Jürgen Habermas y la muerte del intelectual público en Europa
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El parte llegó desde Starnberg, vía Suhrkamp Verlag. Jürgen Habermas, el último gran representante de la Escuela de Fráncfort, decidió jubilarse definitivamente a los 96 años. Con él se va no solo un filósofo de esos que pesan en la estantería, sino el tipo de intelectual incómodo que Alemania—y Europa—necesitaban para no dormirse en sus consensos posbélicos.
Porque Habermas fue muchas cosas: sociólogo, teórico de la acción comunicativa, heredero de Adorno y Horkheimer. Pero sobre todo fue un tipo que entendió que la filosofía no podía quedarse en el círculo de especialistas. Si la democracia liberal estaba en juego, había que mancharse las manos con el debate público. Y vaya si lo hizo. Desde sus críticas al fascismo en los años 50 hasta sus últimos coletazos contra el resurgimiento del militarismo, el hombre nunca soltó el micrófono.
El discurso como campo de batalla
La jugada maestra de Habermas fue convertir la conversación en el centro de su sistema. Su «teoría de la acción comunicativa» no era un manual de autoayuda para hablar bonito, sino un intento de demostrar que las sociedades pueden organizarse democráticamente a través del diálogo. Sí, suena utópico en 2026, con las redes convertidas en trincheras y la política reducida a algoritmo. Pero en los setenta, cuando armó esa tesis, la idea de que el mejor argumento podía ganar tenía otro peso.
Lo curioso es que el tipo, que físicamente batallaba para hablar por una fisura palatina congénita, construyó su carrera alrededor de la palabra. Una ironía que solo los alemanes saben apreciar. Pero cuando hablaba, aunque fuera con dificultad, Alemania escuchaba. Los cancilleres le temían y lo respetaban a partes iguales. Friedrich Merz, el actual canciller, lo definió como «un faro en un mar embravecido». Bonita metáfora para alguien que pasó siete décadas analizando tormentas.
En 1999, Habermas aterrizó en México invitado por José María Pérez Gay. En su paso por el país, soltó una observación que hoy duele: advirtió que los medios masivos estaban reconfigurando la vida pública y que la vieja distinción entre cultura alta y cultura masiva ya no servía para entender los nuevos mecanismos de control. Veía venir lo que hoy llamamos posverdad, aunque sin el dramatismo con que lo vendemos ahora.
El pedagogo que no daba clases
Philipp Felsch, su biógrafo, acuñó la figura del «educador público» para describirlo. No en el sentido escolar, sino en ese rol incómodo de quien señala contradicciones sin pedir permiso. Habermas le hablaba a los alemanes de posguerra con la mezcla exacta de esperanza y escepticismo que requería la situación. Les recordaba que la democracia no era un regalo, sino una construcción frágil que exigía mantenimiento constante.
Su paso por Fráncfort, donde ocupó la cátedra de Horkheimer, fue su época dorada. Allí formó generaciones de pensadores y escribió lo grueso de su obra. Pero cuando cumplió 90 años y volvió a dar una conferencia en su antigua universidad, más de 3,000 personas se agolparon para escucharlo. Había que habilitar cinco salas adicionales con pantallas. No era una estrella de rock, pero el fervor se le parecía.
Lo que sostenía a ese fervor no era la admiración por un sabio distante, sino la certeza de que Habermas se jugaba algo personal en cada intervención. Su compromiso con la democracia no era teórico: lo había vivido. La Segunda Guerra Mundial le marcó el carácter y lo vacunó contra los nacionalismos de vuelta barata. Por eso cuando Ucrania ardía o Gaza sangraba, él seguía apareciendo con análisis incómodos para todos los bandos.
Lo que queda sin él
El presidente alemán Frank-Walter Steinmeier soltó una frase que resume el asunto: «Nuestro país le debe infinitamente mucho». Traducción: sin Habermas, la reconciliación de Alemania con Occidente después de 1945 habría sido más lenta y menos sólida. El tipo puso las bases intelectuales para que una generación entera entendiera que la democracia no era solo un sistema de votación, sino una forma de vida que exige participación constante.
Su obra principal, Teoría de la acción comunicativa, sigue siendo ese libro que todos citan y pocos terminan. Pero no importa. Porque Habermas logró algo más difícil que escribir un best seller: instaló preguntas en la conversación pública. Preguntas sobre cómo nos organizamos, sobre quién legitima el poder, sobre si el Estado intervencionista maneja al electorado o al revés.
Hoy, mientras los algoritmos deciden lo que vemos y los políticos aprenden a hablar en TikTok, la muerte de Habermas sabe a síntoma. Se va el tipo que creía en el debate racional justo cuando el debate racional parece una rareza de museo. Sus hijos Tilmann y Judith, y su hija Rebekka—fallecida en 2023—sobreviven a un hombre que dedicó 96 años a demostrar que pensar en público todavía valía la pena.
En Plétora Network nos quedamos con esa imagen: la de un filósofo de 90 años llenando cinco salas en Fráncfort. No por nostalgia, sino porque quizá—solo quizá—seguimos necesitando tipos así. Faros, aunque el mar esté cada vez más revuelto.
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