EL INTERCAMBIO – MÉXICO CANTA: EL ESTADO Y LA MÚSICA COMO TERRITORIO EN DISPUTA (TEMPORADA 1)

EL INTERCAMBIO – MÉXICO CANTA: EL ESTADO Y LA MÚSICA COMO TERRITORIO EN DISPUTA (TEMPORADA 1)

El gobierno quiere ponerle ritmo a la paz. Pero la música no se decreta. Análisis de México Canta en El Intercambio de Plétora Radio. #PlétoraRadio #MéxicoCanta #CulturaEnDisputa

MÉXICO CANTA: CUANDO EL PODER QUIERE PONERLE RITMO A LA REALIDAD Y SE TROPIEZA CON SU PROPIO COMPÁS

SUSCRÍBETE

Esto es solo una muestra


El gobierno mexicano lanzó la segunda edición de «México Canta por la Paz y Contra las Adicciones». Un concurso binacional de regional mexicano con final en el Auditorio Nacional. 15 mil jóvenes se inscribieron en la primera edición. La segunda promete más. Y sin embargo, algo no cuadra. No en el concurso en sí, sino en el lugar que ocupa dentro del ecosistema cultural real del país.

Porque aquí no estamos hablando de un certamen musical cualquiera. Estamos hablando de una intervención estatal en el terreno de la producción simbólica. El gobierno, a través de la Secretaría de Cultura y el Consejo Mexicano de la Música, está diciendo: «Esto es lo que queremos que suene. Esto es lo que consideramos música que promueve la paz. Esto es lo que merece un escenario».

El problema no es la intención. El problema es el método. Y el método, en este caso, es el de siempre: el Estado decide, el Estado convoca, el Estado financia, y el Estado espera que el pueblo responda. Pero la cultura no funciona así. La cultura no es una línea vertical que baja de la Secretaría al ciudadano. La cultura es un ecosistema horizontal donde el sentido se negocia, se disputa y se transforma constantemente.

«El proyecto pretendía combatir la violencia y las adicciones a través del arte, lo cual en papel suena necesario y valiente. Pero su desconexión con la cultura popular contemporánea lo condenó a parecer una iniciativa ‘oficial’ antes que un movimiento vivo.»

Esa desconexión no es accidental. Es estructural. El aparato estatal está diseñado para hablar en un idioma que la juventud ya no reconoce como propio. Usa los canales de siempre —Canal 22, medios públicos, convocatorias en portales gubernamentales— mientras que la creación musical real ocurre en otros espacios: en los estudios caseros, en los celulares, en los videos de YouTube, en los lives de TikTok. El Estado convoca al regional mexicano, pero el regional mexicano que realmente existe ya está fusionado con el trap, con el hip-hop, con los ritmos urbanos que el Estado ni siquiera sabe nombrar.

La trampa de la representación

Hay algo que el gobierno no entiende: la música no se decreta. No se puede convocar una «nueva narrativa musical» como si se tratara de una ley. Las narrativas musicales emergen de condiciones materiales, de experiencias compartidas, de dolores que necesitan ser cantados porque no pueden ser dichos de otra manera.

El corrido tumbado, por ejemplo —ese género que el gobierno mira con recelo— no existe porque los jóvenes quieran hacer apología de la violencia. Existe porque hay una realidad violenta que necesita ser procesada simbólicamente. Y el Estado, en lugar de preguntarse por qué esa violencia se convierte en música, prefiere regular la música para que no hable de la violencia.

Es el mismo gesto de siempre: atacar el síntoma sin tocar la estructura. Prohibir la apología de la violencia en las canciones mientras la violencia real sigue siendo la gramática básica de la vida cotidiana en muchas regiones del país. Y ojo: esto no es una defensa de la apología. Es una constatación de que el problema no está en las canciones, sino en la realidad que las canciones reflejan.

Contenido exclusivo

Contenido Exclusivo

Este contenido es solo para suscriptores.
Regístrate para acceder a la galería completa.

EXCLUSIVO

Lo que el concurso revela

Pero sería injusto reducir «México Canta» a una operación de propaganda. Porque la convocatoria también revela algo que el Estado no quiere ver pero que está ahí, como un elefante en la sala: la juventud mexicana quiere participar. Quiere ser escuchada. Quiere que su música tenga un lugar.

15 mil inscritos en la primera edición no es una cifra menor. Es la prueba de que, a pesar del formato anticuado, a pesar de la desconexión, a pesar de todo, hay un deseo genuino de formar parte de algo que trascienda el algoritmo. Hay una sed de institucionalidad, de reconocimiento, de que alguien con poder diga: «esto que haces vale la pena».

Y ese deseo, paradójicamente, es lo que hace que «México Canta» sea más complejo que una simple operación de control cultural. Porque el Estado no controla realmente lo que los jóvenes hacen con su música. Los jóvenes toman el espacio que el Estado abre —por torpe que sea la apertura— y lo resignifican. Le meten sus fusiones, sus ritmos, sus lenguajes. Le inyectan vida a un formato que, en principio, está diseñado para ser domesticado.

La pregunta que queda

El análisis de «México Canta» no puede quedarse en la crítica fácil —»el gobierno es torpe», «la cultura no se decreta»— porque esa crítica, aunque cierta, no nos dice nada nuevo. La pregunta más interesante es otra: ¿puede el Estado ser un aliado cultural sin volverse un regulador? ¿Puede financiar sin censurar? ¿Puede abrir espacios sin imponer contenidos?

La respuesta, hasta ahora, es no. El Estado es una máquina de regular. Su lógica es la norma, la convocatoria, el requisito. No sabe operar en el terreno de la espontaneidad porque su existencia misma está fundada en el control. Pero eso no significa que no pueda aprender. Significa que, para que la cultura estatal funcione, tendría que des estatalizarse. Dejar de ser un instrumento de comunicación gubernamental y convertirse en un verdadero mecanismo de apoyo a la creación.

Y eso, en el contexto actual, es improbable. Porque el Estado que convoca a «México Canta» es el mismo que define qué es «apología de la violencia» y qué es «expresión artística legítima». Es el mismo que decide qué géneros merecen difusión y cuáles no. Mientras esa asimetría se mantenga, el concurso será lo que es: una iniciativa bien intencionada, torpemente ejecutada, que revela tanto las carencias del Estado como las aspiraciones de una juventud que busca ser escuchada.

Y en esa tensión, quizás, resida el único valor real de «México Canta»: el de mostrarnos que la cultura es, ante todo, un campo de batalla donde las definiciones nunca están fijas.


Descubre más desde Plétora Network

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Si tienes algo que valga la pena decir, dilo. Si no, mejor no digas nada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde Plétora Network

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo