La generación Z mexicana no sigue el libreto de rebeldía que los operadores políticos intentan venderles este sábado.
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Un manifiesto, un dominio web y una convocatoria a marchar. La receta parece perfecta para canalizar el supuesto malestar juvenil. Hasta que se rasca la superficie y aparece la firma de una agencia de marketing ligada a un exdiputado del PRI. La “rebelión” viene con factura y manual de instrucciones. Mientras, el colectivo juvenil real, Gen Z México, se deslinda: llaman a no participar en lo que califican de circo partidista. Su agenda es otra: reducir la jornada laboral a 40 horas. El primer acto de esta obra es una contradicción pura: una generación etiquetada como inconforme, siendo instrumentalizada por la vieja política que dice desafiar.
Los datos, sin embargo, pintan un retrato mucho menos conveniente para el relato del descontento explosivo. Según el Latinobarómetro, mientras un 54% de la Generación Z en México desconfía del gobierno federal (frente a un 46% del resto), este es el tercer nivel más bajo de desconfianza en 17 países latinoamericanos. Solo Uruguay y El Salvador les ganan en “confianza”. Hace seis años, en 2018, el 82% de estos jóvenes desconfiaba. El giro es notable. Hoy, el 73% reporta intención de voto por la coalición gobernante, una cifra casi idéntica al resto de la población. No es fe ciega, pero sí un beneficio de la duda que las oposiciones tradicionales han perdido.
La paradoja de la confianza institucional
Aquí está la ironía más gruesa: la generación que debería, según el cliché, derribar estatuas, muestra una confianza en instituciones clave significativamente mayor que sus mayores. Confían más en el Congreso (40% vs 31%), en el Poder Judicial (41% vs 34%) y en el Instituto Electoral (63% vs 55%). Incluso comparten la fe nacional en las Fuerzas Armadas (52%). Perciben que derechos como la participación política, la igualdad de género o la libertad de expresión están “garantizados”. El sistema, según sus propios indicadores, no les parece un edificio a demoler, sino una estructura con la que, de momento, negocian.
Esto no equivale a ceguera. El 61% se siente desprotegido ante el crimen y el 65% teme ser víctima de violencia. La inseguridad es un agravio real. Pero el cálculo político falla cuando se intenta mover a esta generación con esa bandera como estandarte único. Solo el 20% de la Gen Z identifica la seguridad pública como el principal problema del país, frente al 29% de los mayores de 61 años. La vieja guardia política insiste en un discurso que para los jóvenes es solo una de sus muchas preocupaciones, y no necesariamente la prioritaria.
El verdadero descontento, el que podría movilizarlos de forma orgánica como se vio en la marcha real de colectivos juveniles, tiene sello económico. El 24% señala las dificultades económicas y la inflación como el problema principal. Otro 15% apunta directamente al empleo: salarios bajos, inestabilidad, falta de oportunidades. Una agenda de oportunidad económica y empleo digno movilizaría al doble de jóvenes que una enfocada únicamente en inseguridad. Mientras los operadores políticos reciclan narrativas de miedo, la Generación Z espera soluciones a un futuro material que se les presenta precario.
En Plétora Network, observamos cómo esta desconexión entre el malestar real y el malestar fabricado define la nueva arena pública. La Generación Z mexicana no es el ejército iracundo que algunos anhelan para sus campañas. Es una cohorte pragmática, con una desconfianza moderada, una sorprendente confianza institucional relativa y un descontento enfocado en la economía, no en los eslóganes gastados de la política tradicional. Intentar movilizarlos con las recetas de ayer no es solo un error de cálculo. Es la evidencia de que quien no entiende la nueva partitura, sigue aplaudiendo cuando el teatro ya se vació.