Willie Colón: el trombonista que redefinió la salsa desde las calles de Nueva York
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El 21 de febrero de 2026, la música latina perdió a uno de sus arquitectos más importantes. William Anthony Colón Román, conocido mundialmente como Willie Colón, falleció en su natal Nueva York a los 75 años. Su muerte, ocurrida tras complicaciones de salud que lo mantuvieron hospitalizado varios días, cierra un capítulo fundamental en la historia de la salsa. Pero más allá de la noticia, lo que queda es un catálogo musical que funciona como crónica sonora de varias generaciones de latinos en Estados Unidos.
Colón no inventó la salsa, pero sí le dio una dirección. Desde su debut discográfico en 1967 con El Malo, un álbum grabado cuando apenas tenía 17 años, el trombonista neoyorquino estableció un sonido agresivo, callejero y políticamente consciente. Su orquesta de trombones, influenciada por bandas de rock como Chicago y Blood, Sweat & Tears, rompió con los formatos tradicionales de las big bands. Lo que para algunos críticos de la época sonaba como inexperiencia, para el público joven del Bronx y Spanish Harlem era la banda sonora perfecta para su realidad: marginal, ruidosa y orgullosamente latina.
La primera gran etapa de su carrera se consolidó junto a Héctor Lavoe. Entre 1967 y 1973, la dupla Colón-Lavoe lanzó nueve álbumes que definieron el sonido de Fania Records. Discos como Cosa Nuestra (1969) o El Juicio (1972) no solo eran exitosos en ventas; introdujeron una narrativa que retrataba la vida del inmigrante, el desamparo y la supervivencia urbana. Temas como «Calle Luna, Calle Sol» o «Todo tiene su final» funcionaban como crónicas sociales envueltas en ritmos bailables. La separación en 1974 fue natural: Lavoe continuó como solista y Colón buscó expandir sus horizontes musicales tomando clases de composición y arreglos orquestales.
El encuentro con Rubén Blades en 1977 llevó la propuesta de Colón a otro nivel. Siembra (1978) se convirtió en el álbum más vendido en la historia de la salsa, y canciones como «Pedro Navaja» trascendieron el género para convertirse en relatos universales sobre la violencia urbana. Aquí, Colón demostró su capacidad como productor y arreglista: logró que una canción de casi siete minutos con letras densas sonara en las radios y en las pistas de baile por igual. La colaboración demostró que la salsa podía ser comercial sin renunciar a la complejidad lírica ni musical.
Paralelamente a su trabajo con Blades y Lavoe, Colón construyó una carrera como solista y productor que pocos músicos latinos han igualado. Produjo discos para Celia Cruz, Ismael Miranda y Soledad Bravo, entre otros. Su etapa como solista en los ochenta, con álbumes como Solo (1979) o Fantasmas (1981), mostró a un músico que no temía experimentar con orquestaciones sinfónicas, coros femeninos y fusiones con música brasileña. Mientras la salsa romántica ganaba terreno en el Caribe, Colón mantenía una línea que combinaba experimentación sonora con crítica social, como en «El gran varón» (1989), un tema que abordaba la homosexualidad y el sida mucho antes de que fueran temas comunes en la música popular.
Más allá de los escenarios, Colón tuvo una presencia constante en la política comunitaria y los derechos civiles. Fue presidente de la Asociación de Artes Hispanos y gestionó la construcción del Centro Cultural Julia de Burgos en Nueva York. En 2001 se postuló como candidato demócrata para defensor público de la ciudad, acumulando más de cien mil votos. También participó en movimientos internacionales como Jubilee 2000, que buscaba la cancelación de la deuda externa de países pobres. Su activismo no era una extensión de su música: ambas facetas respondían a la misma preocupación por las comunidades marginadas que retrató en canciones como «Juancito» o «Quinientos años».
Su regreso a los estudios en 2008 con El Malo Vol. II: Prisioneros del mambo confirmó que, incluso después de décadas de carrera, Colón mantenía la curiosidad musical. El disco mezclaba salsa, balada y urbano, e incluía un medley homenaje a Héctor Lavoe. En sus últimos años, las presentaciones en vivo se volvieron esporádicas, pero su presencia en la cultura popular se mantuvo vigente. El 27 de diciembre de 2023, durante un concierto en Cali, Colombia, sufrió una descompensación que lo obligó a parar el show. Días después, en un video de Instagram, dejó abierta la posibilidad de que esa hubiera sido su última presentación. Tenía razón.
La muerte de Willie Colón no representa el fin de un género, pero sí el cierre de una forma de entenderlo. Su música, disponible en plataformas como Plétora Music, sigue siendo un punto de entrada para quienes quieran entender cómo sonaba Nueva York en la segunda mitad del siglo XX. No hay moraleja ni enseñanza explícita en su obra: solo hechos, sonidos y consecuencias. Y eso, probablemente, era exactamente lo que él quería.
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