico es innegable, una ventaja visual que aplaude la nostalgia. Sin embargo, la elección de un miembro de la familia plantea una cuestión de fondo: ¿puede un familiar ofrecer una interpretación que trascienda la hagiografía? El gesto garantiza fidelidad anatómica y, probablemente, cierta lealtad al relato familiar oficial, cerrando el círculo del control que el Estate ejerce sobre cada fotograma.
La omisión como declaración
El tráiler oficial, lanzado en febrero de 2026, es un ejercicio de omisión estratégica. Recorre con pulso épico los hits, el baile, el tormento creativo y la sombra del padre Joe Jackson. Sin embargo, evita meticulosamente cualquier referencia a las controversias legales que definieron las últimas décadas de la vida pública del artista. Esta elisión no es un descuido; es la columna vertebral del acuerdo de producción. Muestra lo que el Estate quiere que se recuerde: el genio, no el acusado. La consecuencia es una biografía a medias, un retrato con sombras cuidadosamente iluminadas.
Las reacciones dentro de la propia familia Jackson exponen la fractura. Mientras el Estate da su bendición total, Paris Jackson, hija del artista, ha expresado su desacuerdo público. Su temor de que la película «alimente fantasías» de sectores del fandom es una advertencia contra la canonización acrítica. Esta división familiar subraya que ni siquiera entre los herederos directos existe consenso sobre cómo debe contarse esta historia, dejando al descubierto que la «verdad oficial» es, en el mejor de los casos, una versión entre muchas.
El proyecto se enmarca en la era dorada de las biopics musicales, tras el éxito de Bohemian Rhapsody y Elvis. Sin embargo, Michael opera con un manual distinto: acceso total a la biblioteca musical original a cambio de narrativa controlada. Es el intercambio perfecto para la industria: espectáculo garantizado, soundtracks millonarios y un conflicto central convenientemente desactivado. La película no se arriesgará a alienar a la base de fans ni a manchar una marca que sigue generando cientos de millones.
La expectativa en Plétora Music no es solo por el valor artístico, sino por el fenómeno cultural que desatará. La película reabrirá debates que nunca se cerraron y probablemente no los resolverá. Servirá como un espejo de dos caras: para una generación, será un homenaje espectacular a un ícono; para otra, un recordatorio de cómo la maquinaria del entretenimiento puede esculpir la memoria colectiva, privilegiando el mito sobre el hombre complejo y contradictorio que habitaba detrás del guante de cristales.
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